La fiesta finalmente fue apagándose entre risas, copas vacías y los últimos acordes de la música suave que sonaba en el salón principal. Algunos invitados se marchaban lentamente, otros aún conversaban en pequeños grupos, pero yo ya no podía fingir más sonrisas. Me escabullí por el jardín, alejándome del bullicio, y Aiden me siguió sin decir palabra, como si supiera que lo necesitaba. Caminamos por el sendero de grava que rodeaba la casa de la manada, iluminado por pequeñas antorchas que creaban un ambiente cálido y mágico. No hablamos hasta que llegamos a un banco de piedra, bajo el roble más antiguo del jardín. —¿Estás bien? —preguntó Aiden finalmente, sentándose a mi lado, su voz más baja que un suspiro. —No lo sé —respondí con honestidad—. Gabriel no es el mismo. Su mirada estaba...

