2 abril, 2022
— ¡Ramadán y Cordero! — gritó mi abuelo —. Es lo único que te he pedido para ella.
Hace casi 3 años que vengo escuchando la misma discusión. Siempre quedo en medio de esta disputa sin saber cómo actuar... Lo que quiero y lo que me conviene.
Claro que quiero celebrar con mi abuelo, pero no me conviene enfurecer a mi padre llevándole la contraria, sé cuáles son las consecuencias de eso.
Nunca me había podido decidir, hasta ahora.
A diferencia de mucha gente, yo conocí a mis abuelos paternos hace un par de años, antes de eso mis padres me habían dicho que estaban muertos.
Y no los conocí de una forma agradable, dando la mejor impresión o luciendo linda. Esa noche era un desastre cubierto de sangre que solo rogaba para que nadie se enterara de lo que había pasado.
En resumen, el peor año nuevo de la historia.
Por suerte era el 2020, o mis suplicas fueron muy lejos.
Sentada en esa estación de policía rogaba tener la oportunidad de desaparecer, de poder bajar mi perfil y olvidarme de todo lo que había hecho… y lo que me habían hecho a mí.
Dios, Ala o el universo me escucharon.
Pase los siguientes dos años tomando clases online, ya no podía salir a ver a mis amigos o ir a fiestas, en las que una niña de 13 no tiene que estar, eso quedo en el olvido.
Esa noche, cuando apareció en la estación de policía, mi abuelo me dejo las cosas muy claras. Después de que yo le recriminara que me abandono con dos monstros, claro.
Él no había sido una buena persona, no fue un buen marido con su primera esposa y un mal padre. Al parecer mi padre si tenía razones para fingir que él estaba muerto.
Pero al mismo tiempo me dijo que yo era su reivindicación.
— Llévame contigo — Le había suplicado.
— Mi niña hermosa, ¿Crees que no lo he intentado todos estos años? — Me abrazo como si no quisiera dejarme ir —, pero jamás me darán tu custodia. Tus padres tienen muchas cosas en mi contra y como te dije, no he sido un hombre ejemplar, como Ala quisiera. Tengo antecedentes, pero te juro que en cuanto cumplas 18 te vienes conmigo y te haré olvidar todo el mal que te han hecho.
— Falta mucho para eso — me queje.
— Ya verás cómo el tiempo pasa deprisa.
— Me matarán antes de cumplir 18 — aseguré.
— No lo permitiré, ambos sabemos que con dinero en el bolsillo tus padres se quedan tranquilos. Yo se los daré y ahora que sabes que yo estoy aquí puedes pedirme lo que sea. Yo buscaré la forma de convencer a tus padres, o dártelo sin que ellos sepan.
Que mi abuelo apareciera en mi vida no fue algo que les gustara a mis padres, mucho menos a mi madre, que no desaprovechaba ni un momento para mostrarme su descontento. Incluso ahora, años después.
Mi abuelo era un creyente de la fe islámica, no era un fanático, pero si celebraba todas sus fiestas y rezaba a diario... de rodillas. Mi padre por otro lado se crio en un país donde ser musulmán era sinónimo de terrorista, así que ha pasado media vida intentando borrar su ascendencia marroquí.
No solo lo hace por vergüenza al qué dirán, también por apoyar a mi madre, que también tiene sus motivos para estar en contra de mi abuelo... según ella.
Supongo que los tres últimos años debilito aún más la endeble relación de mi padre con mi abuelo Yassir, así como debilito la mía con mis padres.
En estos años mi abuelo solo había venido un par de veces al apartamento de mis padres, yo fui solo un par de veces a su casa, aun así, hablaba con él a diario. Primero porque estábamos en medio de una pandemia mundial, y después por los obstáculos que ponían mis padres.
Tenía suerte de que él tuviera a mi padre joven, y yo haber sido fruto de una calentura adolescente, porque mi abuelo acababa de cumplir 48 años. Gracia a eso las veces que se contagió no fue más que un resfrío, bueno eso y las vacunas.
Cuando todo comenzó, sentí que mi vida estaba en pausa, mientras que la de los demás seguía avanzando.
Mi abuelo estaba como yo, tuvo que cerrar una pequeña importadora que tenía en el centro de la ciudad, aunque mi padre siempre se jactaba de que era una tapadera para lavar dinero. A mí no me importaba en realidad, parte de ese dinero ayudaba a que nuestra vida no fuera tan miserable como podría ser si solo fueran mis padres quienes mantuvieran esta casa.
Para mis padres la cosa no fue muy bien. Mi padre llevaba casi 5 años vendiendo seguros, era un empleo por comisión para el que nunca fue realmente bueno, así que cuando tuvieron que reducir personal en la pandemia, él fue uno de los primeros en salir, desde entonces trabaja en una empresa de transporte, haciendo pequeñas entregas dentro de la ciudad.
Mi madre ha trabajado toda su vida cuidando adultos mayores, fue la que peor lo paso, se contagió un monto de veces, paso más tiempo en el hospital y hoteles sanitarios que nuestra casa.
Yo por otro lado estaba todo el día en casa, fue desesperante al comienzo, y fue ahí donde la relación con mis padres se rompi, o mostro la grietas que siempre estuvieron ahí.
Para ellos nada de lo que hacía era suficiente. Tenía que estar en mis clases online, pero también hacerme cargo del apartamento, sobre todo cuando mi madre estaba en aislamiento, y por supuesto tenía que hacer algo más, de lo contrario me criticaban que perdía el tiempo. Intente complacerlos, pero si me veían haciendo ejercicio o leyendo algo que no era de la escuela me criticaban que mejor limpiara la casa, si limpiaba la casa también me pedían que hiciera la comida, si la comida no era lo que ellos querían comer, me trataban de perezosa, y cuando salía el tema de que yo era perezosa solo significaba el comienzo de una larga lista de defectos que tenía.
Mi autoestima quedo en el subsuelo viviendo con mis padres.
Al par de meses decidí que tenía que cambiar, que tenía que salir de esta casa o me pegaría un tiro en cualquier momento. Intente irme con mi abuelo un tiempo, para que todos descansáramos en el apartamento, pero mi madre se negó.
Si no me podía ir, al menos me apartaría todo lo que pudiera de ellos. Aprendía a organizarme, por las mañanas tenía mis clases, mientras dejaba preparando el almuerzo y cena, entre las clases limpiaba la casa, y al terminar me quedaba tiempo de hacer yoga o meditar antes de que mis padres llegaran a casa, muchas veces usaba ese tiempo para llamar a mi abuelo, creo que mis padres no se enteraron de lo fuerte que se volvió mi relación con él hasta hoy.
Eran llamadas cortas, diez o quince minutos como mucho, pero fue suficiente para darme cuenta de la gran persona que era él. Me apoyaba mucho en mis decisiones y estaba de acuerdo en que yo quisiera más. Cuando le dije que me gustaban los idiomas, él me dijo que aprendiera el que quisiera, que él me las pagaba. Fue inevitable recordar la conversación que tuve con mis padres hace años sobre ese tema.
— En mi clase hay una chica que habla francés — Había dicho mientras comíamos —, yo también quiero hablar francés.
— Estamos en América —dijo mi padre —. Lo único que necesitas es hablar inglés y lo tendrás todo.
— Estamos en Estados Unidos, América es el continente — No tenía más de 8 años, y quería demostrarles a mis padres que era una chica inteligente y sabía cosas — En realidad el idioma predominante en América es el español...
La bofetada que me dio mi madre nunca la olvidare, no fue la única. Con el tiempo aprendí que mis padres no querían una hija inteligente, ellos amaban que yo fuera mediocre. La esposa de mi abuelo dice que es porque ellos son miserables haciendo lo mínimo, por eso quieren que las personas se sientan igual o peor que ellos. Y por eso todas las tardes yo me encerraba en mi cuarto, les mentía diciendo que tenía clases extra o de nivelación, cuando en realidad tenía mis clases online de francés, y el segundo año de pandemia fueron las de español.
Salí de mi cuarto cansada de escucha los insultos de mi padre hacía mi abuelo.
Siempre me dije a mi misma, ambos son adultos, tienen derecho a pensar diferentes, hay que ser tolerantes con todas las creencias. Esto ya no se trataba de creencias, era un hombre rogándole a su hijo que dejara ver a su nieta, para celebrar una festividad que era importante para él, pero ni eso lo conmovió. Mi padre no tenía argumentos, solo lanzaba palabras hirientes intentando humillarlo, puede que estuviera cansado de la insistencia de mi abuelo, pero eso no justificaba sus palabras.
— Yo quiero ir contigo —dije cruzándome el bolso.