DARKO
Camino junto a Kali hacia afuera del gran salón. A nuestras espaldas quedan la música, los brindis y las voces que se entrelazan entre el oro y el cristal. Frente a nosotros se abre el jardín de la propiedad de los Morozov, un paisaje digno de una pintura divina: rosales que trepan por columnas de mármol, fuentes que murmuran y un aire impregnado de perfume y humedad. El cielo está cubierto, oscuro, solo punteado por pequeños destellos que parecen heridas de luz.
Meto las manos en los bolsillos del pantalón. El corazón me late con fuerza dentro del pecho, un tambor que hace vibrar incluso mis oídos. Kali camina con esa gracia natural que tiene; el viento le mueve el cabello n***o, largo, que cae como una cascada sobre la espalda. Su piel blanca, tan pura que parece esculpida en porcelana, resalta con el vestido n***o y rojo que la envuelve como un pecado envuelto en terciopelo.
"Parece tan inmaculada"
Murmura la voz en mi cabeza, con ese tono que mezcla devoción y desprecio.
"Es la prueba de que el mal también puede esconderse detrás de la belleza."
Debe ser una noche especial, porque la Bestia y yo hemos coincidido dos veces.
Kali se sienta en una de las bancas de piedra que bordean el sendero. El viento agita sus cabellos y por un instante parece un espectro iluminado por la luna. Sus ojos, grises y fríos, brillan como dos motas de nieve.
—Agustín me contó lo que pasó hace días en casa de Mattia —dice con esa voz suya, suave y sedosa, que parece arrastrar una melodía secreta.
¿Alguna vez has escuchado que las sirenas encantan a los hombres con sus voces? Son tan melodiosas que los hipnotizan y les hacen olvidar lo peligrosas que son si te acercan demasiado. Así es Kali. Su belleza y su inteligencia esconden el filo de una criatura que nació para destruir.
—Tu padre sabía —respondo con calma.
Siempre la he visto como a una hermana pequeña, la que no pude proteger cuando el mundo decidió que los inocentes eran alimento de los lobos.
—Mi padre suele estar en todo —dice con una sonrisa ladeada—. Me entregó el cargo, pero aún no logro que se jubile.
Suelto una pequeña risa seca. Agust puede haber dejado oficialmente su trono, pero sigue tirando de los hilos desde la sombra. Le encanta jugar con la vida de los demás como si fueran piezas de su tablero de ajedrez.
"Es un demonio disfrazado de hombre"
Susurra la Bestia.
"Deberíamos purgar sus pecados"
Aprieto los dientes. Hace días que no la dejo salir, que no le doy sangre, y la noto ansiosa, golpeando las paredes de mi mente.
El silencio se instala entre nosotros. Kali levanta la vista hacia el cielo. Supongo que ya sabe lo que pasa dentro de mí, que ha conectado las piezas.
—Después de lo que me contó Agustín... —rompe el silencio— comencé a investigar tu condición.
Mi cuerpo se tensa de inmediato. La miro de reojo, pero no digo nada. Su voz atraviesa el ruido interno, se abre paso en el caos.
—Lo que te pasa no es un desdoblamiento de personalidad —continúa—. No sufres de TID como Call. No es una doble personalidad, Darko. Quizás no es lo que querías escuchar, pero necesitas entender cómo funciona tu mente.
Ella se inclina un poco hacia mí y apoya la cabeza en mi hombro. Su cercanía no me incomoda; es de las pocas personas a las que dejo cruzar mi espacio. Sé que no me juzgaría. Ni por lo que hice, ni por lo que soy, ni por lo que aún puedo llegar a hacer.
Casi pierdo la cabeza cuando la hirieron. Aquella noche tuve que alejarme de todos porque la bestia que habita en mi tenia una sed incansable de sangre y cuando los episodios psicóticos se vuelven más oscuros, puedo lastimar a todo aquel que esté a mi alrededor.
No me malinterpreten: no la veo como mujer. Es mi hermana en otra vida, la que no pude salvar.
—Call tiene alters —dice ella, despacio—. Son personalidades separadas. Te hablan, te protegen, te confunden. Tienen nombres y recuerdos propios.
Suelto una risa breve, más amarga que divertida.
—¿Te tomaste el tiempo de investigar lo que pasa en mi cabeza, pequeña? —le paso un brazo por los hombros, dejándola cobijarse en mi calor.
Ella se encoje de hombros.
—Siempre es bueno aprender algo nuevo —responde con una sonrisa que ilumina la noche.
—Eres como una maldita enciclopedia —me burlo, dejando que la ironía suavice el nudo en mi garganta—. Ya en nada le quitas el puesto a Violet.
Ella ríe, y el sonido se cuela en la oscuridad como un chispazo de luz.
—¿Entonces...? —pregunto— ¿Quieres decir que estoy loco? No sería una novedad.
Ella niega despacio con la cabeza.
—No, Darko. Lo que tú escuchas... no nació en ti. Nació contigo.
La Bestia se ríe dentro de mí, un eco que retumba bajo la piel.
"Sabia niña," dice con voz ronca. "Ella entiende lo que tú aún temes aceptar."
Y por primera vez en mucho tiempo, no tengo respuesta. Solo el sonido del viento, el perfume de las rosas, y la voz que nunca deja de acompañarme.
—Es una alucinación auditiva con identidad fija —explica Kali con esa calma clínica que desarma—. Es la misma voz, con el mismo mensaje, repitiéndose una y otra vez. No quiere tomar el control de tu vida, Darko. Quiere controlar tu moral... tu juicio.
Sus palabras caen con el peso de una sentencia.
—No tiene mucho sentido... —murmuro, aunque sé que sí lo tiene.
—Call sufre de TID —prosigue con esa precisión quirúrgica que le conozco—. Trastorno de Identidad Disociativo. En su caso, hay identidades separadas: los alters. El TID es la fractura en la integración del yo, una mente que se resquebraja para poder seguir existiendo. Cada alter tiene un nombre, una edad, una historia, un temperamento, una forma de hablar...
Suspira, y su voz se suaviza, aunque conserva el filo de quien conoce la oscuridad demasiado de cerca.
—El punto clave —continúa— es la amnesia inter-identidad. Cuando un alter toma el control, mi esposo no recuerda lo que hizo el otro estado. Hay una pérdida de continuidad del yo.
Permanezco en silencio. Solo el sonido del viento y del agua que cae en la fuente cercana acompaña su voz. La escucho explicarme lo que cree que pasa dentro de mi cabeza.
—La creación de alters —sigue— es un mecanismo de defensa para encerrar el trauma y permitir que la identidad "anfitriona" funcione sin la carga de esos recuerdos. Tú no tienes amnesia, Darko. Siempre recuerdas exactamente lo que haces, y tú eres el que ejecuta las acciones. Eres tú, siempre tú.
Sus palabras me atraviesan. Siento el peso del aire en los pulmones. Es mucha información la que me está dando, pero ella sigue:
—Lo que tú experimentas —su tono se vuelve más bajo, casi un susurro— se clasifica como una alucinación auditiva compleja con una identidad fija. Nació del trauma, se alimenta de él. No es una entidad separada; es un pensamiento obsesivo y alucinatorio que tomó la voz y el discurso de tu agresor.
Me tenso. La mención de esa palabra —agresor— me arranca un temblor que intento disimular.
"Ella lo entiende."
Sisea la Bestia con voz húmeda, ronca, serpenteando en mi cabeza.
"Pero aún no sabe lo que soy realmente."
—El trauma —continúa Kali sin mirarme— te obligó a aceptar un sistema de juicio cruel. La voz es la codificación de ese juicio: dicta la Ley del castigo. Es el opresor que nunca se fue. La hipocresía es su gatillo. Cuando ves corrupción, tu cerebro reactiva el ciclo de control y obediencia de tu niñez.
Suspira tomando aire, pero realmente parece una enciclopedia. Kali no es solo belleza, es astucia, inteligencia, calculo y poder. Y por ello siempre la he admirado. Muchos la critican por su forma de ser, pero a su manera siempre busca la manera de apoyar a los que la rodean.
La dejo que siga explicándome.
—Estás en guerra con la memoria de tu agresor —dice al fin—. Usando la voz de tu agresor como munición. La voz te da la justificación legal y tú le das el martillo.
Nuestros ojos se encuentran. Ella sonríe apenas, como quien ofrece una verdad que sabe que dolerá.
—Darko, tu mente no se partió para sobrevivir como la de Call. Tu mente se fusionó con el trauma. Creaste un mecanismo por el cual el dolor de ser víctima de la Ley se convirtió en tu única forma de ejercer poder. La voz no te domina. La voz es la herramienta moral que te permite ser el juez vengador que el niño Darko siempre necesitó. Eres un ateo, pero sigues siendo el esclavo de una voz que solo habla de la Ley de Dios para justificar el derramamiento de sangre.
"La sangre es redención," murmura la Bestia, casi con ternura. "Sin sacrificio no hay pureza."
—La voz me ordena rezar —admito al fin, rompiendo el muro.
Siento la garganta cerrarse, el aire pesado, la vergüenza hundida en el pecho. Trago con fuerza, intentado tragar el nudo que se me forma en la garganta al hablar con alguien de la voz que habita en mi cabeza.
—Sí —dice ella con suavidad, sin juicio—, porque tu mente ha creado un Superyó Teológico traumático. El Superyó es la conciencia, el que te dice lo que está bien y mal. A ti, ese monstruo te enseñó que la Ley y el juicio de Dios son crueles, y que el castigo es la única forma de purificación. Te enseñó que el hombre de la Iglesia es el que dicta la Ley. Que la obediencia era pureza, y que la sangre era perdón.
La miro, confuso, pero atento. Cada palabra suya se siente como un bisturí abriendo una herida vieja que nunca sanó.
—Tu agresor —continúa— te ordenó obediencia pasiva usando la Palabra. Pero el Darko adulto, el líder, el ateo, tomó esa voz y la convirtió en el único motor que entiende: Venganza activa. La voz sigue siendo la de tu opresor, sigues obedeciendo una orden del pasado, pero ahora tu cerebro la reinterpreta como la Ley absoluta para asesinar a la hipocresía. Ya no castiga al niño indefenso. Castiga al mundo hipócrita.
Sus palabras flotan entre nosotros, tan nítidas como la noche.
"¿Lo oyes?" susurra la Bestia dentro de mí. "Incluso ella reconoce mi propósito. Soy la voz de tu justicia, no de tu locura."
Cierro los ojos. Escucho ambas voces, la de ella y la mía. Una es razón, la otra fe. Y por un instante, no sé cuál de las dos es la verdadera.
Ella toma mis manos; las suyas parecen diminutas junto a las mías, frágiles como porcelana en contraste con la callosidad que guardo en los dedos. Mis ojos no se apartan de los suyos; hay allí una claridad afilada, una verdad que no necesita adornos.
—Para ti, matar a esos hombres recitando los versículos que te destruyeron no es un crimen, es un sacramento que finalmente te da poder. Estás castigando a la Iglesia con su propia voz, pero la ironía es que la voz de la que quieres librarte sigue siendo la que te dirige —dice Kali con esa mezcla de ternura y filo que la hace peligrosa.
Suelto sus manos y, con un gesto que quiere ser rudo y acaba en cómplice, le despeino un mechón.
—¿Todo eso lograste averiguarlo solo con lo que te dijo Agustín? —pregunto, arqueando una ceja con escepticismo contenido.
Ella se encoge de hombros, despreocupada.
—¿Qué te puedo decir? Soy bastante inteligente —responde, y una sonrisa traviesa le curva los labios.
—Demasiado inteligente para tu propio bien. Seguro te robaste la inteligencia que le tocaba a un par de desgraciados por ahí, pequeña —le digo, y la burla se mezcla con afecto.
—Y la belleza también —contesta ella, subiendo y bajando las cejas en un gesto pícaro.
Kali suspira, se levanta de la banca y alisa el vestido como quien prepara una bandera para la batalla. La tela negra y roja se ciñe a su cintura y cae con elegancia; la noche la enmarca como una estatua viva. Me mira, seria por un instante.
—Solo quería que supieras lo que averigüé. Te prometo no decirle a nadie, esto es un secreto entre los dos —murmura.
—Como todos los otros que tenemos —le devuelvo con un guiño, y la promesa cuelga entre nosotros como un pacto silencioso.
Ella sacude la cabeza. Nadie de nuestro entorno sabe que yo ya conocía a Travix, que es ella la que ha estado ayudándome a cazar a cada uno de los pecadores que osaron mancharme, como también es la que me ayuda a deshacerme de cada seguidor de lo sagrado que se esconde detrás de una sotana y se viste de pastor para ocultar que es un lobo al achecho.
—¿Travix sabe todo esto? —pregunto.
—Nunca ha dejado de culparse por no poder salvarte —responde Kali, con voz baja.
—Era un niño.
—Pero logró sacar a Sergei y a ti no.
—No podía hacerlo —replico, y la memoria me atraviesa—. Nunca tuvo oportunidad. Había algo más grande que él detrás de todo mi dolor.
—¿Y ella lo sabe?
—Ella todavía tiene una fe ciega en una institución que, en la práctica, ha demostrado estar llena de más pecadores adentro que los que pululan afuera —le contesto, sintiendo el sabor amargo de la verdad en la boca.
Kali ladea la cabeza, como quien evalúa una pieza de ajedrez. Sus dedos rozan los míos un instante; la noche se vuelve un manto cálido a nuestro alrededor.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta, con curiosidad.
—Demostrarle que hasta el más santo también ha pecado —respondo con voz baja, y en la frase hay una promesa que huele a justicia y a ajuste final.
La Bestia, que siempre aguarda entre latidos, emite un susurro satisfecho dentro de mi cráneo:
"Que vea la caída. Que la pureza se manche. Que su palabra se vuelva ceniza."
La dejo murmurar; esta vez ambas voces, la de Kali y la oscura, parecen marchar en el mismo compás: una estrategia nacida de heridas, una liturgia de venganza que se viste de ritual y de verdad.
Ella me mira, y en sus ojos hay un brillo que no es solo comprensión: es cómplice claridad.
—Entonces lo haremos —dice—. Pero con cuidado. Por ti, mi tío y por todos los que han sufrido.
—Y por los que aún no pueden gritar —añado, y el pacto queda sellado sin más palabras.
Nos levantamos y volvemos hacia el salón; la música nos alcanza, más cercana ahora, como el preludio de la próxima escena. El jardín queda atrás, testigo mudo de las confesiones y de los planes. En la penumbra, la noche parece comprimir el mundo en un latido: ritual, venganza, y la promesa de que ninguna sotana quedará impune cuando la voz antigua que te encadenó vuelva —irónicamente— a dictar tu justicia.