La noche era hermosa. El cielo estrellado y la luna radiante se filtraban por el gran ventanal del salón elegido para la subasta. Las imágenes del centro de recreación infantil al que se destinaría el dinero estaban pegadas en pizarras, ubicadas estratégicamente en diferentes lugares de ese lugar. Los presentes caminaban distraídos y miraban sin mirar, arrugando la nariz al percibir la pobreza y decadencia en la que vivían cientos de niños huérfanos. Todos tenían la misma actitud, excepto dos de ellas, Siobhan y Marga. Las dos jovencitas habían crecido en barrios humildes donde la carencia era moneda corriente. Ahora, como personas privilegiadas, se ocupaban de ayudar y mejorar, en todo lo que pudieran la vida de esas pequeñuelos. Mientras ellas contemplaban las tristes imágenes, dos h

