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Mi novio es un Vampiro

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Descripción

Nunca imaginé que el chico nuevo en la universidad ocultara un secreto mortal… hasta que sus ojos rojos me miraron. Mi novio es un vampiro, y estar a su lado significa jugar con la muerte, la pasión y un mundo que no soy capaz de comprender. Entre la tentación de lo prohibido y el peligro que acecha en la oscuridad, descubriré que el amor puede ser eterno… o mortal.

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El chico nuevo en la universidad
El campus estaba envuelto en un aire distinto aquella mañana. El sol brillaba con fuerza, aunque el viento de otoño arrastraba hojas secas que crujían bajo los pies de los estudiantes apresurados. Yo caminaba con mi mochila colgada al hombro, pensando en lo rutinario de mi primer semestre en la universidad, cuando noté algo… algo que rompía con la monotonía de siempre. En la entrada principal, todos susurraban. Algunos disimulaban mal su curiosidad, otros se quedaban mirando descaradamente. Y allí estaba él. El chico nuevo. Alto, con una figura que parecía sacada de una revista, vestido de n***o como si no le importara el calor ni la moda del resto. Su cabello oscuro caía con un descuido perfecto sobre la frente y sus rasgos eran tan marcados que por un segundo me costó apartar la mirada. Pero lo que realmente me dejó helada fueron sus ojos. No eran comunes… no. Eran de un tono gris profundo que, por momentos, bajo la luz, parecían teñirse de rojo. Me obligué a mirar hacia otro lado. —No seas ridícula, Valeria —me dije a mí misma—. Solo es un chico guapo. Eso es todo. Pero no, no era “todo”. Había algo más, algo que me hacía sentir un escalofrío extraño en la nuca, como si mi instinto me gritara que aquel desconocido representaba peligro. Durante las primeras clases, el rumor sobre el recién llegado se expandió como fuego en papel. Algunos decían que venía de Europa, otros que había sido expulsado de su anterior universidad por problemas “raros”. Nadie sabía con certeza, y quizá por eso las miradas lo seguían como un imán. Yo trataba de concentrarme en mis apuntes, pero cada vez que levantaba la vista, lo veía. Siempre sentado al fondo, siempre callado, siempre con esa expresión indescifrable en el rostro. Y aunque no me miraba directamente, tenía la sensación de que lo hacía. Como si sus ojos me persiguieran incluso cuando me escondía detrás de mi cuaderno. La primera vez que nuestras miradas se cruzaron, sentí que el aire se me quedaba atorado en los pulmones. No duró más de un segundo, pero fue suficiente. Mi corazón latió con tanta fuerza que temí que el salón entero pudiera escucharlo. —Valeria, ¿estás bien? —me susurró Clara, mi mejor amiga, que estaba sentada a mi lado. —Sí… claro —mentí, bajando la vista. Clara sonrió con malicia y me dio un codazo. —No me engañas. Estás viendo al chico nuevo. Negué con la cabeza, aunque el calor en mis mejillas me delató. —Es solo… curioso. Nada más. Lo que no le dije era que su mirada me había provocado algo extraño, una mezcla de miedo y atracción que no sabía cómo procesar. Al salir de clase, el pasillo estaba lleno de murmullos. El chico nuevo se movía con elegancia, como si flotara más que caminar. Nadie se atrevía a acercarse demasiado, y sin embargo, todos lo observaban. Era como un depredador silencioso que sabía muy bien el efecto que causaba. De pronto, ocurrió. Al girar en la esquina, choqué contra algo duro, como una pared. Solo que no era una pared. Era él. Mi mochila cayó al suelo, los libros se desparramaron por el pasillo y mi corazón dio un salto tan violento que por poco me desmayo. —Lo siento —murmuré de inmediato, agachándome a recoger mis cosas. Él no dijo nada. Solo se inclinó, recogió mi cuaderno y me lo tendió con una calma perturbadora. Cuando lo hice, nuestros dedos se rozaron. Su piel estaba helada. No fría como la de alguien que viene del exterior… helada como el mármol. Levanté la vista y entonces nuestros ojos se encontraron de nuevo. Esta vez no fue un instante fugaz. Esta vez fue como caer en un abismo sin fondo. Había algo en su mirada que me desnudaba, que veía más allá de mis palabras, de mis pensamientos… como si pudiera leer mi alma. —Gracias… —susurré, con un hilo de voz. Él ladeó apenas una sonrisa. Era una sonrisa oscura, peligrosa, pero extrañamente seductora. —Deberías tener más cuidado, Valeria. Mi sangre se heló. ¿Cómo sabía mi nombre? Mi corazón latía tan fuerte que sentía que me iba a explotar dentro del pecho. Él seguía mirándome, como si disfrutara de mi desconcierto. Su voz era profunda, grave, con un acento apenas perceptible, como si no perteneciera del todo a este lugar. —¿Cómo… cómo sabes mi nombre? —pregunté, obligándome a sonar firme aunque mi voz temblaba. Él no respondió de inmediato. Al contrario, inclinó apenas la cabeza, como un depredador que observa con calma a su presa. Entonces, con una sonrisa apenas perceptible, dijo: —Los nombres siempre encuentran la forma de llegar a mí. Era una respuesta tan extraña, tan fuera de lugar, que me quedé en silencio. Él aprovechó para entregarme el último de mis libros, se enderezó y, sin decir nada más, se alejó caminando con esa elegancia casi antinatural que tenía. Me quedé paralizada, con los dedos aún aferrados a mi cuaderno como si fuera un salvavidas. Clara apareció enseguida, con los ojos brillando de curiosidad. —¡Valeria! ¿Qué pasó? ¿Te habló? ¿Qué te dijo? —Nada… nada importante —mentí, intentando sonar casual, aunque mi respiración entrecortada me delataba. Clara entrecerró los ojos, desconfiada. —No me mientas, lo conozco todo en tu cara. Ese tipo te pone nerviosa. No respondí. Tenía razón. Pero lo que yo sentía no era simple nerviosismo. Era algo más profundo, una atracción peligrosa, como si supiera que debía alejarme y, aun así, mis pies quisieran seguirlo. Esa tarde, cuando volví a casa, no podía sacarlo de mi cabeza. El eco de su voz, esa sonrisa oscura, la forma en que había dicho mi nombre… como si lo hubiera sabido desde siempre. Me tumbé en la cama, pero el sueño me fue imposible.

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