Martina Necesitaba descansar, pero no era capaz de hacerlo, ese hombre se estaba metiendo en mis neuronas y no podía evitarlo, no era capaz de aparcarlo en un lugar oscuro de mi cerebro y aceptar que solo era sexo, del bueno, pero solo sexo. Me quedé en el sofá, no fui capaz de mover mi cuerpo a la cama, además aún sentía su esencia, ese olor particular que me perseguía desde esa primera noche que tuvimos sexo en el club. No era ninguna virgen ultrajada, era una mujer de veintiséis años que había tenido un sin número de fracasos amorosos, los cuales habían terminado porque la persona en cuestión no entendía mi trabajo, no entendía mis largas ausencias, tampoco entendían mi silencio. Los que nos dedicamos a esta profesión tenemos que saber cuándo hablar y cuando callar, tanto es así que n

