PROLOGO

1274 Palabras
DARKO Ladeo la cabeza y contemplo al imbécil que yace clavado en la cruz de madera, enorme y pesada, hecha para quebrar hombres y doblar orgullos. Mi santuario. Mi lugar sagrado. Donde convierto cada pecado en un rezo blasfemo, donde cada alarido se vuelve una plegaria dirigida a mí. "¿Podemos matarlo ya?" La voz de la Bestia retumba dentro de mi cráneo, ronca, desesperada, con la saliva de la ansiedad chorreándole de las fauces. Siempre sedienta. Siempre impaciente. —No —respondo en un murmullo bajo, casi íntimo, como si pudiera calmarla. "¿Por qué te demoras tanto? Quiero ir a ver" Ignoro eso ultimo. Exhalo un suspiro áspero y desvío la mirada. Yo también quiero verla. La carne me arde de deseo y de necesidad. Pero debo contenerme. No puedo arriesgarme a que su padre descubra que ya sé dónde la esconde y la arranque otra vez de mi alcance. No soportaría perderla de nuevo. Hace tres años estuve a punto... y si no fuera por Travix, el tío de Kali, quizá nunca hubiera sabido su ubicación. Esa es la única razón por la que me mantengo contenido. En las sombras. Observando. Esperando. Camino hacia el bastardo clavado en la cruz. Su cuerpo tiembla, los brazos abiertos, la carne desgarrada alrededor de los clavos que lo sujetan a los maderos. Patalea, se arquea, pero nada lo libera. Lo observo como quien examina un trozo de carne que ya no tiene remedio. Este desgraciado pensó que podía robarle al Consejo, y para colmo, vendió la ubicación de Vladislau hace unos meses. Un Judas con precio demasiado barato. —Dichoso el que tome a tus niños y los estrelle contra las rocas —recito el Salmo 137:9 con voz grave, cada sílaba impregnada de burla venenosa. El eco de sus gritos llena el lugar. Mi santuario vibra con ellos. La sala está iluminada por una tenue luz roja, como un infierno en penumbras. Alrededor, íconos religiosos profanados me observan: vírgenes con los ojos vendados en sangre seca, crucifijos invertidos, velas negras ardiendo con un olor a cera quemada y hierro oxidado. Es un templo construido para la blasfemia. Para mí. "Esto es emocionante" Ronronea la Bestia, excitada. Quisiera poder matarlo como a todos aquellos que han perecido en mis manos. "Imagínala aquí, arrodillada, recitando versículos... con la boca llena de nuestro nombre entre gemidos." Aprieto los dientes. Lo ignoro. Porque sé que, si lo dejo salir, si cedo a su voz, no hay vuelta atrás: entro en un estado psicótico donde ni siquiera yo me reconozco. —¡Lo siento! —chilla el traidor, con lágrimas embarrándole el rostro. Lo ignoro a él también. Sus súplicas no son nada. No tienen peso. No tienen valor. La misericordia es un lujo que nunca existió para los hombres como él. Tomo una cruz pequeña de metal que reposa en mi mesa profanada. Deslizo el pulgar sobre un botón oculto en la parte superior. Con un chasquido seco, una daga emerge de la base, brillante, lista para abrir carne como si también quisiera rezar conmigo. "¡Ahora sí, vamos a jugar!" Ruge la Bestia, eufórica, estremeciéndome el pecho con su voz extasiada. Y sonrío. Porque tiene razón. Ha llegado el momento de santificarlo. De escribir con sangre la única escritura que realmente importa: la mía. Clavo la mirada en él. El sudor le resbala por el rostro, mezclándose con las lágrimas y la sangre que ya se acumula alrededor de los clavos. El olor metálico impregna el aire, espeso, intoxicante. Levanto la cruz metálica, esa pequeña reliquia profanada que para mí es más santa que cualquier rosario, y la hoja brilla bajo la luz roja de mi santuario. —El Señor es mi pastor... nada me faltará —recito el Salmo 23, dejando que cada palabra suene como una condena, no como consuelo. La daga desciende y se hunde en su abdomen con un sonido húmedo, desgarrador. Un chorro caliente me salpica el rostro, tiñendo mi piel de rojo. Sus alaridos llenan la sala como un coro desquiciado. "¡Más!" Ruge la Bestia en mi cabeza, excitada, vibrando con cada gota que cae al suelo. "¡Desgárralo como si fuera un cordero sacrificado en nuestro altar!" Mis labios se curvan en una sonrisa torcida. La hoja se retira lentamente, arrancando un gemido ahogado de su garganta, y vuelvo a hundirla en diagonal, desgarrando piel, músculo y fe al mismo tiempo. Su cuerpo se estremece, los músculos tensos como cuerdas a punto de romperse. La sangre cae en ríos, tiñendo el madero, corriendo por sus piernas, empapando el suelo. —Este es mi cuerpo, que por vosotros es entregado —murmuro, citando las palabras de la Eucaristía mientras giro la daga dentro de él. El hombre grita, implora, sus ojos abiertos de par en par, brillando con un terror animal. No me detengo. Cada estocada es una oración. Cada grito, un amén. "¡No lo escuches! ¡Hazlo callar! ¡Hazlo cantar con la garganta abierta!" La voz de la Bestia se vuelve ensordecedora, una ovación salvaje dentro de mí. Y me dejo llevar. Mi mano sube y la hoja se clava ahora en su pecho, justo entre las costillas. La presión del corte abre un camino de sangre que brota en ráfagas, tibia, viva. Su voz se quiebra en un chillido desgarrado que se apaga en jadeos roncos. Sigo. No me detengo. Cada estocada es una oración. Cada grito, un amén. La daga danza en mi mano con precisión sacrílega: el vientre, los muslos, el hombro izquierdo. Cortes limpios, profundos, que convierten su cuerpo en un libro abierto escrito con sangre. —Yo soy el camino, la verdad y la vida... —canto entre dientes, manchado, con la respiración agitada. El hombre convulsiona. Sus ojos se abren en un terror animal, hasta que los últimos espasmos apagan el brillo en ellos. Cuando clavo la daga en su cuello, el chorro que brota es un manantial bendito que me empapa entero. "¡MÁS, MÁS, MÁS!" Ruge la Bestia, delirante, ahogando cada pensamiento que no sea la sangre, el sacrificio, el ritual. Lo escucho. Lo obedezco. Arranco la daga y la incrusto en su cuello. La piel cede con un chasquido húmedo y el chorro que brota es un manantial rojo, una cascada bendita. Me empapo, dejo que me cubra, que me consagre. El aire vibra con sus últimos estertores. Sus ojos, antes abiertos de terror, ahora se apagan, fijos en el vacío. La cruz queda bañada en rojo, un altar perfecto. La Bestia ríe dentro de mí, un rugido satisfecho. Yo cierro los ojos y respiro profundo. El olor de la sangre abierta llena mis pulmones como incienso en un altar profano. —Santificado sea tu nombre —susurro, con la voz ronca y una sonrisa manchada de sangre en los labios. El cuerpo cuelga inerte. Yo me siento vivo. Este es mi ritual. Mi misa negra. Mientras la sangre gotea sin prisa al suelo, pienso en ella. En mi pequeña Koala. En cómo un día será ella quien rece aquí dentro... pero no a Dios. Sino a mí. Y en medio del silencio ensangrentado... la escucho. Su voz. Suavemente, como un eco lejano. Arisha. Rezando. "Padre nuestro que estás en el cielo..." Las palabras me perforan, se clavan en mis sienes como cuchillas. Un rezo puro. Un rezo que quiero ensuciar. La Bestia gruñe, excitada. Yo sonrío, con los labios manchados de rojo, porque sé que tarde o temprano sus oraciones también serán para mí. Y cuando se arrodille en este santuario...Ya no rezará a Dios. Me rezará a mí.
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