Dos días después llegaba la famosa invitación. Un fin de semana en un hotel para reencontrarnos todos los compañeros de la generación ‘94.
Nunca había ido a aquellas fiestas, pero por alguna razón, pensé que éste año, veinte años después, debería estar preparada para hacerlo. Y lo haría.
Tenía tres semanas por delante para prepararme mentalmente, sería como dice mi querida Martu: “Superar mis miedos, enfrentándolos”.
Iría a ese fin de semana con la cabeza bien en alto, debía enfrentarme a los fantasmas de mi pasado.
Confirmé mi asistencia y me dispuse a pensar que me pondría en la fiesta, que sería de rigurosa etiqueta.
Recordé que en el vestidor, tenía todavía aquél vestido rojo cereza que me había comprado en París y que nunca me había entrado, no sé ni porqué lo compré, ni porqué lo guardé. Había vuelto a bajar algunos kilos y si no me entraba, me entraría. ¡Como que me llamo Evangelina Leigh!
Lo cierto es que no tuve que hacer nada, me quedaba a la perfección, como si hubiese sido diseñado para mí. Unos lindos accesorios, mis hermosos zapatos negros, poco más y estaría impecable.
Las semanas pasaron sin que pudiera hacerme consciente de que el momento se acercaba. Una avalancha de trabajo para un catálogo de modas, mostrando la última colección de un importante diseñador me había dejado sin tiempo para pensar. Llegaba fulminada a mi departamento, directo a dormir. Quizás fue lo mejor, porque es probable que si lo analizaba demasiado, me retractaría.
La noche anterior preparé una rápida maleta con un par de atuendos, todo lo que necesitaba para la noche en cuestión y esperaba no olvidarme nada. Hubiera deseado tener más tiempo para hacerlo minuciosamente, pero, ¿qué más daba?
Me acosté a dormir encomendándome al universo de que todo saliera bien, al día siguiente tendría que conducir seiscientos kilómetros, afortunadamente mi querida Marta sería mi copilota, por lo que iría haciendo terapia durante todo el camino, ella no me permitiría flaquear.
Lamentablemente mi teléfono sonó a las dos de la madrugada, era Martu, que su hija, mi ahijada, estaba con fiebre y no podría ir al encuentro del fin de semana. Intenté de mil formas convencerla que me quedaba a hacerle compañía, pero no hubo forma.
—¡Vas a ese encuentro, conduciendo o de la patada en el culo que te voy a dar!
No me dejó opciones. Ya no me pude volver a dormir. Me preparé una taza de café y me dispuse a continuar con la lectura del libro de Victoria, una amiga de Marta que conozco hace tiempo. Me senté en la cómoda butaca que tengo frente al ventanal, desde donde puedo ver la hermosa costa iluminada de mi ciudad.
La muy jodida me hizo llorar durante cuatro horas; tengo los ojos hinchados como un sapo y la nariz roja como un payaso. ¿Y así tengo que manejar esa cantidad de kilómetros?
Tomé una ducha, mi taza de café de viaje, la maleta, la memoria donde tenía la Playlist del libro que estaba leyendo “Una Canción para Abril” y salí al garaje en busca de mi hermoso AUDI A1. En París tenía un A3, supongo que quería sentirme un poco Anastasia Steel, con su “Especial Sumisa”, pero definitivamente yo no tengo ni un poquito de alma de sumisa.
Coloqué la memoria y la playlist se ejecutó automáticamente, ahí iba yo, nuevamente llorando mientras escuchaba a P!nk con su Try, recordando a Jazmín habiendo dejado al dulce de Patricio, mientras decidía seguir adelante sin él, en la bañera de aquel hotel de Zaragoza.
El camino sería largo, el llanto me sirvió de catarsis, realmente estaba por enfrentarme al pasado y necesitaba sacar de adentro todo, sino sería terrible.
A primera hora de la tarde llegué a destino, hice el check-in, mirando como paranoica a todos lados a ver si reconocía a alguien, encubierta bajo mis lentes oscuros, para esconder mis ojos de sapo. Sin duda haría uso del Spa, con un masaje y algo para descongestionar mis ojos.
¡Malditos Jazmín y Patricio y su amor de telenovela! ¡Maldita Victoria! Ya quisiera yo que me amen como ese dulce ama a Jazmín, pero eso solo sucede en las novelas románticas. Aunque bueno, en ésta novela hay cada escenita subidita de tono, que también me gustaría vivir. Alguna vez se me tiene que dar. ¿No?