Noviembre, 2024
Noviembre, 2024:
— Doctora García — Me llama una enfermera.
El error de la mujer debe haber sido grabe. Se mueve incomoda, mirando a todas partes algo asustada. Marina es una buena enfermera, llegó conmigo desde Madrid, pero me preocupa que se vea tan desconcertada.
— Creo que tenemos un código purpura — me susurra.
— ¿Segura? —pregunto después de salir del shock inicial.
— Eso creo, ¿Qué hago doctora?
Marina estaba asustada, yo también. Me lo habían advertido, pero no lo creí posible. Creí que me había salvado de esta experiencia, llevaba casi un mes trabajando en Melilla, y era primera vez que me tocaba ver un código purpura.
Tache de exagerados a los administradores de hospital cuando me hicieron hacer una capacitación de 3 días solo para este código. Me arrepentí haberlo tomado a la ligera, y no memorizar más normas que me permitieran ayudar, supongo que tendría que valerme de mi intuición y capacidades médicas para afrontar las necesidades de mi paciente. Porque ella seguía siendo mi paciente y estaba sufriendo.
Antes de ir con la paciente la enfermera me informo de lo poco que pudo averiguar. La niña llego acompañada de un hombre mayor. Él no hablaba casi nada, pero no dejaba de vigilar todo lo que ella respondía. Todo lo que Marina me relataba parecía contradecirse.
— La chica dijo llamarse Javiera, no dio apellido y el hombre no dio ni su nombre — Por el nombre de inmediato pensé que podría ser española, no era un nombre marroquí para nada —, pero habla un español con un acento extranjero que no es árabe —agrego Marina.
— ¿No reconociste el acento? ¿No te suena de nada? — La presiono.
— No, y lo poco que habló con el hombre que la acompañaba fue en inglés, pero entendió cuando le hable en español — Se reducían orígenes, pero aparecían otros nuevos —, ella dice ser de Marruecos, pero no da una ciudad exacta.
Sería una pérdida de tiempo buscar su país de origen, una persona que habla varios idiomas y mezcla los acentos... sería como jugar a la ruleta rusa.
— Le pregunté 3 veces a ella y su acompañante su parentesco, él solo respondió "estar a cargo de ella" y ella desvió la pregunta quejándose de dolor —dijo Marina antes de darme todos los detalles médicos.
Dolor abdominal, fiebre y decaimiento, podrían ser tantas cosas, necesitaba un mejor examen.
— No dice su edad, solo asegura ser mayor de edad, pero su rostro y contextura no lo denuestan, tendrá unos 17 como mucho —. No tomo el comentario de Marina muy en serio, las edades pueden ser engañosas, sobre todo si se estaba maquillada —. Doctora... ella lleva un velo islámico.
Esas últimas palabras fueron la sentencia de todo.
— ¿Qué hago? —preguntó con los ojos brillantes, llenos de inseguridad y temor.
— Alerta a seguridad que tenemos un secuestro infantil —susurré —, pero que aguarden, hay que atender a la chica primero.
Marina salió de la sala de espera, intentando disimular su nerviosismo, pero fallo. Varias personas se voltearon a mirarla. Uno de ellos era un hombre alto que estaba parado justo al lado de la puerta de salida, después de mirarla a ella su vista se dirigió a mí y me sonrió. No sé cómo lo supe, pero solo vasto esa sonrisa de suficiencia para saber que el hombre que acompañaba a la chica no venía solo. Decidí ignorarlo, sacarlo de mi mente y preocuparme por mi paciente.
— Buenos días, Javiera. Soy la Doctora Melania García. La enfermera me informo que estas con mucho dolor — Le sonreí al hombre que no paraba de caminar de una esquina a otra.
El hombre no se veía tan nerviosos como pensé que estaría, más bien estaba preocupado. Claro, ¿Por qué estaría nervioso si tenía a ese hombre vigilando es hospital? Creo que más bien le preocupaba que la chica estuviera defectuosa. Maldito hijo de puta, no quería la mercancía rota.
— Si, y también tengo un poco de nauseas —respondió ella. Su acento no me dijo nada, podría ser de cualquier parte.
— ¿Nauseas? ¿Por qué no me lo dijiste? — Le pregunto el hombre en inglés.
— No te preocupes —le respondió ella en el mismo idioma —, comenzaron ahora.
— No vulvas a demorarte en decirme las cosas... Ni un maldito segundo...
— Tengo que revisar su abdomen —interrumpí, fingiendo que no entendía su discusión —, puede esperar afuera, lo llamare cuando termine.
— No.
Se sentó en la pequeña silla de la esquina y miró atentamente lo que hacía, era bastante intimidante. La pobre chica supongo que estaba acostumbrada, ni se inmuto.
— Esta bien, no me importa que se quede.
— Puede ser apendicitis —dije al terminar el examen —, pero necesitas un escáner para confirmar.
La ayudé a subir a la silla de ruedas y la guie por los pasillos sin prestar atención al hombre que me seguía como una maldita sombra, pero era difícil ignorar a varios hombres que aparecían de la nada, atentos a todo lo que rodeaba al captor principal. Mientras arrastraba la silla de ruedas sentía que les pedía permiso para avanzar por los pasillos, algunos incluso asentían dándome el visto bueno.
La chica solo acomodaba su velo. Sé que hay varios tipos de velo y que indican estatus, o represión según yo. Nuevamente me arrepentí de no haber tomado más atención, saber al menos sus nombres y quien usa cada uno, me daría una idea más clara de la situación de esta niña. En mi defensa puedo decir, que viene a ser una doctora, y estamos en Melilla no en Marruecos, mi atención no debería estar distraída en estas cosas arcaicas, si no en curar el dolor de ella.
— Tiene que esperarnos acá, solo puede pasar personal médico y pacientes en esta zona— le dije al hombre.
Debo reconocer que me aterro su mirada y por un momento pensé que me quitaría la silla de ruedas para arrebatarme a la chica. Ella debe hacer pensado lo mismo, porque por primera vez le hablo en árabe, él bajo la cabeza con una expresión difícil de definir y se fue por la puerta que acabábamos de atravesar.
La llevé rápidamente a la sala del escáner, cada vez estaba más pálida e insistía que tenía muchas nauseas. Estaba ayudándola a subir a la mesa para el examen cuando Marina abrió la puerta de golpe, seguida del hombre de que acompañaba y un par de los que me tope en el pasillo.
Creí que venían tras Marina, o por la niña.
— Esta envenenada —soltó Marina mostrando su análisis de sangre. No hizo falta que lo repitiera, la chica se dobló y comenzó a vomitar sangre.
Los hombres se alertaron, gritaban que la salváramos, que no podía morir. Malditos idiotas, la chica sufría y ellos solo hablaban de que debía devolverla intacta, como si se tratara del préstamo de un objeto.
Le suministramos el antídoto indicado, junto con varias transfusiones para que recuperara la sangre que había perdido. Creímos haberla estabilizado, pero comenzó a convulsionar y entro en paro, nos tardamos en reanimarla, pero en cuanto la volvimos a estabilizar una simple ecografía en el abdomen indico que tenía que ser operada de inmediato.
— No pueden abrirla — Los hombres nos rodeaban, dejaban al descubierto sus armas de forma amenazante.
— Se morirá en un par de minutos si no lo hacemos — les grite desesperada. El líder ahora si parecía nervioso, yo aún no entendía como nuestro código purpura había sido ignorado por la seguridad del hospital y ellos seguían aquí.
— No puedes abrirla, pero no puede morir... o tú mueres también — dijo otro hombre.
— No la puedo entregar con marcas —argumenta el líder.
— No las tendrá, imbécil —grite sin importarme el arma que tenía en la frente — ¿crees que la abriré completa? A pesar de lo que crees no es un maldito animal... tres puntos es todo lo que tendrá... uno en su ombligo... no más grande que una pajita — le indique el diámetro con mi dedo índice y pulgar para que supiera lo pequeño de la marca —. Si la cuida no se notara en un par de semanas.
— Si me mientes y él lo nota... volveré — me amenaza, pero por suerte se mueve a un lado y me permite operar a la niña.
No salí del hospital en tres días. No sé si por miedo a que la niña muriera o a que se la llevaran, porque era una posibilidad, el director del hospital dijo que no podía hacer nada, que ella les pertenecía, como si fuera un bien material. Cuando despertó solo decía que quería irse pronto a casa, pero cuando la anestesia paso de todo se negó a hablar con los demás, solo respondía cosas médicas.
Llamé a la policía, pero cuando hablaron a solas con ella dieron media vuelta y se fueron. Me advirtieron que no me metiera y no los hiciera perder el tiempo.
— Si no firmas el alta tú, lo haré yo — me amenazó el director del hospital.
— No sabemos lo que le harán, es una menor asustada, ¿Dónde están sus padres? Ellos no son sus padres —reclamé apuntando a los hombres que vigilaban la entrada del cuarto donde descansaba la chica —. Ni siquiera sabemos su nombre.
— No es una menor, no está siendo secuestrada, su vida no está en peligro, quiere irse a su casa —enfatiza las palabras de la chica.
Me cruzo de brazos negándome a hacer tal atrocidad, no la entregare, sería como condenarla a un... mis pensamientos caen como un balde de agua fría... Estaba casada. Por eso la consideraban una adulta, un objeto, era propiedad de alguien. El hombre que la acompañaba a toda hora tenía al menos unos 45 años, era asqueroso.
Firme el alta de la niña sintiéndome asquerosa también. Sentía que defraudaba a todas las niñas del mundo. Me sentí tan inútil, tan poca cosa...
— Gracias por curarme.
Me sonrió un angelical rostro, antes de abrazarme. Era una niña hermosa, esperaba que no le hicieran daño, o que su esposo muriera pronto para que ella fuera libre.
— Cuídate... ¿estás segura de que no quieres que llame a la policía? — La niña se rio de mi insistencia.
— Sé que tú no lo entiendes, que piensas que lo que me ocurre es lo más terrible que le puede pasar a una mujer, que me obligaron y soy una persona miserable.
— ¿No lo eres? — pregunté incrédula.
— Lo fui... por muchos años fui miserable... ya no.
¿Años? No quiero no imaginar a qué edad la obligaron a hacer esto.
Se fue, y por días pensé en ella, hasta que llego otra, y otra, y otra. Me di cuenta de que esa primera chica, la supuesta Javiera, había tenido mucha suerte.
Podía ser un objeto, pero era uno bien cuidado, recordaba la linda ropa con la que salió del hospital y su delicado velo, los hombres que la seguían no le gritaban y no recuerdo haber visto cicatrices o moretones en su piel, su esposo incluso estaba más preocupado en que la cirugía le dejara una marca a que ella muriera. La chica no acepto que le hiciéramos una prueba de violación, aun así, yo había echado un vistazo cuando estaba anestesiada. No había mutilación o algún signo de violencia.
Mis colegas apenas se inmutaban, sobre todo porque las niñas rara vez eran de Marruecos o España, y el único consuelo que me daban era "agradece que no es Afganistán, o la cría no tendría 13, sino 7". Había casos en donde protección a la infancia se las llevaba, otros en donde se retractaban y volvían con su captor, o peor sus padres, quienes la entregaron en un primer momento volvían por ellas, quizá para venderlas nuevamente.
Llevaba casi 2 meses haciendo esto, mi mente ya iba en piloto automático todas las noches hasta llegar a mi auto, donde podía llorar por el sufrimiento de ellas. Por eso no lo escuche venir.
— Me mentiste. Él lo noto.
No reconocí la voz del hombre, pero si su rostro cuando me volteé. Supe lo que venía cuando levanto el arma y entendí sus palabras. Quería preguntarle quien lo noto, si él era su esposo, solo él podría haber notado las diminutas cicatrices. Quizá fue el padre de la chica, y me alegré de eso, porque quien sea que lo hubiese notado no le gusto para nada y lo culpo a él.
Habían escrito en su frente con algún cuchillo, la cicatriz rojiza lo marcaría de por vida como un abusador. Esperaba que el brazo mutilado haya ido a parar a un sucio basurero, pero en realidad no me importaba donde estaba, solo me alegraba que lo hubieran arrancado de su cuerpo.
Cuando se acercó a mí, note la pronunciada cojera, que solo aumento mi felicidad. Me sonrió con crueldad, intentando asustarme, pero solo me alegro más la muerte, porque solo tenía pedazos de dientes y pude notar lo torcida que estaba su nariz. No se veía inflamada o con moretones, pero de seguro cuando recibió la golpiza no pudo abrir los ojos por días.
Así que cuando escuché el disparo, solo pensé "Que más personas defiendan a niñas como Javiera, que los hagan pagar como hicieron pagar a este hijo de puta"
Cobarde de mierda, después de disiparme en el abdomen, se pegó un tiro esparciendo su cerebro por el pavimento.