CAPITULO 1

2138 Palabras
ARISHA No dejo de pensar en aquel hermoso ojo color gris avellana. En su voz ronca cuando me llama por el apodo que me ha dicho desde que tengo memoria. Llevo varias noches sin dormir y, al parecer, esta noche será una más. Tengo las manos bajo las sábanas, los muslos apretados, susurrando varias avemarías, hasta que las palabras comienzan a perder sentido. Imagino a Darko aquí conmigo. Abro mis muslos mis dedos temblorosos se enroscan en las cuentas del rosario como si fuera lo único que me ata a la salvación. Pero seamos realistas, la salvación es en lo ultimo que pienso. Alguna vez pensé que mi vida estaba destinada a pertenecerle a Dios. Eso es lo que siempre se me ha inculcado. Desde que soy pequeña mi padre ha sido fiel devoto de la religión. Tanto que decidió servir en todos los orfanatos que la iglesia manejaba cada ciudad donde llegábamos. Mi madre murió cuando me dio a luz y siempre hemos sido mi padre y yo. Conocí a Darko en un convento que se encargaba de cuidar a niños que no tenían hogar o que eran problemáticos. Nunca me habló de quién era su padre ni de cómo llegó a aquel convento, pero siempre cuidó de mí. Hasta que, de pronto, siendo un adolescente de dieciséis años, desapareció. Yo apenas tenía siete, pero sentí una pérdida profunda cuando se fue. Doy un suspiro cuando siento mis muslos húmedos de anticipación, mis bragas empapadas se aferran a mi coño desesperado y palpitante. Murmuro un avemaría en voz baja, pero mi voz tiembla, se rompe como un cristal roto; cada sílaba rezuma una necesidad pecaminosa. Si mi padre viera lo que estoy haciendo, me castigaría. Siempre me grita que mi cuerpo es un templo sagrado, una iglesia que jamás debe ser profanada. Le he creído siempre; esas palabras han sido como un muro alrededor mío, un dogma que me enseñaron a repetir hasta aprender a vivir dentro de él. Nunca puse en duda lo que me inculcaron. Y, sin embargo, hay una voz suave dentro de mí que grita otra cosa: que no es verdad. Que mi cuerpo no le pertenece a Dios. Esa voz, cálida y peligrosa, me susurra al oído y me incita a pecar. Nunca me había dejado llevar por ella... hasta hoy. Siento la oscuridad llamándome, una mano fría rozando mi nuca, tirando de mí hacia abajo. Me tienta, me ofrece un alivio que es también una condena, y por primera vez quiero seguirla. Quiero saber qué tanto guarda esa sombra; quiero saber cuánta fuerza tiene para empujarme a romper mis votos, para arrancarme de mi propia fe y dejarme caer en lo que viene después. Deslizo una cuenta entre mis labios, rozando con mi lengua, imaginando que es la polla de Darko, gruesa e implacable, la que llena mi boca. Mi otra mano se desliza dentro de mis bragas, mis dedos se sumergen en mi humedad con un jadeo que es más que un gemido o una plegaria. Quiero detenerme y a la vez seguir. Comienzo a entrar en batalla por lo que debo y quiero hacer. Aprieto con fuerza la cuenta que está en mi boca. —Bendita seas entre todas las mujeres —susurro, con la voz temblorosa mientras rodeo mi clítoris. La sensación eléctrica hace que mi espalda se arque. Las cuentas del rosario tintinean, una sinfonía pecaminosa mientras profano mi cuerpo más profundo, más fuerte, mis caderas se sacuden contra mi mano como si estuviera poseída. —Santa María, Madre de Dios —gimo, con los muslos temblorosos, la respiración entrecortada y desesperada. Estoy tan cerca, tan cerca, mi cuerpo se tensa como un resorte, a punto de romperse. Retuerzo dos dedos en mi interior, apretándolos contra ese punto dulce e hinchado que me hace ver estrellas. —Ruega por nosotros pecadores — jadeo, con la voz entrecortada mientras el orgasmo me recorre como una maldita tormenta, cruda e implacable. Arqueo la espalda, se me encogen los dedos de los pies, y muerdo las cuentas del rosario para ahogar un grito, un grito que es a partes iguales éxtasis y blasfemia. Pero, oh, maldita sea, aún no he terminado. Estoy al borde de otro clímax, mis dedos todavía acariciando mi coño goteante, mi otra mano agarrando el crucifijo como si fuera lo único que me impidiera caer en el abismo de mi propia depravación. —Ahora y en la hora de nuestra muerte — gimoteo, mi cuerpo convulsionando mientras otra ola me azota, dejándome temblorosa, agotada y completamente destrozada. Cuando mi cuerpo termina de sacudirse, siento como la culpa me golpea. El corazón me late con fuerza dentro del pecho. La respiración aun sigue agitada. Las manos me tiemblan. —¿Qué hecho? —murmuro con la voz quebrada. Los ojos se me llenan de lagrimas. Nunca me había tocado. Nunca había permitido que mis deseos más oscuros se apoderaran de mí. Siempre he podido mantenerlos a raya. Trago el nudo que se me forma en la garganta. Como puedo me obligo a levantarme de la cama. Mi habitación está iluminada solo por una pequeña llama que proviene de la vela que está encendida. Mis piernas me tiemblan, pero camino hacia el pequeño altar que está en un rincón. Tomo el látigo con el que debo expiar mis pecados. El cuero descansa en mi mano como un sacramento prohibido. El látigo no es solo un instrumento de penitencia; en mis dedos late como si tuviera vida propia, como si fuera la prueba de que Dios me observa desde arriba, esperando que me arranque a latigazos cada rastro del pecado que acaba de nacer en mí. Me arrodillo más firme frente al altar. La vela parpadea y la llama arroja sombras que se alargan por las paredes, como ángeles caídos estirando sus alas. Acaricio el crucifijo con la yema de los dedos antes de cerrar los ojos. —Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa —susurro, y el rezo me tiembla en la garganta como un orgasmo que no se apaga. Levanto el brazo. El primer golpe me parte la piel de la espalda en un ardor feroz. Mis labios se entreabren, pero no por dolor... sino por el estremecimiento delicioso que recorre mi cuerpo. El látigo vuelve a caer, silbando en el aire, y esta vez no puedo contener un gemido. Suena como un lamento, pero sé que es un sonido cargado de hambre. Cada azote deja una marca ardiente, roja, que se convierte en la firma de mi penitencia. —Ave María, llena eres de gracia... —gimo, y mi voz se quiebra en cada sílaba. El rezo se enreda con mis jadeos, una oración deformada que nadie reconocería. La culpa me pesa como plomo en el pecho, pero debajo de ella late otra cosa, algo más profundo: un placer oscuro, un gozo retorcido que me enciende por dentro. El dolor se convierte en caricia, en fuego, en una absolución que no me limpia sino que me contamina más. Siento las lágrimas corriendo por mi rostro, cayendo sobre el suelo frío, mientras el látigo golpea de nuevo. Cada chasquido resuena en la habitación como si fueran campanas sagradas, anunciando mi propia profanación. —Santa María, Madre de Dios... —jadeo, mordiendo el borde de mi labio hasta sangrar, y el sabor metálico me llena la boca como un vino sacrílego. Me detengo solo un instante. Mi pecho sube y baja, el sudor me corre por la piel marcada. Sé que debería sentirme purificada, pero no. Cuanto más me castigo, más me hundo en este deseo enfermizo, más quiero seguir. Vuelvo a levantar el látigo. Cierro los ojos y me dejo golpear por la certeza de que Dios me mira, y que Darko, en algún lugar del mundo, también me pertenece. —Ahora y en la hora de nuestra muerte... —susurro con la voz rota, y dejo caer otro azote, uno que me arranca un grito ahogado, un gemido que es tanto oración como condena. Me abrazo al crucifijo, jadeante, arrodillada, temblando. La vela se consume lentamente, y yo también me consumo con ella, hecha un sacrificio vivo, ofrecida a un Dios que nunca me salvará y a un demonio que ya es mío. *** Siseo cuando el algodón empapado en antiséptico roza las heridas de mi espalda. El escozor se mezcla con el alivio del castigo cumplido. Murmuro una plegaria pidiendo perdón por haber cedido a la tentación, por haber permitido que el pensamiento y la carne se impusieran al espíritu. Nunca debí tocarme pensando en Darko. Nunca debí profanar mi cuerpo con su recuerdo. Pero por más que repita esas palabras, algo dentro de mí se resiste. Siempre supe que no soy tan inmaculada como mi padre quiso convencerme. Hay una parte de mí, pequeña y oscura, que se despierta cada vez que pienso en él. Abro el cajón de la mesita y saco un libro de oraciones. Entre las páginas desgastadas me espera una rosa seca de un color burdeos casi n***o. Sus pétalos, manchados y frágiles, conservan un aroma leve, dulzón, que se mezcla con el papel viejo. Los pétalos de la rosa estaban algo sucios cuando la encontré aquella mañana. Al lado de la nota con una letra prolija que hasta me dio algo de envidia por lo hermosa que era había una nota: Nota: "Tu voto y tu pureza son frágiles, Koala. La carne y el mundo son polvo. Yo soy el juicio que te recuerda que la institución donde te refugias está igualmente sucia" Darko hace mucho dejó de creer en Dios. No sé qué quiso decirme con esas palabras, pero cuando volvió a encontrarme y supo que había tomado mis votos, me miró con reproche... y con algo más, algo oscuro que no supe nombrar. Nos conocimos en un convento de Serbia. Parte de mi niñez se apoyó en él, como si fuera la única tabla que podía mantenerme a flote. Nunca permitió que los otros niños me molestaran. Era el más rebelde del orfanato, que había en el convento, la espina en el costado de cada sacerdote, y quizá por eso me atraía tanto su presencia. Suspiro, acaricio la rosa como si fuera algo frágil y cierro el libro. Lo guardo como si fuera un tesoro. Cierro la gaveta y tomo el rosario. Repito unas cuantas oraciones más y me coloco el hábito. Los pasillos del convento St. Giles me reciben en silencio, camino rumbo al salón de clases. Mi padre nos trasladó a Londres hace unos años. No sé los motivos por los cuales varios de los sacerdotes y arzobispos también fueron trasladados. Mi padre una noche simplemente llegó y me dijo: —Nos han trasladado al Convento de San Egidio, en Londres. No quería moverme del Convento donde nos encontrábamos por si alguna vez Darko decidía regresar, pero no podía tampoco contradecir la palabra de mi padre. Por lo que solo me mordí el labio y asentí con la cabeza. Antes de partir del Convento Ljubistunja (Lugar de amor) habíamos estado moviéndonos de convento en convento. Mi padre buscaba todas las maneras de alejarlos de aquel lugar, pero después de un tiempo no le quedó más que regresar y me emocioné, porque siempre tenia la esperanza de él volvería, pero nunca lo hizo. Hasta ahora. A mi padre no le entusiasmó el traslado, aunque, como buen devoto, no se opuso. Camino entre los pasillos saludando a las hermanas con una sonrisa. El aire huele a pino y a rocío; Londres amanece gris y húmedo, pero dentro del convento reina una calma que me reconforta. Soy maestra en este convento que alberga a niños sin hogar o abandonados por sus padres. No puedo evitar la punzada de dolor que me atraviesa al recordar la condición en la que muchos de ellos llegan: descalzos, hambrientos, con la mirada vacía de quien ha visto demasiado. Aquí encuentran un plato de comida, un techo, un poco de calor. Admiro profundamente al capellán Clark es el director del convento; un hombre bondadoso, entregado a la fe y al bienestar de los niños. Su voz al rezar tiene una serenidad que me gustaría imitar. Inhalo el aire húmedo del amanecer; mis pulmones se llenan del olor a pino, pasto y rocío. Entro al salón de clases y las enormes sonrisas me reciben. —Buenos días, niños —saludo con ternura. —¡Buenos días, hermana Zaharie! —responden al unísono, pronunciando mi apellido con un entusiasmo que me desarma. Al verlos, mi corazón se llena de paz y tranquilidad. Esa paz que siempre busco y que solo ellos parecen darme. Me recuerdan la razón por la que entregué mi vida al servicio de Dios... o, al menos, eso me repito para convencerme de que todavía me pertenece.
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