Hay un momento en la vida que no todos tienen la suerte de vivir. Una epifanía, una revelación, un instante que parece eterno, pero en realidad es tan breve que parece escurrirse como arena seca entre los dedos. Un momento en el que la vida como la conocías pierde sentido, como si hubieras estado viendo la película equivocada, leyendo sin leer, caminando con los ojos cerrados. Un instante que despierta sensaciones, que moviliza, que molesta. Eso fue justamente lo que le ocurrió a Lorenzo en cuanto aquella figura se dibujó en un espejo que apenas podía ver a través de la abertura de una puerta de madera de roble, con apliques de bronce. El modo en el que Pipa inclinaba su cabeza mientras se quitaba la ropa hacía que su cabello mojado danzara en el aire. Su piel inmaculada, casi de porcela

