Miro los puntos rojos en mis brazos sintiendo los ojos de todos sobre mí. Pero no tengo ganas de lidiar con nadie, no estoy para la mierda que seguro me dirán, ya me basta con todo lo que me da vueltas en la cabeza.
Suficiente con tener a mi gemelo diciéndome todo lo que hice, todo lo que me metí y lo lejos que fue todo esta vez.
«Al carajo el resto».
Sé que los ojos de mi madre están rojos de tanto llorar, se ve agotada, cansada y sus hombros están caídos por mi culpa; pero no puedo hacer mucho por complacerla ahora.
Sé que la mirada de Ares West es calmada y fría, un engaño. Veo lo turbio en su mirada, ese reclamo que llegará tarde o temprano, la sacudida de realidad que no quiero, que me interesaría más que la saltaran y fuéramos directamente a esa donde me dejan en paz con mis putos demonios.
Sé también que mis hermanos permanecen juntos y arman un cerco a mi alrededor como si este fuera mi juicio final. Zeus no hace mucho más de lo que ya hizo, mirarme impasible y ser el médico respetado al que ahora le debo la vida, aparentemente. Hera tiene esa mirada decepcionada que podría hacerme bajar la cabeza en otro momento, ahora simplemente no hace efecto, no siento remordimiento, no tengo ganas de explicarme y menos de aparentar que me importa lo que opinen. Eros...Eros puede irse al carajo con su expresión mortal, se le notan las ganas que tiene de arrancarme la cabeza; pero puede ponerse a la cola y esperar a que eso me importe.
«Pueden todos ahorrarse la mierda y así volver a ser felices».
—¿Cómo te sientes?
Es mi padre quien habla y el tono de voz, ese que aparenta calma, pero que es peligro, me hace mirarlo involuntariamente, como si hubiese sido una orden.
Las palabras rompen el silencio y hacen eco en la habitación. O quizás es solo en mi cabeza. Ya no sé. Igual no es algo que me interese.
—Perfectamente —respondo, con mi voz ronca.
No busco ser cínico o irónico, pero creo que es así como se siente para todos ellos. Veo el momento exacto en que la reacción se extiende como onda expansiva a cada uno de los miembros de mi familia ante mí.
Ira. Decepción. Angustia. Frustración.
La cordialidad de Ares West se va a la mierda. Da un paso al frente, pero es alguien más el que pierde el control de sus emociones y explota como olla de presión.
—¿¡Perfectamente!? —reclama Eros—. ¿Es esa mierda la que te atreves a decir? No jodas, Apolo.
Veo a sus ojos oscuros, a las venas inflamadas en su cuello y a su rostro rojo de indignación.
—No tengo que darte una puta explicación, Eros —digo entre dientes, sintiendo que la ira aumenta y cerrando mis manos en puños para controlar el temblor que me recorre todo el cuerpo.
Mi hermano mayor solo estrecha sus ojos en mi dirección.
—A mí no, cabrón, pero en esta sala hay gente a la que le importas y tu cinismo es otro golpe de gracia.
Sé que habla de mamá. No me atrevo a verla para no ser testigo de sus ojos llorosos. Por un momento, solo un momento, siento que debería parar, pero mis instintos e impulsos están desatados, no los puedo controlar.
—Pueden dejarme solo, de todas formas es lo que quiero.
Hablo bajo, pero sin dejar de mirarlo. Eros suelta una carcajada seca al escucharme y da un paso adelante, cuando vuelve a ponerse serio.
—¿Para qué? ¿Para qué quieres estar solo? ¿Para seguir metiéndote esas mierdas que te están consumiendo y ni cuenta te das? —Casi se siente como una burla. Pero su tono es asqueado, la mueca que hace con la boca muestra lo que siente. Me mira como si yo le repugnara—. ¿Hasta cuándo, Apolo, vas a seguir haciéndote daño y creer que puedes superarlo?
Aprieto mi mandíbula. Me empieza a doler la puta cabeza con tanto reclamo.
—No es tu problema. Ni tuyo ni de nadie. Si me muero les hago un favor, ¿no?
Un sollozo de mamá y sé que fui muy lejos. No me atrevo a ver a mi padre. Hera y Zeus mantienen la distancia. Pero Eros pierde el control.
—¿¡No es mi problema!? ¿¡No es nuestro problema!? ¿¡Quieres morirte, imbécil?! ¡Levanta la cabeza, idiota, y dime eso mirándome a la cara! ¡Levanta la mirada y atrévete a decirle aquí a tu madre, nuestra madre, que no es problema suyo y de ninguno! ¡Que prefieres morirte a aceptar que tienes un maldito problema! ¡Que eres un puto adicto!
—¡Basta! —La orden de Ares West detiene la mole de demolición que es Eros y detiene la mierda que tengo en la punta de la lengua.
Mi pecho sube y baja descontrolado con la ira ocupando cada centímetro en mí. Eros y yo nos quedamos viendo, retándonos, deseando ir sobre la yugular del otro.
Y si hasta hace un segundo atrás me importaba poco, ahora sabiendo lo que piensan de mí, pues mucho menos.
Pueden irse todos a la mierda y dejar al drogadicto en paz.
—Hasta aquí llegó esto hoy. En cuanto te den de alta te enviaré a una clínica de rehabilitación.
El estómago me da un vuelco cuando me giro para verlo. Niego con la cabeza una y otra vez. La ansiedad me puede, mis manos tiemblan y vuelvo a apretarlas en puños para controlarme.
—No necesito rehabilitación —replico entre dientes—. No voy a ir a ningún lugar.
Los ojos de papá se estrechan y esa calma fría se vuelve determinación.
—No es una pregunta, Apolo, es una orden. Y no hay nada más que discutir. —Directo, certero.
Da media vuelta sin esperar una jodida respuesta de mi parte y se lleva a mamá con él cuando sale de la habitación. Solo me quedo viendo su espalda, crujiendo mis dientes hasta sentir que me duelen, sintiendo el vacío en mi estómago y la boca seca por lo que todo esto significa.
Siento la mirada de mis hermanos. Pero sigo viendo a la puerta ahora otra vez cerrada. La cabeza me da vueltas, las ganas de levantarme y salir corriendo se incrementan. De quitarme todos estos sueros de mierda y correr lejos, a ese lugar donde nada me afecta, donde solo siento paz.
La tensión es evidente. Ellos siguen aquí y yo quiero que se vayan de una puta vez.
Es Hera la que se acerca. La que rompe el silencio.
—Te amamos, Apolo, aunque ahora creas lo contrario. Solo queremos que estés bien.
La voz suave de Hera, la intención complaciente, me supera. No necesito un premio de consolación, no necesito una jodida rehabilitación. No necesito un carajo.
«¡Nadie entiende nada!».
—¡Sé perfectamente cómo estoy! ¡Ustedes son los que no entienden un carajo! —grito, perdiendo el control—. ¡No necesito una puta rehabilitación! ¡No necesito que se metan más en mi vida! ¡Es mía, maldita sea! Y si soy un puto adicto para todos ustedes, ¡pues pueden irse a la misma mierda también!
En cuanto acabo tengo a Eros casi encima de mí, lo veo a tiempo de contener su ira, de controlar el puño con el que quiere golpearme.
—¡Cállate de una vez, Apolo, antes de que te rompa la cara! —exclama, mirándome con el diablo encendido en sus ojos oscuros—. ¿¡Quieres que te pasemos la mano y nada ha pasado!? ¡Y una mierda! Nos importas, aunque a ti te valga un carajo tu familia.
Deja caer el puño cerrado en la mesa metálica que hay al lado de la cama. El estruendo del metal resuena en toda la habitación.
—Dices que no te entendemos, pues, mira, es verdad. ¡No entiendo qué cojones te pasa por la cabeza para drogarte como lo haces! —Abre sus brazos y los sacude. Veo que Zeus se acerca para contenerlo, pero no quiero que lo haga. Por mí puede golpearme la cara si eso quiere, me da lo mismo—. No comprendo, por más que busco una razón, por qué caíste en esto. Pero, ¿sabes la peor parte de esto? —Me señala con un dedo molesto—. Que tú tampoco tienes idea de nada. No entiendes que ya estás adicto, que no tienes control ninguno sobre lo que consumes. —Se acerca más a mí con los ojos estrechados, habla entre dientes—: ¿Recuerdas un carajo de lo que te metiste hoy? No, ¿verdad? ¿Quieres que te repitan todo lo que tuvieron que sacarte de tu sistema para que abras la maldita boca ahora y digas tanta porquería?
Esas palabras me chocan. Sé que fui demasiado lejos si terminé aquí, me jode no recordar nada y que los puntos en mis brazos sean lo único que me muestre lo que me metí.
Pero no me interesa. Sigue siendo mi vida y sigue siendo mi decisión.
—Tú eres quien no sabe lo que hace. Tú eres el que no entiende nada, el que no acepta el daño que te haces a ti mismo y a todos nosotros. Y no te vas a enterar si te sigues metiendo cuanta cosa encuentras a tu paso —declara con su rostro torcido con rabia, con frustración—. Entiéndelo de una vez, ¡eres un adicto!
Me estremezco una vez con esa palabra. Me hace gruñir, querer levantarme de esta maldita cama y devolverle cada una de sus palabras.
—Cuando aceptes eso, lo demás será más fácil. Mientras te hagas el idiota y sigas creyendo que tienes control, estarás como nosotros, sin entender nada.
Me da una última mirada y luego me da la espalda. Le da un vistazo a Hera y sale de la habitación.
Mi hermana me mira con dolor en sus ojos, con impotencia y esa lástima que no quiero ver, porque me enoja. No necesito la compasión de ninguno.
Deshace la distancia, me da un beso en la frente que me deja completamente congelado y tenso y se va.
Respiro profundo varias veces, hasta que me calmo, hasta que dejo de sentir el impulso de romper todo a mi paso, de correr lejos y perderme de aquí para que nadie más se meta en mi vida.
—Si vas a ser parte del sermón, ahórratelo —le digo a Zeus, que me mira sin moverse de su lugar, con esa actitud seria y hermética, controlada, que tantas veces me saca de paso.
Sus ojos oscuros se posan en mí. Ver una versión de mí, tan diferente, tan perfecta y controlada, me hace sentir como la mierda. Pero trago las emociones y lo enfrento.
Zeus ni siquiera cambia su postura.
—Ya te dije todo lo que tenía que decirte. Ya escuchaste todo lo que los demás tenían que decir. Ya dejaste clara tu postura de mierda. No es que eso importe, cuando igual acabarás en rehabilitación.
Su última frase me regresa parte de mi rabia.
—No lo haré —declaro entre dientes.
—Sigue diciéndote eso. Sigue pensando que puedes con todo —murmura como si ya supiera cómo acaba todo—. La próxima vez terminarás en una caja de muertos y haciendo lamentar a todos. ¿Es eso lo que quieres?
Su mirada se estrecha. Su pregunta me sacude el pecho. Mucho más porque no hay gritos, es solo una calma sofocante que me acorrala.
—¿Crees que tienes derecho, en esa vida que llevas y tanto defiendes, a hacer miserables a los demás? No te creía tan egoísta. —Niega con la cabeza y deja de mirarme, se sacude una pelusa inexistente en la manga larga de su impoluta bata blanca—. Pero todavía no entiendo qué mierda le sucedió a mi gemelo para que acabara aquí, en mi clínica, casi muerto por una sobredosis, así que quizás yo tampoco sepa de lo que estoy hablando.
Sus palabras directas me llegan. Él no hace más nada. Avanza hasta los pies de la cama donde estoy acostado y toma el historial clínico, para revisarlo.
Mirando la tablilla en sus manos, vuelve a hablar. Siendo el doctor West, ya no mi hermano, ya no mi familia.
—Insisto, ¿no recuerdas nada de lo que pasó en toda la noche? —pregunta con indiferencia, con frialdad.
Aprieto mis dientes. Intento sonar tranquilo cuando respondo.
—No. No hay nada interesante que recordar.
Zeus asiente. Anota algo. Vuelve a dejar la tablilla en su lugar y se va. El sonido seco de la puerta al cerrarse se siente como una cerradura, un candado a mi alrededor.
Me quedo solo en la habitación. Un lugar que es amplio, pero que de repente se siente demasiado pequeño.
Porque no caben todos los demonios que me acompañan.