Lloriqueo un poco cuando suena mi alarma, y otro poco más cuando llaman a mi puerta con insistencia. Anoche, queriendo ahorrarme otro sueño con Viktor, simplemente me fui a la mesa a corregir y ahora estoy arrepintiéndome un poquito. No sé a qué hora me dormí, de hecho, sigo sentada en la mesa y con un dolor terrible de espalda, pero, aun así, me pongo de pie y voy a abrir. Consiguiéndome con el protagonista de mis fantasías y el culpable de sentirme muy hormonal, más que nunca. – Son las siete cuarenta – es todo lo que dice luego de darme una ojeada y me toma un segundo analizar sus palabras. Voy muy, muy, muy tarde al trabajo. Santo dios, ni siquiera me he bañado. – ¡No me tardo! – chillo corriendo al baño e intentando hacer todo al mismo tiempo, lo que me atrasa. Okey, soy un desas

