El amanecer trajo consigo una calma extraña, casi irreal. Las montañas que rodeaban el pueblo parecían abrazarlo con una serenidad que contrastaba con las tensiones internas que tanto Lucía como Gabriel intentaban resolver. Después de su conversación de la noche anterior, ambos habían decidido tomarse un día para respirar, para encontrarse lejos del ruido de los recuerdos y las palabras que aún no se habían dicho. Lucía despertó temprano y se dirigió al mirador del pueblo. El sol se alzaba tímidamente, pintando el cielo de tonalidades rosadas y anaranjadas. Allí, entre el susurro de las hojas y el canto de los pájaros, se permitió un momento de introspección. Había sido un largo camino hasta ese punto, un trayecto lleno de dolor, pero también de pequeñas victorias. Mientras contemplaba e

