En una habitación de hospital Alexander Belmont estaba siendo cuidado con esmero y amor por la abuela Carol. Siobhan se había quedado en el lugar, se sentía verdaderamente agradecida por haberla salvado, y también sumamente confundida e intrigada. Algo no estaba bien en todo lo que estaba haciendo este hombre extraño y ella quería descubrir qué era lo que estaba cambiando. Esa es la razón por la que ella permanecía en el lugar, pero el herido no lo veía de esa manera. Con una gran sonrisa en los labios Alexander observaba atentamente cada gesto y movimiento de Siobhan. Es que ella en ocasiones suspiraba, otras parecía bufar molesta. Fruncía el ceño, o sonreía de la nada. Cada uno de esos gestos, por mínimo que fuera, era captado por el ojo atento del empresario. Mientras Alexander estu

