Amalia se cuelga de mi cuello otra vez, abraza mi cuerpo con sus esbeltas piernas y, sin dejar de besar su piel mojada con vino, avanzo hacia la habitación para cumplir con lo que me ha pedido, sin soltar la botella, sin soltarla a ella. Mis pasos son firmes, rápidos. Con cada beso en su cuello mis labios en su piel transmiten lo desesperado que estoy por tomarla por completo como quiero. Cada beso es una caricia, una declaración silenciosa de lo que le espera al llegar a nuestro destino. Mi v***a vuelve a palpitar, lo hace con desespero porque sabe lo que sucederá. Sigo probando su piel con sabor a vino, con esa mezcla del Cabernet y el aroma de su perfume de jazmín. Sigo el camino de pétalos azules, porque no sé dónde carajos queda la habitación principal y, en cuanto llegamos a la

