Consumido

2875 Palabras
—Ya puedes irte. Zeus me informa que me dan el alta y yo me abstengo de celebrar esto en su presencia. No necesito una nueva corrección ni que me ande viendo con sospecha. Solo asiento a sus palabras y veo el bolso de lona que está a los pies de la cama, donde mis pertenencias están para poder cambiarme de ropa y largarme de aquí. —Mamá te está esperando en tu casa, Yael ya está en el estacionamiento trasero. —Señala la bolsa—. La ropa cubrirá bien tu identidad, al menos mientras conduces. Levanto una ceja al escuchar que me dejarán conducir. No es que tenga una maldita discapacidad, pero teniendo en cuenta lo rudos que han estado siendo conmigo es una sorpresa que me dejen hacer algo por mí mismo. Papá fue bastante claro con lo que pretende hacer conmigo, pero lo lleva claro si espera que entre a ese maldito lugar voluntariamente. No lo necesito. —¿No tendré maldita guardia? Puede que mi voz se escuche demasiado entusiasmada con esa pregunta. —Papá está siendo paciente, Apolo, no lo provoques. Y Yael ya hace eso, por si no lo recuerdas. Ya se había demorado demasiado en traer a colación lo que él sabe que es una mierda que he estado tratando de hacer real. —¿Esa es tu manera retorcida de reclamarme? Mi gemelo estrecha sus ojos en mi dirección. Esos ojos iguales a los míos, ese rostro idéntico, pero tan diferente a la vez, me pone los pelos de punta. Porque Zeus es, de mis hermanos, el que mejor me conoce y sabe perfectamente qué decir para hacerme llegar sus palabras. —Si quisiera decirte que eres un idiota que se hace daño a sí mismo, recordándote todo lo que consumir mierda le hace a tu cerebro y a tu cuerpo en general, no recurriría a maneras sutiles, Apolo. Soy lo suficientemente capaz de cantarte tus verdades cuando haga falta. No solo porque soy médico, sino porque nunca he sido fan de la delicadeza en temas que son más que serios. Ruedo los ojos. Definitivamente tiene el idiota activado. —Entendido, doctor West —murmuro con sarcasmo. Me levanto de la cama, tomo la bolsa de lona y paso al baño. Antes de poder quitarme la jodida bata de paciente, escucho la puerta de fuera cerrarse. Estoy solo otra vez. —Entendido, Zeus West —digo en la soledad del baño—. Ya entendí que estás decepcionado de mí. Termino de cambiarme y, antes de salir, me miro al espejo del baño. Estoy más pálido de lo normal, ojeroso, veo el tormento de la necesidad en mis ojos. Bajo la cabeza. Mojo mis manos en el lavabo y las paso por mi cara, me refresco, intento desplazar esto que siento, pero no puedo. Todo se repite en mi cabeza, cada palabra, cada minuto que he estado aquí. Las hago puños cuando me tiemblan, aprieto mi mandíbula para contener este sentir. Salgo del baño. Y me detengo en seco cuando a un lado de la puerta está mi padre, serio e imperturbable, con Zeus a su lado. En sus ojos hay un poco de calma, pero también hay impavidez. «Supongo que Zeus no había salido como pensé, solo llegó mi padre a hacerle compañía». La tensión llena el aire, yo no digo nada. Sé lo que pretende y no hay manera en que lo acepte así como así. No puedo aceptarlo, porque no tengo un maldito problema que resolver. Puedo con esto. Puedo controlarme cuando me dé la gana. Fui lejos esta última vez, pero ahora sé que tengo que limitarme. No hace falta nada más. —Pasaré esta noche a verte —dice Zeus cuando ya vamos de salida de la clínica, rumbo al estacionamiento. Me da un rápido abrazo que no le devuelvo. —Sí, como sea. Lo veo irse y me quedo a solas con papá. Desde mi posición puedo ver a Yael esperando, también puedo ver mi auto. Miro afuera, no veo fotógrafos, no hay fanáticos esperando verme salir de una clínica, no veo nada con lo que tenga que lidiar por ahora. Suspiro con algo de alivio. —Ya todo está planificado —dice de repente papá y todo mi cuerpo se tensa. Lo miro a los ojos, quiero gritarle que se vaya a la mierda, pero algo me detiene. El amor que veo en sus ojos a pesar de la mierda que estoy siendo, del asco de hijo que tiene. Hay amor y hay determinación. Esa sensación de que, haga lo que haga, diga lo que diga, ya está decidido. —Tengo que ir a una reunión en el conglomerado, me uniré contigo al acabar. —Señala a mi guardia personal—. No te expongas por las principales avenidas ni te alejes de Yael. No me hagas perder la fe que tengo en ti. Hablaremos mejor en casa. Asiento. Entiendo perfectamente lo que eso significa. Me está dando un voto de confianza. No sé si ofenderme por la aclaración o reír a carcajadas porque todos esperan lo peor de mí. Me alejo sin despedirme. Me subo la capucha y cubro mi rostro. Yael me entrega las llaves de mi auto cuando llego con él y no espero siquiera a que él suba a la camioneta con la que siempre me sigue para largarme de aquí. Los primeros metros los hago sintiendo que toda la sangre se me acumula en la cabeza. Las palabras de papá se repiten una y otra vez. …Ya todo está planificado… Es el maldito tema de la rehabilitación. Ya él dictaminó que así sería y no hay manera en que se convenza de lo contrario. …Hablaremos mejor en casa… —Claro, para no verme hacer una escena vergonzosa —gruño en el silencio de mi auto sin poder evitarlo. Porque me niego y lo sabe. Lo dejé claro y no voy a cambiar de opinión. A tercos nos matamos los dos, pero soy un adulto y no pueden condenarme de esta forma solo porque me consideran un idiota débil. Sé lo que hago, sé lo que necesito y sé cómo parar. Eso es suficiente para mí. Esa mierda de rehabilitación me lo quitará todo. Perderme por unos eternos meses significa cancelar mis giras, pausar mi música, alejarme de lo que realmente amo hacer. No puedo permitirlo. «Y sería no verla más a ella». Y, joder, que quiero verla. Por más que en mi cabeza intente olvidarlo todo, no soy capaz. Me tiemblan las manos en el volante, presiono más a fondo el acelerador. Me siento un cabrón por cómo pasó todo, es una mierda que quiero ignorar, pero no lo consigo. Miro por el espejo retrovisor a la camioneta que me sigue. Miro a los autos delante de mí. El impulso es el de perderme, sentirme solo, verdaderamente solo y libre, una vez más. Porque no quiero pensar en Amalia, no quiero pensar en lo que hicimos, en las palabras que ella me dio para calmar a mi oscuro corazón. No quiero pensar en nada más y seguir fingiendo que no recuerdo nada, cuando la verdad es que sería imposible olvidar cómo se sentía su interior. Vuelvo a mirar a Yael, vuelvo a mirar al frente y en una maniobra que no pienso, adelanto a un auto y comienzo a poner distancia entre la camioneta y yo. Porque me siento de la mierda y necesito calmar mis ansias. Porque me siento horrible por todo lo que sucedió. Porque me molesta mucho que ella se haya atrevido a enamorarse. —Ella no tenía que hacerlo, ¡carajo! —grito, golpeando el volante y perdiendo la noción de todo, adelantando a más autos, mirando todo el tiempo a Yael intentando llegar a mí—. Ella no tenía que decírmelo, ¡maldición! Veo un inmenso camión por delante, sé que más adelante hay una intersección que puedo tomar cuando Yael no me tenga en su ángulo de visión. Adelanto más, presiono más el acelerador. Los nudillos se me ponen blancos, los dedos ya me los siento casi entumecidos. Pero no paro. Sigo hasta llegar a la altura del camión, mi espalda se pega al asiento cuando aumento la velocidad, tengo que pasarle. Tengo que hacerlo porque necesito dejar de pensar en que me quieren meter en un centro de rehabilitación, dejar de pensar en Amalia, dejar de pensar en su enamoramiento, en su decisión de entregarse, dejar de pensar en lo que yo mismo siento. —¡Porque ella no tenía que enamorarse! —grito, lo hago con todas mis fuerzas cuando paso al fin al camión. Cuando siento la bocina al quedar atravesado y tomar la intersección a toda velocidad—. ¡Porque yo tampoco tenía que hacerlo, joder! La media curva de la intersección me regala minutos valiosos. No sé si le hayan puesto GPS al auto y sean capaces de encontrarme después de todo, pero no me importa, solo necesito unos pocos segundos. No disminuyo la velocidad, siento la adrenalina recorriendo mis venas, siento el ardor en mi pecho, el temblor en mis manos todavía aferradas al cuero del volante. Conduzco sin límites, no me interesa nada más que alejarme y alejarme, poner distancia entre todos y yo. No necesito control, no necesito que me controlen como un jodido mocoso. Solo necesito sentirme mejor, volver a ser el Apolo que puede con todo por su cuenta. Cuando me alejo lo suficiente, tomando otras calles al azar, saliéndome del recorrido que seguiría normalmente, me detengo. Lo hago en un callejón donde mi auto queda relativamente oculto. Mi pecho sube y baja con necesidad, me falta el aire y necesito recuperarlo. Tengo que recuperarme. Por mi cuenta, a mi manera. Abro la guantera, revuelco todo lo que hay, pero no encuentro lo que busco. El aire me falta, el sudor frío comienza a extenderse por todo mi cuerpo, las manos me tiemblan y no aguanto más. —¡Maldición! Sé que debieron revisar el auto, soy un idiota por pensar que me lo dejarán con todo lo que quieren borrar de mi vida, pero la esperanza es lo último que se pierde. No pueden haberlo sacado todo. Reviso también en el medio de los asientos, donde a veces guardo otras bolsas, las que ahora no quiero, porque necesito algo más potente, pero que no estarían mal. Busco en todos lados, cada vez más ansioso, porque se me acaba el tiempo, porque ya no soporto más, hasta que recuerdo ese compartimento secreto debajo de mi asiento. Me doblo sobre mí mismo con rapidez, sintiendo que puedo perder el control si no encuentro nada. Mis dedos palpan con necesidad todo el espacio hasta dar con esa pequeña caja que me devuelve el aliento. Logro sacarla con algo de dificultad y me tiembla el pulso mientras me incorporo y trato de abrirla. Un suspiro de alivio sale de mí. Ver el polvo rosa intenso me calma, me hace sonreír. —Aquí estás, siempre estás. Es la reserva, el lugar más intrincado de todos. El que nunca uso y donde guardo el repuesto para casos de emergencia. El dólar enrollado que hay dentro me hace el trabajo más fácil. No dudo. Lo quiero, lo tengo. Esto es lo que quiero hacer y puedo tenerlo, puedo controlarlo y así estaré mejor. Aspiro. Lo hago profundo, el ardor en mi nariz es todo lo que quería, lo que esperaba. Recuesto mi cabeza al asiento, dejo que entre en mi sistema como suele hacerlo, como un vendaval que me hace sonreír, que me alivia las penas y me hace apagar todo eso que me roba el aliento. Cierro la caja y la lanzo al asiento del lado. También el dólar. Regreso mis manos al volante. Abro los ojos solo cuando la calma me llena, cuando el temblor desaparece, cuando el sudor frío se seca, cuando mi corazón deja de latir acelerado y mis pulmones se expanden con una respiración profunda, con dos, con tres. Miro al frente con los ojos estrechados. Me entrego a toda la calma inmediata, a esta sensación de tener el mundo a mis pies, de ser dueño de mí mismo una vez más. Enciendo el auto, tengo que volver a poner distancia, quiero perderme por más tiempo, ir lejos, no a donde me quieren, no al lugar donde las cadenas me serán puestas. Soy libre. Pongo el auto en movimiento y salgo del callejón a toda velocidad. Las avenidas están repletas, sorteo todo con el acelerador a fondo, río a carcajadas mientras me aferro al volante y conduzco como si jugara un maldito “Need for Speed”. Grito cuando me sacan el dedo por pasarles muy cerca, los mando a la mierda cuando se interponen entre mi destino y yo. No miro al espejo retrovisor, ya me importa poco si Yael me alcanza. Puede irse a la mierda él también. Las manos me vuelven a temblar y la frente me suda. Me seco con la manga de mi sudadera y en ese instante, un auto de mierda sale repentinamente. No freno, no quiero hacerlo. La acera es una mejor opción. Con un volantazo me salgo del camino, pero supongo que calculo mal. Lo último que veo antes de estampar el auto contra un escaparate de vidrio de una tienda de mierda es el rostro de mi padre diciéndome que confía en mí. «Pero no debió hacerlo». El ruido me aturde de repente. Abro los ojos en el mismo instante que unos brazos me rodean y me jalan con brusquedad. —¿Qué mierda? Me sacudo, porque un carajo, nadie va a tocarme. Veo nublado y me duele la puta cabeza, pero todavía puedo levantar los brazos y tratar de defenderme. Escucho gritos mientras me niego a ser arrastrado por cualquier idiota que quiera aprovecharse, también una sirena molesta e intensa que incrementa mi dolor de cabeza. Insisten con más fuerza cuando opongo la mayor resistencia que puedo. De repente siento que otros brazos intentan sacarme también. —Váyanse a la mierda. Déjenme en paz —grito, golpeando ahora y encontrando un objetivo. Escucho un gruñido y una maldición. —¡El taser! —grita alguien y yo aprovecho mi ventaja para salir del auto y sacudirme todos los cristales que me cayeron encima. Salgo trastabillando, me fallan las piernas, me sostengo la cabeza porque me molesta la luz y hace que un dolor intenso me atraviese el puto cerebro. Miro a mi alrededor y veo gente rodeando mi auto, mucha gente, muchos teléfonos apuntando en mi dirección. —¿Qué coño miran? —grito, rabioso y yendo a por el primer idiota que me queda más cerca. Pero no doy un paso más cuando alguien me retiene. Escucho más gritos, órdenes que no voy a cumplir porque no me da la gana. Me deshago de la llave que me hacen y me sacudo como perro rabioso, queriendo alejarme de quien sea que intenta detenerme. —¡Suéltame, carajo! —Lanzo un codazo hacia atrás y siento el impacto. —¡Joder! —Escucho otra vez la maldición. Miro hacia atrás, dispuesto a golpear a quien pretende detenerme, pero entiendo todo. Una patrulla de policía está aparcada a pocos metros de mi auto estrellado, dos agentes intentan llegar a mí, uno de ellos intentando contener el sangramiento de su nariz. Es solo un segundo, cuando me doy cuenta de todo. Solo uno, antes de que vea lo que ese oficial tiene en la mano. Siento el impacto y la corriente que me recorre arquea mi cuerpo y lo sacude con espasmos involuntarios. Grito cuando el dolor me atraviesa de pies a cabeza. Mis manos se tensan, mis dedos se estiran y se retuercen, porque no logro controlarme. Mis rodillas se aflojan y caigo al piso, apoyo las palmas de mis manos y respiro cuando la descarga se detiene. —Está detenido por… Me levanto como puedo y me lanzo a por el más cercano. Pero caigo al piso retorciéndome de dolor cuando ahora otra descarga me llega del otro lado. Grito más fuerte, siento mi cuerpo arquéandose una vez más, doblándose sobre sí mismo cuando la descarga se detiene. Pero no me dejan ni recuperar la respiración, no me dejan siquiera retomar mis fuerzas para ponerme al menos de rodillas. Cuento dos descargas más antes de que todo mi cuerpo colapse. Hasta que no tengo energías para mover siquiera un dedo. Me quedo tirado en la calle, mirando con los ojos casi en blanco, a todos esos que me rodean y me señalan con horror, como si fuera un animal en un zoológico, una maldita atracción de circo. Entonces las escucho. Las voces. Es Apolo West, el cantante. ¿Estaba drogado? ¿Cómo perdió así el control? Su carrera se arruinará después de esto. ¿Lo tienes? ¿Lo grabaste todo? Esto tiene que hacerse viral. Qué decepción más grande. Pensar que era mi cantante favorito. Es una vergüenza para quienes escuchan su música. Y la peor de todas. La que se repite una y otra vez cuando los ojos se me cierran y ya no puedo más. Es solo un adicto de mierda. No vale nada.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR