CAPITULO 2

2597 Palabras
DARKO "Tienes que matar a los niños." Susurra la voz en mi cabeza. La dejo deslizarse por el borde de mi conciencia y la ignoro, como siempre lo hago. "Los niños son un estorbo." Insiste, áspera, hambrienta. También la aparto. Mis ojos, sin embargo, siguen posados en la niña de cabello castaño y ojos verdes que me regala una sonrisa que podría desarmar a cualquier soldado. —¿Te gusta el té que te he dado, tío Darko? —pregunta Tiana, con la ingenuidad perfecta de sus casi cinco años. Me encuentro en la casa de Mattia, me llamó hace unas horas para discutir algunos problemas que se han presentado con el Consejo después de que atrapamos al padrino y Artemisa la mujer de Vladislau e hija del Padrino acabara con su vida. —Está exquisito —respondo con reverencia, y mi voz suena más suave de lo que siento. Iba camino a mi apartamento cuando me crucé con Tiana, con Agustín —el hijo de Kali— y con Derek, el mellizo de la niña. Tiana me rogó que jugara a la fiesta de té y aquí estoy, sentado en una silla que me queda ridícula, con una diminuta taza que solo contiene agua tibia. ¿Me veo ridículo? Claramente ¿podía negarme? Lo dudo, Tiana tiene el don de desarmarte con tan solo una sonrisa. Mis ojos se cruzan con los de Agustín y una corriente me atraviesa. Ese niño no aparta la mirada. Es inquietante hasta lo íntimo lo que la mirada de un crío de casi cinco años puede provocarte. Sus ojos, de un dorado igual al de Agust, brillan con una veta oscura que no cesa de observar. A pesar de la corta edad, su presencia logra poner a temblar a cualquiera que sepa leer el mundo más allá de la piel. El niño te observa como si tuviera la capacidad de meterse en tu cabeza y escarbar tus más oscuros secretos. Recuerdo una frase de un libro viejo que siempre me quedó tatuada: "Quienes hacen gala de su inocencia suelen ser los menos inocentes." Se quedó pegada a mi pensamiento como una advertencia. No todo lo que refulge de inocencia lo es, y no todo lo que parece maldad quiere destruir. Arqueo una ceja ante su estudio implacable. "Debes matarlo, no me gusta que nos mire tanto." La voz regresa, insistente. Solo lo dejo salir en ciertas ocasiones para que calme su sed de sangre, pero la mayor parte del tiempo lo mantengo en la penumbra. —¿Quieres un pedazo de pastel, tío Darko? —me pregunta Tiana con su suave voz. —Me encantaría, princesa Tiana —respondo y la miro con afecto medido. Agustín me fulmina con la mirada y yo le sonrío. El niño es bastante posesivo con Tiana, no le gusta que mucha gente esté cerca de ella. Tiana me ofrece una rodaja de pastel de plástico y finjo tomar un bocado, soplando el aire como si el gesto fuera gastronómico. Debo verme ridículo sentado en una diminuta silla rosa, jugando a la fiesta de té con una niña de cinco años y un niño que solo le falta poco tomar el tenedor de plástico e incrustármelo en el único ojo que me sirve. Observo como Agustín se inclina en la mesa. Sus antebrazos reposan en la superficie de pastico. Él está cerca de cruzar la línea entre el juego y algo más real: tiene la concentración de un adulto, la templanza de un predador en cuerpo pequeño. —¿Siempre la reprimes? —pregunta Agustín, con ese tono oscuro que le es propio. Frunzo el ceño. "El niño sabe de nosotros." La voz en mi cabeza no se apiada. —¿Qué? —mantengo la calma exterior, porque perder la compostura por las palabras de un niño sería regalarle la victoria a mi Bestia. Una sonrisa pequeña, casi inocente, se curva en sus labios. Pero no hay luz en ella. Es una mueca contenida, calculada, de esas que no pertenecen a un niño, sino a algo que lo habita desde dentro. La mayoría piensa que no existe nada más puro que la sonrisa de un niño, pero están equivocados. Esa sonrisa no es pureza... es un presagio. Hay algo en su expresión que hiela la sangre, un brillo antiguo en sus ojos dorados que no debería existir en alguien tan pequeño. Es como mirar a Lucifer antes de la caída, cuando todavía conservaba su belleza celestial, justo antes de volverse lo que realmente era: una criatura hecha de orgullo y fuego. Ver sonreír a ese niño es como contemplar el rostro de la inocencia vestida de maldad. Su cabello rojizo cae en la frente y su ropa —pantalones negros, polo oscuro— acentúa la palidez de su piel, como una porcelana recién tallada a la luz del cuarto de juegos. —La voz en tu cabeza —dice— ¿siempre la reprimes? Sus palabras me tensan. Nadie debería saber que la molesta voz me habita, que cuando me pierdo en mis propios abismos es ella quien intenta tomar el timón. Es esa maldita insistencia la que muchas veces me exige ofrendas: sangre y rituales que me recuerdan la lección que aprendí de niño. Agustín hace un chasquido con la lengua. —Debe ser agotador tener que reprimir tus impulsos todo el tiempo. "El niño lo sabe. Sabe de nosotros, es mejor que lo mates." Respiro profundo. Reúno todas las piezas de voluntad que me quedan y las apilo como una coraza: joder, no voy a perder los papeles por las palabras de un mocoso. —Tienes mucha imaginación —le digo, con voz tranquila, con esa tranquilidad que miente más que cualquier confesión. Tiana sigue entretenida sirviendo más "té" mientras Derek está a unos pasos, clavado en la tableta que tiene entre las manos. El niño es una maldita réplica de su padre, Mattia: habla poco y mira al mundo con la expresión de quien preferiría pasarse un rayador por la palma antes que socializar. Su rostro es un mapa de distancia y desdén. —¿Seguro? —insiste Agustín. Comienzo a sentir el rumor de la sangre bajo la piel. Joder, no puede ser que un crío me descoloque así. Agustín se inclina hacia Tiana, sin apartar los ojos de los míos, y le susurra algo. Ella asiente con la inocencia confiada de quien cree en los susurros de los mayores. No me da tiempo a reaccionar cuando el pequeño toma unas tijeras de la mesa de plástico y, en un movimiento enloquecedor de rapidez, hace una pequeña cortada en la mano de Tiana. Ella deja escapar un gritito que corta el aire en dos. Y yo empiezo a ver rojo. No. No. No. Maldito crío. "Está herida." "Ella... está herida." "Mátalo... debes matarlo. La ha herido." La voz en mi interior sube de tono, se enrosca alrededor de mis costillas como una soga. Mis pensamientos se vuelven un torbellino y mi vista se afina en la figura infantil que aún sostiene la mano menuda de Tiana. La herida es mínima; una línea, apenas sangre, pero la grieta que abre dentro de mí es enorme. La sed que arrastra mi pecho se despierta y aprieta como una mano. Tiana deja caer unas pocas lágrimas y Agustín no la suelta. Sus dedos pequeños aprietan la mano de la niña con una seguridad demasiado adulta. —Dime ¿Qué se siente no poder salir cuando lo deseas? —pregunta Agustín en un tono que me hiela. Trago con fuerza. El corazón me late desbocadamente dentro del pecho. "Déjame matarlo" Todo tiembla. La niebla roja salta otra vez a la superficie y siento cómo pierdo la bóveda de la razón. La voz reclama, intenta hacerse dueño de mis actos. —Está sangrando —gruño. No reconozco el filo de mi propia voz; suena casi bestial— ella... está herida. Un dolor punzante atraviesa mi pecho como si alguien clavara agujas por dentro y las removiera. La cabeza me da vueltas; la habitación se vuelve un teatro de humo y latidos. La niebla carmesí se hace densa, la respiración me falta. Y, en ese instante en que todo amenaza con romperse. Entonces, en el borde mismo del abismo, una voz distinta corta la corriente. —Darko ¿Quieres ir a ver las estrellas? Esa voz. La conozco mejor que a mi propio pulso. Arisha. Mi Koala. Mi corazón se quiebra al oírla, y la bestia enmudece un segundo, desconcertada por la humedad de esa voz. Parpadeo. Intentando retomar el control y no dejar salir a la bestia que habita en mí. —¿Vendrás conmigo? —no reconozco mi manera de preguntar; suena hueca y al mismo tiempo pequeña, como si fuese un niño pidiendo permiso. —Siempre —susurra ella, y la palabra cae en mi pecho como un bálsamo extraño. La niebla en mi mente se despeja lo suficiente como para que vea con claridad otra vez. Cuando logro retomar el control mi ojo se encuentra con unos dorados. Agustín ya ha colocado una pequeña bandita en la herida de Tiana quien ahora está en los brazos de su hermano que me mira como si hubiera perdido la cabeza. —¿Lo descubriste? —irrumpe una voz más profunda en la sala de juegos. Frunzo el ceño y encuentro otros ojos dorados que me observan con esa mezcla de diversión y cálculo. —Te dije que lo averiguaría —responde Agustín a su abuelo, Agust. —Excelente trabajo —dice él. Hijo de puta. "El maldito nos engañó, mátalo" La Bestia aúlla por debajo de mi piel, pero la dejo en silencio. No siempre gana. Agustín camina hacia su abuelo con paso ceremonioso, y le hace un gesto a Tiana para que lo acompañe. La niña se suelta de los brazos protectores de Derek y se acerca, obediente. El pequeño se inclina y le susurra algo que la hace sonreír de nuevo, esa sonrisa que tiene el color de la traición más dulce. Tiana se gira y me mira antes de irse con Agustín. —Gracias por jugar conmigo, tío Darko —me dice. —Cuando quieras, princesa Tiana —le respondo, y mi voz se vuelve un terciopelo calculado. —Es más divertido si no siempre te reprimes —escupe Agustín con esa frialdad que no es propia de un niño. —No todos están listos para dejarse llevar por sus instintos —dice Agust con una sonrisa que sabe a tareas bien hechas. Los veo salir por la puerta del cuarto de juegos y siento cómo la madera del suelo me devuelve el pulso. Llevo las manos al rostro; el parche sobre mi ojo comienza a doler con un latido punzante. El teléfono vibra en el bolsillo de mis vaqueros y lo saco; Nikola, mi mano derecha, está al otro lado. —Imamo informacije, voda — —dice su voz. —Vidimo se u magacinu —. Cuelgo. He esperado demasiado por este momento. He contenido la marea porque sé cómo se caza una presa; he aprendido que la paciencia es un arma cuando lo que está en juego es lo que más valoro. *** Una de mis bodegas en las afueras de Londres me recibe como siempre: con un aliento húmedo de moho, pasto muerto y decadencia pegado a las paredes. Aquí el tiempo se pudre de a poco; la putrefacción es una huésped habitual que nunca hace las maletas. Todos en el Consejo tenemos sitios así para "arreglar asuntos". Yo tengo dos: uno donde manejo negocios y otro, más íntimo, donde obligo a los pecadores a expirar sus culpas a mi manera. Este es el primero, la capilla invertida donde las oraciones terminan en cuchillos y en silencios rotos, está mucho más lejos de aquí. Mis pasos retumban en la grava cuando uno de mis hombres empuja la puerta metálica quejumbrosa; el sonido choca contra las paredes manchadas y vuelve a mí como un eco seco. La suela de mis zapatos cruje con cada paso; el frío de la estructura se mezcla con un olor a polvo que pica en la garganta. Allí está Nikola, mi mano derecha, recortado contra la penumbra. Lo reconozco por la postura: relajada, letal, con la tranquilidad de quien sabe que el peligro es una herramienta de trabajo y no un accidente. Tiene ese aire descuidado que no engaña; el pelo tiene un rubio apagado que cae en mechones sobre la frente, la barba de varios días le da un borde áspero al rostro. Un pendiente pequeño brilla en su oreja como si fuera un ojo adicional que vigila. La luz cálida lo baña y revela la superficie de su piel: tatuajes que arrancan historias enroscadas por la nuca y el antebrazo, líneas que parecen mapas de cosas que nadie debería leer sin permiso. Nikola viste como siempre: una camiseta sencilla, pantalones resistentes, botas que han pateado más terrenos de los que cuentan los vivos. Su expresión tiene una sonrisa torcida, de quien disfruta el ajedrez antes de dar jaque mate. Ha estado a mi lado desde que reclamé mi lugar; es el único que conoce los pasos que me llevaron aquí, la única arista que entiende cómo pienso. Muchos especulan sobre mi ascenso; solo nosotros dos sabemos cuánta sangre y estrategia valieron el trono. —¿Los encontraste? —pregunto en cuanto lo veo, dejando que la voz resbale por la bodega como un comando. La sonrisa arrogante se instala en su rostro como un sello. —¿Cuándo no he logrado algo que me has ordenado? —responde, y el tono contiene la certeza de quien ha ejecutado ya la condena en pensamiento y acto. Me hace señas para que lo siga por el laberinto de pasillos. La bodega es un esqueleto de estanterías vacías, cajas apiladas, metal oxidado; avanzamos entre restos que huelen a historias muertas. Al entrar a la vieja oficina, una puerta con bisagras rechinantes se cierra detrás de nosotros como si sellara un pacto. —Todos han sido removidos de sus puestos —dice Nikola y por un instante su voz pierde la máscara de arrogancia y deja asomar una sombra de efectividad pura. Empiezo a impacientarme, la espera se me vuelve filo. —¿Y...? —Están aquí, en Londres. Igual que ella desde hace un tiempo. —La respuesta le sale medida, como quien reparte certezas. Esbozo una sonrisa que no esconde la promesa contenida en mis dientes. Sabía que ella estaba en la ciudad; había pistas, murmullos, rutas que cerraban con su presencia. Pero que hayan aparecido los demás pecadores reunidos en mi patio... eso es un regalo más jugoso. Es momento de que paguen por sus pecados. El peso de esa idea me baja en el pecho como una bendición negra. —Es momento de jugar —digo, y la frase sale como un decreto seco, envuelta en calma antes de la tormenta. "Es momento de santificar a los pecadores" Grita la Bestia en mi cabeza, eufórica, su voz un canto de campanas rotas que se desborda en mi sangre. Me quedo unos segundos más en la oficina, inhalo el aire denso y cierro los ojos; por un instante la imagen de mi santuario profanado aparece tan nítida como la llama en un altar: crucifijos manchados, velas negras, y la sangre como tinta sagrada. Cuando salgo de la bodega, la noche me golpea en la cara como una promesa. He esperado demasiado. Mi paciencia ha sido un ritual. Ahora es tiempo de ejecutar la liturgia.
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