CAPITULO 3

2861 Palabras
DARKO Llevo la copa de vodka a los labios y dejo que el alcohol me queme la garganta con ese calor limpio que corta el ruido y me devuelve la claridad. Observo el enorme salón: una cúpula dorada que parece tragarse la noche, candelabros colgando como constelaciones caídas, mesas vestidas en blanco y oro que reflejan mil destellos de cristal. Hoy celebramos la boda de Vladislau y Artemisa, un banquete que huele a poder y a promesa de alianzas. La opulencia no es solo espectáculo; es una ofrenda. Y esta noche la mafia rusa tiene su corte real aquí. Ella quiso celebrarla en Rusia dado que su familia vive aquí, pero en unas semanas se trasladarán de nuevo hacia Londres. La música y las voces llenan mis oídos como una marea: risas, brindis, el roce de telas caras. Por todos lados, joyas que parecen insultos al silencio, perfumes que se pelean por quedarse en el aire. La opulencia deja en claro que Artemisa hace parte de la realiza de la mafia rusa. Observo a Koji de reojo: aprieta la copa con los nudillos blancos y sus ojos no se despegan de Akira. El cabello n***o, impecable, peinado hacia atrás; el traje de tres piezas le sienta como una segunda piel construida a medida: lana fina, corte exacto, chaleco que dibuja su torso de hierro. Es un hombre hecho para las fotografías y los pactos. —¿Problemas en el paraíso, mijo? —pregunta Cruz, con su voz cálida que siempre parece a punto de estallar en carcajada. Koji lo mira con esos ojos negros que no muestran nada. Esos ojos de obsidiana tan difíciles de leer. El japonés es de pocas palabras; cuando habla, cada sílaba pesa. Eros esconde una sonrisa detrás de su vaso de vodka. Mattia arquea una ceja con esa elegancia distraída que lo caracteriza. Vladislau sonríe en todo su esplendor —una mueca ancha como un balcón— y Hernández se acomoda en su silla con la complicidad de quien disfruta el espectáculo. Koji ha retrasado la boda con Akira más de lo que se recomienda socialmente. El tiempo se le está acabando. En la mesa, Aleksandr conversa con su hermano Vladimir como dos halcones de la misma camada. —No sabe cómo enamorarla —dice Vladislau con divertimento, observando a Koji con una mezcla de ironía y cariño bruto. —¿No sabe cómo enamorar a una nena, mijo? —lanza Cruz, la incredulidad chispeando en sus ojos azules. El cabello castaño oscuro de Cruz está bien peinado, su traje tres piezas parece tallado, ajustándose a una figura que ha elegido la fuerza. —Papi, enséñele al BTS cómo es que se hace —dice Hernández, y la mesa estalla en pequeñas risas contenidas. Cruz se levanta de un salto y toma el escenario con la soltura de quien sabe que la atención le pertenece. —Papi, si a usted le gusta un chimbita vaya por ella —suelta, y comienza a mover las manos para ilustrar— ¡ay, es que no me para bolas! Sacude la cabeza, teatral, sin perder la cadencia. —Nada... usted tiene que llegar —continúa— es dando duro. De una vez. Da un paso hacia la columna, marcando la escena con poses exageradas. —Con la mano así en el marco de la puerta —hace la mímica— "¿Y entonces? ¿Ah? ¿No voy a ser capaz yo con usted, pues? ¿o qué?" Koji lo mira con las cejas fruncidas; el resto de la mesa sigue el show, entretenidos. Cruz prosigue, llevando la lección al absurdo con gusto: —Yo no sé qué voy a hacer, pero esto que tengo está destinado es pa' usted y pa' nadie más... y desde que a usted a mí me guste le voy a hacer fiel por el resto de la vida. Entonces yo no sé qué vamos a hacer con lo que sentimos. Se gira hacia nosotros y comienza a mover el cuerpo, señalándonos con teatralidad. —Y ella le va a decir: ¿Lo que sentimos? ¿Cómo que sentimos? Sentirá usted —se cruza de brazos, imitando una mujer ofendida— entonces usted le dice: "esto es tan grande lo que siento, que hasta pa' usted también hay mi amor. No se preocupe mi vida". La mesa observa el espectáculo de Cruz, y él procede sin perder el ritmo. se mueve con una gracia ridícula y sigue —¡Ave María, papi! ¡Así, con decisión propia! Mueve los brazos, centrándose en Koji, que contiene la impaciencia con esfuerzo. La escena es ruidosa, grotesca y entrañable a la vez; un rito pagano de consejos amorosos en versión mafiosa. Siento la Bestia asomar en mi cabeza como una sombra con campanas: "¿Deberiamos matarlo?" pregunta con su voz áspera. La ignoro, porque hay un valor en dejar que el absurdo corra; es una forma de marcar la distancia entre mis instintos y la realidad. "Aunque... lo que dice tiene sentido" continúa la Bestia, tentadora, y por un segundo el pensamiento me roza como una cuchilla. La voz quiere convertirse en acción, convertir la lección en sentencia. Pero no esta noche. Cruz sigue con su "lección": —Entonces ella para sacarlo por un volao, le va a decir: "jam, oígan a este. Eso le debe decir a todas" —y hace la mímica de mujer y del hombre— Y usted con la mano en la puerta: "Claro... a todas le digo que me encantás y me volvés loco ¿Qué hago, pues? Yo no sé qué voy a hacer... pero a mi Dios me dijo que usted iba a ser pa' mi y Dios no se equivoca... o ¿Cuándo ha visto usted a Dios equivocado?" ¡Serio! Señala a Koji y continúa sin cortarse: —¡Serio, papi! Si le toca meterle religión a eso, métale mijo —mueve el brazo, gira y lo mira— ¡Oíga, ome... papi! Mientras Cruz se explaya, mi vaso descansa sobre la mesa y el vodka se enfría. La Bestia cuchichea, salpicando la escena con notas de veneno: "Celebra, devora, haz ofrendas" Pero yo respiro y elijo mi actuación: el anfitrión que escucha, que sonríe en el momento correcto, que espera. Porque hasta en la comedia hay una liturgia. Cruz se palmea la mano sin quitarle los ojos a Koji, que ya está a un hilo de levantarse de la mesa y dejarlo hablando solo. —¡Usted tiene que ser decidido con esa hembra, huevón! —le manotea y sigue— Usted no le puede decir a ella: "es que yo sé que soy feito"; yo sé que nada papi... usted tiene que decir que es el chimba. Señala sus ojos con el dedo y vuelve a posar la mano en la columna con teatralidad. —Y mirarla a los ojos fijamente y decirle: "Vea Akira, yo le voy a ser muy claro. Haga lo que haya que hacer... haya que comprar lo que haya que comprar..." Lo mira y asiente como si esperara que Koji realmente estuviera tomando notas. —"Haya que ir a donde haya que ir... yo me voy a encargar de hacerla la mujer más feliz del mundo, así usted no lo crea ¿Listo?" —aplaude emocionado— Papi serio... con decisión, gonorrea. Se mueve con un desespero cómico, acabando en un remate absurdo: —¡Con desici...! ¡Papi tiene que ir por esa hembra, pues! Yo le muestro los tips pues, gonorrea... no sea de esos atembao que le da miedo pues, levantarse a una chimbita, ome, estos hijueputas, bobo... ¡No! Toma un vaso, le da un trago largo y vuelve a fijar la mirada en Koji como verdugo que revisa su instrumento. —¿Entendió, mijo? —pregunta, triunfante. Mattia cruza la mirada entre Cruz y Koji, y suelta con esa calma irónica que gasta en espacios donde la paciencia es una moneda: —No sé cómo va a hacer para que oiga todo eso si se supone que es sorda. —Y para que le responda si es muda —lo apoyo yo. Un silencio espeso se extiende por la mesa, tan denso que se oye el murmullo lejano de los comensales. La tensión se rasga cuando Eros, Vladislau y Hernández se echan a reír a carcajadas. Koji me mira y, en su tono monocromático habitual, me dice: —Por lo menos tiene los dos ojos —lanza con veneno. Me encojo de hombros con una desfachatez medida. —¿De qué te sirve tener los dos ojos si te faltan dos sentidos más? —replico, y la frase cae como un guante que ajusta incómodamente. Koji abre la boca para contestar cuando Eros, con una diversión que, apuesta al picante, suelta: —Creo que alguien ya está poniendo en práctica esa lección. Todos dirigimos la mirada hacia Akira. A su lado está Iván; Akira baja la cabeza y oculta una sonrisa tímida que la hace aún más frágil y peligrosa a la vez. Movemos la vista y a unos pasos están las mujeres: Masha, Nikki, Azure, Artemisa, Kali, Milena. Artemisa le levanta los dos pulgares a Iván; Kali le susurra algo a Nikki y un risita escapa entre ellas. Milena y Azure no parpadean: hacen señas a Akira; Masha se ríe, alimentando la intriga. Se cocina algo en esa conexión de miradas y gestos que solo entiende la tribu. Algo están tramando. —BTS, ya vimos que Kali no es la única que quiere comerse tu mando —dice Hernández, divertido, y el comentario cae como una broma privada que enciende el coro de cuchicheos. —Donde se descuide se la baja Kali o Iván —remata Cruz, y en el salón las risas vuelven al ritmo de un festín que disimula cuchillos. En eso se acerca Call con una sonrisa torcida, una de esas que no pertenecen del todo a él. Doy por hecho que es Death quien ha tomado el control. Su andar es más ligero, su sombra más alargada. Se deja caer en una silla libre con la calma de quien está acostumbrado a irrumpir en mitad del caos. —Ella es solo una transacción comercial —dice Koji con ese acento japonés marcado, pero sus ojos no se despegan de donde están Akira e Iván. El salón sigue en plena euforia: los candelabros destellan, las risas se mezclan con el sonido de copas y violines; todo brilla demasiado, como si la opulencia fuera una forma de anestesia. Las chicas murmuraban a una distancia prudente, sus vestidos —rojos, azules, negros, de telas pesadas y perfume caro— moviéndose como un mar tentador en el extremo del salón. —¿Eso es lo que te dices todo el tiempo, para hacerte sentir mejor? —se burla Vladislau, bebiendo de su copa con un gesto de superioridad distraída. —Nojoda, ni él mismo se cree tanta pendejada —apunta Hernández, soltando una carcajada que hace vibrar su copa. —Está que rompe el vaso que tiene en la mano —comenta Eros con ese acento italiano que suaviza incluso la burla. —Tranquilo, sabemos que Akira necesita leer los labios —agrega Mattia, con diversión contenida—. Esa es la razón por la que Iván está a nada de besarla. La frase apenas abandona su boca cuando Koji se levanta de golpe, el vaso tiembla sobre la mesa, y comienza a caminar con zancadas largas hacia donde están Akira e Iván. El aire se espesa. Los vemos discutir, los gestos se vuelven cortantes, y de pronto Koji toma a Akira del brazo y la coloca detrás de él con un movimiento brusco. —Mi hermano está buscando que lo rebanen con la katana —dice Vladimir, negando con la cabeza. Aleksandr, como siempre, observa con la serenidad de quien no se inmuta ni ante el fuego. Sus ojos fríos apenas se mueven. Call, mientras tanto, le pasa un sobre de manila. —Aquí te envía Kali —le dice con voz neutra. Aleksandr lo toma sin inmutarse. —No se encontró nada sobre la chica —añade Call—. Circe Cromwell es como un fantasma: sin redes, sin infracciones, sin pasado. Vladimir frunce el ceño y gira hacia su hermano, que mantiene la mirada fija en el sobre. —¿Mandaste a investigar a la maestra de Irina? —pregunta, ladeando la cabeza. Aleksandr se encoge de hombros con esa tranquilidad suya que incomoda más que la furia. —Irina se ha encariñado mucho con ella —responde con voz medida—. Es justo que sepa quiénes rodean a mi hija. —¿Y por qué le pediste ese favor a Kali? —insiste Vladimir. —Ella hace investigaciones mucho más completas. Vladimir pasa las manos por su larga melena rubia, un tic que siempre lo traiciona. —Estás obsesionado con esa maestra. —Solo velo por la seguridad de mi hija —responde Aleksandr, sereno. Vladimir va a decir algo, pero Hernández interviene antes, con una sonrisa que promete problemas. —Mi hermano —dice señalando a Cruz— este también necesita clases de como obsesionar a una hembrita con uno. Cruz carraspea y se pone de pie con entusiasmo renovado; ya había vuelto a sentarse, pero el show lo llama. —¿Papi usted quiere mandar a una mujer al psicólogo y al psiquiatra? —pregunta, gesticulando con teatralidad—. Que tenga que tomar medicación pa' dormir porque no puede dejar de pensar en usted... que usted se le convierta en una obsesión, gonorrea... ¡Ay, papi, se la tengo! Se emociona y comienza a aplaudir. Eros suelta una carcajada, seguido de Vladislau. Mattia rueda los ojos, fastidiado de habernos dedicado más de unos minutos de su valioso tiempo. Yo simplemente observo. No suelo intervenir en estas farsas humanas. No tengo motivo. No tengo necesidad. Nunca he estado con una mujer. A mis treinta y cuatro años, sigo sin follar. Después de todo lo que he vivido, de cada herida, de cada cicatriz que decora mi cuerpo y mi alma, el sexo es una distracción mundana. Está en la lista de cosas que me importan una mierda, ocupando el primer lugar. "Pobres animales —susurra la Bestia—. Hacen del deseo una religión y de la carne su altar." Cruz sigue moviéndose por el lugar, animado por su propio delirio. —¡Escuche, gonorrea! —señala a Aleksandr— ¡Escuche! —aplaude, frota las manos, camina de un lado a otro— Siéntese, marica, coja lápiz y escriba, hijueputa, que yo no le voy a durar toda la vida, perro... Va a soltar otra de sus genialidades cuando un estruendo sacude el salón. Una copa cae, alguien grita. Un gruñido masculino corta el aire. —¿Ese no es tu mano derecha? —pregunta Eros, girando hacia el origen del escándalo. Desplazo la mirada y ahí está Nikola, de pie, sosteniendo una bandeja de plata como escudo improvisado. Frente a él, una mujer lo apunta con un cuchillo. —¿Necesitas un psiquiatra? —gruñe Nikola, con su acento serbio marcado. —¡El que va a necesitar una ambulancia vas a ser tú cuando te corte la garganta, cabrón! —le grita la mujer, una morena de cabello castaño oscuro y ojos encendidos. —Loca. —Cabrón. —Lunática. —¡Pinche pendejo! —le espeta Valeria, la hermana de Joaquín, el capo mexicano invitado a la boda. —Psicópata —devuelve Nikola, sin mover un músculo. —¡A chingar a su madre! El intercambio es un duelo de pólvora y fuego. Todos miramos a Joaquín, que sonríe con evidente satisfacción al ver a su hermana enfrentarse a un hombre que podría romperle el cuello sin esfuerzo. Me sorprende ver a Nikola alterado; es de los pocos con una paciencia legendaria, y sin embargo, ahí está, sosteniendo la bandeja como si contuviera una reliquia. "Deberías dejarlo que la rompa," murmura la Bestia, divertida. "Es una danza, y toda danza merece sangre." Valeria da un paso adelante con el cuchillo, y Nikola no se inmuta. Suspiro. Nuestras reuniones jamás pueden ser tranquilas. —¿Podemos hablar? —dice una voz suave detrás de mí. Giro la cabeza y me encuentro con unos ojos grises, casi blancos. Kali. Lleva un vestido rojo y n***o que se ciñe a su figura; la tela resalta su piel pálida y la curvatura de su vientre apenas visible. Está hermosa, peligrosa, etérea. —Claro que sí, pequeña —le respondo. Ella me dedica una sonrisa mínima y me hace un gesto para que la siga. Pocos saben que Kali conoce más de mi historia que cualquier otro aquí. No porque yo se lo haya contado, sino porque su tío, Travix, y yo nos cruzamos hace mucho, cuando yo era apenas un bebé y él un niño. Sé que arrastra la culpa de no haberme salvado de aquel convento. Pero lo que Travix nunca entendió es que él tampoco podía salvarme. Nadie podía. "Ni Dios." Susurra la Bestia. Y por primera vez en toda la noche, le creo.
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