La sala del tribunal me pone los pelos de punta, no puedo dejar de sentirme tenso y tampoco puedo controlar los rebotes de mis pies contra el piso. Las luces que iluminan el espacio solo les dan un aspecto más horrible a esos que ahora tienen mi jodida vida en sus manos. Los que me han mirado con repugnancia, juzgándome como si me conocieran, como si tuvieran derecho a hacer juicios sobre mis motivos y razones.
O sí que tienen derecho, aparentemente, porque el juez en el estrado me mira como si, señalarme con un dedo, fuera su momento favorito del día.
«No dudo que así sea».
Aprieto mis dientes hasta que siento mi mandíbula doler. Me duele la cabeza, un sudor frío me mantiene erizada la espalda y no puedo dejar de sentir la boca seca.
«¿Cómo carajos acabé aquí?, ¿por qué mierda me dejé llevar tanto por mis impulsos más bajos?».
Yo solo quería libertad. Huir de lo que me estaba esperando. No acabar en una maldita celda como un delincuente y ahora estar esperando a que un desconocido de mierda determine qué sigue en mi jodida vida.
Nadie tiene derecho a decirme lo que debo hacer o no. Nadie tiene derecho a cuestionar mis decisiones.
«Es mi puta vida. La que yo elegí porque me da la reverenda gana».
Y si soy adicto para toda esta bola de gente con problemas de ego, pues a la mierda el drogadicto, que me dejen en paz.
Tengo que salir de aquí de una puta vez, ya no aguanto más. Esta sensación de debilidad no la soporto, necesito conseguir energías, necesito poder controlar mi estrés. Necesito solo un poco de calma en medio de tanto tormento.
Necesito solo uno más. Solo así podré superar esta maldita angustia y soportar las horas que vengan en un jodido martirio.
No miro atrás, donde mi familia espera la sentencia. No puedo mirarlos. No quiero. ¿De qué serviría ahora? Ellos me miran con el recordatorio de todas sus palabras flotando sobre mí. Yo los miro pensando en que no quiero más que estar solo.
Ya es momento de escuchar el veredicto, ya mi vida está vuelta mierda. Mi carrera está acabada y arruiné lo otro bueno que comenzaba a tener conmigo. ¿Sirvió para algo? No. Es mejor que se mantengan lejos de mí.
…Su carrera se arruinará después de esto…
…Es solo un adicto de mierda. No vale nada…
Una rabia sin igual me estremece. Esas palabras no dejan de repetirse una y otra vez, recordándome todo lo que pasó, cómo me vieron. La imagen de la tienda destrozada, de mi auto estrellado, aparece en mi mente. Todos esos rostros viéndome caer, siendo testigos y grabando mi ruina. Puede que mi conciencia pese un poco, pero si todo está vuelto mierda, ¿qué importa cómo continúe?
Las ansias me recorren y la resignación me hace suspirar. Mis dedos no dejan de tamborilear sobre la mesa, el silencio me aturde los oídos y necesito llenarlo con algo.
Cuando el juez carraspea y mira a través de sus gafas al documento ante él, todo dentro de mí se tensa. Los nervios me consumen y lo que antes estaba siendo un reflejo normal, se vuelve insoportable. Cierro mis manos en puños y crujo mi cuello intentando controlar esto que me consume de pies a cabeza. Mis párpados pesan y chasqueo la lengua para que el sonido interrumpa y absorba esta espiral de silencio que me aturde.
—Apolo West, en consideración a los cargos presentados en su contra, específicamente por la conducción bajo los efectos de sustancias ilícitas, causante de daños severos a la propiedad y de resistencia a la autoridad, el tribunal ha llegado a la siguiente decisión…
La voz del juez es firme y autoritaria. Me mira fijamente por encima de sus gafas y lee con tono inquebrantable todo lo que ese documento del carajo dice de mí y de mi futuro.
—Se dicta entonces la siguiente sentencia: el acusado contará con una libertad condicional sujeta a varias restricciones. Como parte de esta medida, deberá cumplir con arresto domiciliario efectivamente supervisado durante un periodo de seis meses. Un grillete electrónico será colocado en su tobillo, permitiendo monitorear su actividad y restricciones de movilidad. Prohibida la salida del país. Ante un movimiento entre estados, deberá anunciar la salida y el motivo de esta, además de que tendrá que ser acompañado por un familiar de sangre y solo durante el periodo que sea aprobado por la instancia correspondiente. Esta medida del acompañamiento obligatorio también se extiende a la salida de la propiedad donde se haga efectivo el arresto domiciliario.
Mis manos se mueven hasta el borde de la mesa y las aprieto con todas mis fuerzas. Me tiemblan, jodidamente me tiemblan y estoy a nada de perder el control.
«¿Un puto grillete? No necesito más mierdas humillantes. ¿Pedir permiso para salir? ¡Y una mierda!».
—Además —continúa con severidad—, deberá abonar una suma destinada a cubrir los daños materiales y los perjuicios sufridos por la víctima del accidente.
Ruedo los ojos. La jodida tienda que se me atravesó y que, según mi abogado, está siendo tendencia en redes y vendiendo lo que nunca en toda su existencia.
—El tribunal ha determinado que esta multa será considerable, reflejando la severidad de las consecuencias de su irresponsabilidad.
«¿Algo bueno salió de aquí? Al menos alguien se llevará un puto cheque».
—Por último, el ciudadano Apolo West, estará obligado a asistir a un programa de rehabilitación en una clínica acreditada, con un mínimo de seis meses de duración, dado el evidente peligro que representa su conducta para la sociedad y la necesidad de tratar su adicción. Esta medida está determinada con efecto inmediato y pospone el resto de medidas y los periodos especificados.
Adicción. Adicción.
Programa de rehabilitación. Seis meses.
Peligro para la comunidad.
Adicción.
El juez deja el documento ante él y me mira con frialdad.
—Y teniendo en cuenta su identidad, el hecho de que es considerado figura pública y sus comportamientos pueden ser replicados por millones de seguidores en todo el mundo, tendrá estrictamente prohibido continuar sus giras de conciertos, hacer presentaciones, entrevistas, presencia virtual a través de las r************* y nada referente al mundo artístico en el que se desenvuelve, hasta que sea una buena influencia para la sociedad y en especial, la juventud.
Dejo de escuchar el resto cuando esas palabras hacen eco una y otra vez en mi cabeza. Las manos ya no las siento, mi cabeza cae y mi barbilla pega en mi pecho, respirando a duras penas, intentando controlar mi respiración errática.
Cierro los ojos, me arden jodidamente demasiado y siento mi garganta seca y necesitada. Inspiro por la nariz, de esa manera que suele darme alivio, chirrío mis dientes hasta que me duelen, hasta que ahogan el murmullo de la sala por la sentencia.
Cada jodida palabra juega con mi fuerza de voluntad. Vuelve más grande el nudo en mi estómago. Se siente como si, cada una, estuviese siendo tatuada en mi piel y no leída, escuchada por cada persona aquí presente.
La sentencia está dicha. El sonido seco y cortante del mazo cierra la sesión. Pero para mí, empieza el maldito infierno a partir de hoy.
Salgo dando un portazo sin importarme un carajo la integridad de mi auto. O la opinión de mi padre, quien aún permanece dentro. Avanzo dando largos pasos, no quiero hablar con nadie, no quiero lidiar con los consejos que no quiero, con las palabras empáticas que no necesito, con la mirada de decepción que no me apetece ver. El día de hoy y los siguientes, quiero estar solo, quiero estar encerrado en mi habitación, quiero olvidarme del mundo entero. Quiero olvidarla a ella.
Salí del juzgado con una mezcla de emociones que me abrumaban. La sentencia de arresto domiciliario por conducir bajo los efectos de la droga es un golpe duro. Me hierve la sangre de solo pensar que me encerrarán. Pero mientras camino hacia la entrada de mi casa, siento una pesada carga de culpa y vergüenza. Sobre todo vergüenza.
Cada paso que doy me acerca más a la realidad de mi situación. Llego frente a la puerta y me detengo por un momento. Respiro hondo, necesito armarme de valor porque sé que al cruzar por esta puerta, dentro me esperan más preguntas, más miradas de decepción.
Mi madre está aquí, ella está en la sala esperando por mí y me duele no verla a los ojos, no dirigirle la palabra, pero si no lo hago, es porque no tengo nada bueno que ofrecerle en este momento.
«Ni a mi padre, ni a mis hermanos, ni siquiera a ella».
—Ella está en la sala esperando por ti y lo sabes —dice mi padre detrás de mí—. Buscará abrazarte, decirte algo dulce. Y si se te ocurre alzarle la voz, faltarle el respeto o burlarte de sus palabras, me vas a encontrar, Apolo. Y no quieres eso. Podrás medio lidiar con los demonios en tu cabeza, pero no con el diablo si se te presenta.
Aprieto mis dientes ante su advertencia.
—Hoy no quiero lidiar con el diablo ni con mis demonios, mucho menos con mi madre —espeto, abro la puerta y avanzo sin mirar atrás.
Siento el peso de la sentencia caer sobre mis hombros, pero no me detengo. La sentencia de arresto domiciliario ahora es un recordatorio constante de mis errores y, en este momento, lo último que quiero es enfrentar a alguien, especialmente a mi madre.
Siento la rabia y la frustración hervir en mi interior. Necesito estar solo, alejarme de todo y de todos.
Cuando estoy por tomar las escaleras, ella aparece y sus ojos se iluminan al verme, pero yo solo siento el deseo de escapar.
—Apolo… —dice con su voz suave y llena de preocupación.
No le respondo, simplemente evito su mirada y camino hacia mi habitación. Y mientras subo cada escalón, puedo sentir su tristeza, su decepción, pero no tengo la fuerza para enfrentarla. Necesito tiempo para procesar todo lo que ha pasado, para encontrar una forma de lidiar con el caos dentro de mi cabeza. Si le hablo, si dejo que me abrace, que me consuele con sus palabras cargadas de amor, me volveré loco y arremeteré con ella bajo esa misma locura. Ya le he causado mucho daño con mis mierdas.
Subo el último escalón y su sollozo capta mi atención, pero ni eso me hace detener. Ella no me comprende, yo tampoco me comprendo. Ella ahora está llorando por mí, yo también quiero hacerlo, pero por un sentimiento diferente al suyo.
Llego a mi habitación y cierro la puerta de golpe, dejo salir un grito que se oye como el bramido de una bestia. Pateo con fuerza la mesa de noche al lado de mi cama, la rabia me ciega, la adrenalina con la ansiedad se mezcla en mi sistema.
El silencio abrumador es roto gracias al ruido que causan las patadas que le doy al mueble. La sangre se me sube a la cabeza, estoy cabreado, demasiado obstinado.
La ira me consume. Cada paso que doy dentro de la habitación resuena en mi cabeza como un martillo y cada uno de mis pensamientos, son un grito silencioso de frustración.
La sentencia de arresto domiciliario, la rehabilitación obligatoria... Todo parece una burla cruel del destino. Siento mi sangre hervir, mi corazón latir con furia contra mi pecho.
«¿Cómo se supone que detendré toda mi vida por seis meses?».
Me siento atrapado, como un animal acorralado sin salida. La idea de estar confinado, de tener que enfrentar la rehabilitación, es una maldita una tortura.
Pienso en los días que me esperan; llenos de sesiones de terapia, restricciones, y siento una oleada de furia que me consume. Y es por eso por lo que no me detuve a darle la cara a ella, porque justo ahora, mientras golpeo una y otra vez cada mueble de mi habitación, no soy yo. No soy el hijo que ella con amor crio.
No quiero hablar con nadie, no quiero escuchar sus discursos de aliento o sus miradas de lástima. Justo ahora siento que el mundo entero está en mi contra. Justo ahora siento que me han robado mi libertad y mi dignidad.
—¡Maldita sea! —grito con todas mis fuerzas y me dejo caer en la cama, golpeando la almohada con los puños, tratando de liberar algo de esta ira endemoniada, pero cada golpe parece aumentar mi frustración—. ¡A la mierda todos! ¡A la mierda lo que creen de mí! ¡Yo no soy un maldito adicto! ¡Yo puedo con esto! —grito nuevamente y las lágrimas de impotencia comienzan a brotar de mis ojos.
Las dejo caer porque simplemente no puedo detenerlas. Soy un huracán de emociones difícil de controlar en este momento.
«Necesito dormir, necesito dejar de pensar».