Elianne estaba desnuda bajo una bata de seda blanca, corta y apenas cerrada, que dejaba ver sus largas piernas y la insinuación de sus pechos. El tejido se deslizaba con cada movimiento suyo, revelando que no llevaba nada debajo. Caminó descalza sobre la alfombra, dejando que el suave roce del aire acariciara su piel, y se acercó a Gabriel, que permanecía sentado al borde de la cama, con la espalda recta, los ojos turbios y la mirada completamente perdida. Sus labios estaban entreabiertos, y respiraba de forma lenta, casi artificial. Parecía un cascarón vacío. Elianne se detuvo frente a él y con un movimiento lento, acarició su mentón. Sus largas uñas recorrieron su piel hasta dejar un pequeño rasguño sangrante. Gabriel no se inmutó. No reaccionó. —Umm… —murmuró Elianne con una sonrisa

