Por más que Pipa había insistido, no lo había logrado. Lorenzo no le había permitido regresar a la unidad sin un chequeo médico y un buen descanso y aunque en ese momento lo había considerado innecesario, el agotamiento de su experiencia de los últimos días la había llevado a claudicar. Sus pensamientos se sucedían en imágenes surrealistas y borrosas, mezclando el sueño con vigilia, el temor con el placer, el anhelo con la culpa. Recordaba aquel cuerpo, sus sonidos, sus caricias y luego su mirada de súplica, le había pedido expresamente que le contara la verdad, toda la verdad y, aunque cada vez estaba más convencida de que podía confiar en él, no había sido capaz de hacerlo. ¿Cómo confesar su cobardía? ¿Cómo narrar una historia en la que su modo de actuar aún lamentaba? ¿Cómo evitar l

