Ella es mía

875 Palabras
Dara caminó detrás de Leonardo, quien se dirigió a la cocina. Leonardo suspiro antes de volver a mirar a los ojos a Dara. —Padre, creo que hace unos minutos solo fue mi error, pero le juro que nunca va a volver a pasar —dijo Dara mientras movía sus manos de lado a lado. —En cuanto a eso, es un grave error, uno que no se va a volver a repetir. Y te pido disculpas, yo no soy así, solo me dejé llevar. Solo te pido que no abandones a mi madre por esto que acaba de pasar. Dara mordió su labio inferior, aún no podía sacarse esa imagen de sus cabeza, Leonardo devorando sus labios por completo, le excitaba más de lo que se imaginaba, e iba ser imposible controlarse, con un hombre como Leonardo. Leonardo la miró a los ojos, movió su cabeza, y prefirió irse a su habitación, mientras Dara solo miraba fijamente con atención cada paso que él daba. En la habitación Benjamín se le había acabado la paciencia, estaba seguro que Dara solo le estaba dando largas para no volver a la habitación con él. Benjamín salió de la habitación y fue en busca de ella, pero en su defecto se encontró a Leonardo, quien abrió sus ojos de par en par al ver a su hermano con sangre en la cabeza. —¡Benjamín!, ¿Qué te sucedió? —exclamó Leonardo, mientras corría hacia su hermano, era obvio que le había sucedido algo fuerte en la cabeza. —No fue nada Leo, solo me caí y me golpeé, solo fue eso —dijo. Leonardo caminó en busca de botiquín, y vio que Dara los miraba desde lejos. Sonrió, y siguió en lo suyo con su hermano, los dos hablaron hasta altas horas de la mañana. Oliver le marcó muy temprano a Benjamín, pues ya había acordado la cita con el italiano, el mismo dueño del club donde Dara entregaba amor todas las noches. Benjamín no lo pensó ni un segundo, este era el momento para tener el poder absoluto de Dará, y no lo dudaría ni un segundo. Benjamín se puso su traje de tres piezas, y salió para el club. En el club el italiano caminaba de lado a lado, cada vez le despertaba la curiosidad de saber quién era el hombre que estaba interesado en la mujer que él más amaba. —¡Señor! El hombre que lo busca acaba de llegar —dijo una de las mujeres del club. —Dile que pase —respondió el italiano, mientras acomodaba su corbata, se sentó detrás de su escritorio y espero atentamente a su enemigo, o en su defecto, a su aliado. —Buenas noches —dijo Benjamín entrando como todo un rey, así se sentía, y no iba dejar de hacerlo. —Buenas noches, señor Taylor. Me causó curiosidad saber que su empleado vino averiguando por mi gran tesoro —dijo el italiano, mientras encendía un puro y lo llevaba a su boca. —En efecto, Oliver vino averiguar por Dara, pero debo aclararte que ella no es su tesoro, como lo acaba de decir. Ella me pertenece, había escapado de mis manos, pero debo decir que tengo muy buena suerte, que ella misma volvió a mí, por sí sola —dijo mirando fijamente al italiano, quien estaba apunto de echar chispas por boca y nariz. Dara, era suya, y no iba a permitir que nadie se la quitará. —¡De qué demonios habla!, le advierto que no voy a permitir que se lleve a mi tesoro de mis manos —exclamó el italiano mientras se colocaba de pie. En el rostro de Benjamín se dibujó una sonrisa, pero tampoco se dejaría intimidar, y menos por un don nadie. —Usted no tiene que advertirme absolutamente nada. Yo solo he venido a proponerle un trato, claro está un trato justo para los dos —dijo Benjamín. Los ojos del italiano se abrieron como platos, mientras jugaba con el tabaco en sus manos. —¿Y cuál es el trato justo, que según usted, nos puede beneficiar a los dos —exclamó el italiano. —Quiero que Dara siga bailando todas las noches en este club, ah, no quiero condescendencias con ella, la quiero aquí todas las noches —dijo Benjamín. Vaya, ahora el italiano estaba más confundido que nunca, él había llegado un acuerdo con Dara y seria que ella solo bailaría una vez por semana, el más que nada sabía que sería difícil tratar con ella, que aunque la tenía bajo su poder, sabía más que nada en el mundo que si la presionaba ella dejaría de bailar para el. —Por mi en este momento aceptó su propuesta, solo hay un pequeño inconveniente y es Dara, mi muñequita de porcelana —dijo el italiano. Benjamín dobló sus nudillos, aunque se negara admitirlo sentía celos, celos de ver que otro hombre la reclamara como suya. —En cuanto a Dara yo arreglo absolutamente todo, es más la traeré hoy mismo, ah, solo una cosa, ¡No quiero que la vuelva a llamar muñequita. Benjamín salió de ahí, no sin antena estrechar la mano del italiano, ahora Dara estaría de nuevo bajo su poder.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR