IV. No es coincidencia

1222 Palabras
Abro los ojos gracias al sonido del despertador. El sol aún no sale, pero me tengo que alistar para ir al colegio. Me doy una ducha y me pongo el uniforme, me miro al espejo y me peino un poco. Tomo mi bolso y salgo. El chofer ya me está esperando con el auto listo. Hasta el año pasado me iba junto a mi hermana, pero como ella empezó la universidad este año, tiene otros horarios. -Buenos días, Henry -saludo al entrar al auto. -Buenos días, Raen -me dice de vuelta y parte. -¿Esta tarde podríamos seguir con las lecciones? -le digo en voz baja, aunque en realidad nadie nos va a escuchar, pero es una costumbre el decir secretos de esta forma, ¿no?. -Como quieras -me dice. A diferencia del resto de las personas que trabajan para nosotros, Henry no me trata de usted y a mí no me molesta. Siento que así puedo confiar más en él. Y, bueno, es de total confianza en nuestra familia. -Genial. Cuando salga de clases me pasas a buscar y vamos a alguna parte poco poblada -le digo y él asiente con la cabeza. Desde hace un par de meses que Henry me está enseñando a manejar en secreto. Mi padre cree que es una pérdida de tiempo y mi madre piensa que es muy peligroso. Pero de verdad quiero aprender, así que un día le dije a Henry que me enseñara y él no puso ningún reparo. Hasta ahora solo lo sabemos él y yo, pero quizás le cuente a mi hermana en un futuro cercano. Al llegar a la escuela me despido, tomo mi bolso y me bajo del auto. Obviamente estoy en el colegio más caro de esta ciudad y que queda lejos de la civilización... bueno, no tan lejos, pero sí es lejano. Solo se puede llegar en auto. Es tan exclusivo que solo hijos de algunos políticos y empresarios estudian aquí y somos no más de 20 alumnos por curso y nivel.  Llego a mi salón y tomo asiento. Saludo a algunos de mis compañeros y luego miro el celular. No me llevo especialmente bien con ninguno, pero tampoco me llevo mal con nadie. No tengo algo como un grupo de amigos, porque siento que sus conversaciones son algo superfluas. Digo, tampoco es que quiera hablar de filosofía o el sentido de la vida, pero hablar siempre de sus viajes o las cosas que tienen me es tedioso.  A las ocho en punto llega la maestra y comenzamos la clase. Matemáticas avanzadas, algo que se me da bien, por suerte. El pensamiento concreto es lo mío, porque lenguaje o poesía se me da fatal. Pónganme números o problemas y los puedo resolver, pero háganme imaginar y describir un mundo irreal... no puedo.  Las clases pasan de forma monótona como todos los lunes. Lo más emocionante fue en clase de deportes cuando el balón de básquetbol le llegó al profesor en la cara, pero no se hizo daño ni nada, ni siquiera salió sangre, así que está todo bien.  Cuando por fin suena el timbre para salir, tomo mi bolso y salgo rápidamente. Como siempre, una gran cantidad de autos lujosos esperan en la salida. Busco con la mirada y no muy lejos encuentro a Henry de pie junto a nuestro auto. Me acerco a él, nos saludamos y me siento en el asiento del copiloto. -¿Recuerdas las lecciones anteriores? -me dice. -Claro, aunque no sé por qué me enseñaste los cambios si de todos modos este es un automático. Casi se maneja solo. -Por si acaso. Nunca está de más saber cómo manejar todo tipo de autos. -Es verdad. Me lleva a una parte de la ciudad que se me hace vagamente familiar, pero es muy lejos de donde vivimos. Aquí solo hay casas y las calles son amplias. Además, hay poca gente en las calles.  -¿Te parece si cambiamos? -me dice después de que estaciona junto a la berma. -¿Estás seguro? -le digo con mirada de terror. Sí, hemos tenido clases durante los últimos dos meses, pero más que nada sobre teoría, como aprender el significado de la señalética, acomodar los espejos o verlo manejar y estar atento tanto a sus movimientos como a lo que pasa alrededor. Nunca me he sentado realmente tras el volante. -Claro que estoy seguro. Ya has aprendido todo lo básico y más. Solo te falta tener la experiencia. Nunca aprenderás si no lo intentas de verdad.  -Esta bien -le respondo, aún dudando, pero decidido.  Nos bajamos y cambiamos de lugar.  Estar tras el volante se siente diferente. Todo se ve más grande al estar más cerca. Coloco los pies en los pedales y me acostumbro a su tamaño y resistencia, aún con el motor apagado, por su puesto. Veo por los tres espejos. No necesito acomodarlos, ya que se ve bien de todos lados.  Pongo las manos en el volante y lo recorro entero. -Bien, ahora prende el motor -me dice Henry. Yo asiento con la cabeza y le obedezco. El auto parece cobrar vida y comienza a vibrar suavemente bajo nuestro. Tomo la palanca de cambio y la empujo hasta colocarla en la posición que me permitirá avanzar.  -Estoy nervioso -le confieso. -No lo estés. Yo estoy contigo, no va a pasar nada- me tranquiliza. Doy un suspiro e intento relajarme. Piso levemente el acelerador y el auto avanza más de lo que esperé y lo saco de inmediato. -Cuidado, ya te vas a acostumbrar -dice Henry- solo recuerda no sacar las manos del volante.  Vuelvo a apretar el acelerador y esta vez logro controlarlo. Avanzamos lentamente. 20 kilómetros por hora, 30, 40. Hasta ahora todo bien. Nos encontramos con un semáforo en rojo y freno.  -Lo estás haciendo genial, Raen -me felicita Henry- ahora solo tienes que relajarte más. Estás muy tenso. -Ah, es verdad. No me había dado cuenta, pero tengo los nudillos blancos de lo apretado que tenía el volante. Muevo los dedos que ya estaban agarrotados y también sacudo un poco las piernas para relajar los músculos tensos. Muevo el cuello y ya estoy como nuevo.  En ese instante el semáforo cambia a verde y sigo avanzando. No es tan difícil después de que le tomas la mano a la técnica. Aún así debo estar atento a todos lados. Solo un par de veces algún auto me tocó la bocina por ir demasiado lento, pero aparte de eso, está saliendo todo a pedir de boca.   Cuando ya llevamos unos 10 minutos en esto, llegamos a una esquina sin semáforo, pero el disco pare está hacia el otro sentido, así que nosotros tenemos la preferencia para avanzar. Aún así, miro hacia la calle y no viene nada. Le doy al acelerador y, de la nada, una persona en skate se cruza frente a nosotros. Aprieto el freno lo más rápido que puedo, pero la persona ya golpeó el capó del auto y cayó al suelo, mientras escucho un crujido bajo la rueda. Me quedo en blanco.  -¡Raen! Baja del auto -me ordena Henry, mientras me sacude el hombro. Asiento con la cabeza y bajo. No quiero ver cómo está la persona que acabo de atropellar. No puedo creer que yo haya provocado esto. Tengo un miedo terrible. 
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