CAPITULO 5

2263 Palabras
Nota: Antes de continuar con las actualizaciones, les pido por favor que lean las advertencias al inicio de la historia. Los temas que se abordan aquí son intensos, polémicos y pueden resultar incómodos para muchas personas. Esta obra es ficción, y como tal, no busca romantizar ni justificar nada. Mi intención es tratar cada tema con el respeto que merece, sin censura, pero con conciencia. Si la historia no es de tu agrado, te invito a dejarla. No hay obligación de seguir leyendo, y siempre incluyo las advertencias precisamente para evitar malos momentos. Prefiero que cada lectora se sienta libre de elegir si quiere sumergirse en este relato oscuro, visceral y provocador, o no. Gracias por respetar el espacio creativo y por comprender que esta historia tiene una estética y una intención muy definida DARKO (Seis años) El sol entra débilmente por la ventana del cuarto de Danja. La luz se filtra como si temiera romper el silencio, bañando los juguetes y la alfombra rosada con un brillo cansado. La observo con el ceño fruncido mientras sirve más "té" en las diminutas tazas de porcelana falsa. Es solo agua con azúcar, pero ella se niega a aceptarlo; jura que tiene aroma a flores y sabor a cielo. Mi hermana melliza, Danja, me sonríe con esa inocencia que parece imposible en un mundo tan gris. Su cabello castaño está recogido en dos coletas atadas con lazos rosas. Lleva un vestido largo de flores pálidas y medias de cachemir. Sus ojos grises avellana, idénticos a los míos, brillan con una luz que siempre quise conservar intacta, a salvo de todo. Danja es mi opuesto: viva, audaz, ruidosa. Yo, en cambio, callado, observador, un niño que ya entendía demasiado. Ella es la única persona, junto con mamá, por la que sería capaz de morir sin pensarlo. Dice que soy demasiado protector, pero soy su hermano mayor ¿Qué más puedo hacer? Sí, bien... solo soy mayor que ella por unos minutos, pero eso tiene que bastar. Me encontraba con las rodillas raspadas, sentado en una ridícula manta extendida en el piso. Llevaba puesto un estúpido gorro de lana, que Danja me ha obligado a ponerme. En mis manos sostengo una diminuta taza de plástico, que hace juego con tetera que Danja sostiene en las manos. —¡Vamos, Darko! La condesa Elena se enojará si no bebes. No quiero que nos metamos en problemas —se queja, arrugando la nariz. Ruedo los ojos. Es ridículo que una muñeca, con sus ojos de cristal inmutables y su sonrisa pintada, que parece a una de esas que salen en las películas de terror se enoje porque no me apresuro a tomar el "té" —Las muñecas no se enojan, ni pueden meterse en problemas —susurro. Danja abre los ojos como si lo que hubiera salido de mi boca fuera la peor ofensa del mundo. —¡No dije que las muñecas! ¡Dije que nosotros! —exclama, agitando las manos al aire con una indignación adorable—. Tú siempre pagas por mí. Baja la voz ahora. Su tono suena culpable, ya no está haciendo un alboroto, si no que ahora es prácticamente un susurro. —¿Recuerdas cuando rompí sin querer la Biblia de papá y dijiste que habías sido tú? —pregunta bajito, mirándome desde debajo de sus pestañas—. Quería asumir la culpa, pero tú, mi gran protector, no me dejaste... así que me lo debes. Sonrío apenas, con esa mezcla de cariño y resignación que ya a los seis años aprendí a disimular. En efecto, siempre estaba dispuesto a pagar las consecuencias de sus travesuras. Era un acuerdo no verbal que habíamos forjado en silencio. Preferiría que mi padre desatara su ira contra mi "su hijo varón", el futuro "hombre", que con mi frágil hermanita. Haría cualquier cosa para que su sonrisa no se apagara. Danja era mi reflejo luminoso, el único lugar donde todavía no había sombra. Es muy apegada a mí. Siempre busca mi mano, mi presencia, mi voz. A menudo busca la forma de estar a mi lado, a donde yo vaya ella quiere seguir y eso nos ha traído problemas en más de una ocasión. Yo la dejo ser. Y si después vienen las consecuencias, las asumo. Ese es mi deber. Ese es mi papel. Soy su hermano y es mi deber protegerla y consentirla. —No entiendo por qué dirías algo así —murmuro, sin levantar la mirada—. Fui yo. Y eso no tiene discusión. Ella asiente, con seriedad repentina. Ambos sabemos que hay cosas de las que no se puede hablar en voz alta. Las paredes escuchan, y la desobediencia es pecado en esta casa. —Tómate el té —ordena, intentando sonar firme. —Es agua con azúcar —respondo, pero al final le sigo el juego. Llevo la taza a los labios y finjo darle un sorbo. El dulce falso se pega al aire, como si también mintiera con nosotros. —¿Crees que esta noche puedas leerme otra vez la historia de Alicia en el País de las Maravillas? —pregunta mientras peina a la muñeca con delicadeza exagerada. Suspiro. Hace meses que me pide la misma historia cada noche. La repite, la vive, la sueña. Ha desarrollado una fascinación por ese mundo donde nada tiene sentido, pero todos son libres. —Ya debes sabértela de memoria, cascabel —me quejo, aunque una sonrisa casi imperceptible se me escapa. Ella hace un puchero con los labios y baja la mirada, fingiendo ofensa. Su pequeño teatro. Su forma de hacerme ceder. Y lo logra. Siempre lo logra. La miro en silencio. La luz del sol roza su rostro y por un instante todo parece perfecto: el cuarto, la risa contenida, la ilusión de que somos solo dos niños jugando. Pero hay algo en el aire, una grieta invisible que lo ensombrece todo. La paz siempre tiene un precio. Y aunque aún no lo entiendo del todo, sé que el mío ya está escrito. —Me gusta mucho, sombrerero. Gruño ante el ridículo apodo. Desde que le leí ese cuento me llama así. Una tarde le pregunté por qué, de todos los personajes, había decidido nombrarme de esa manera. Su respuesta fue simple, pero se me grabó en la mente como una plegaria torcida. —Te veo como el creador de mis refugios —dijo, dándole un mordisco a la barra de chocolate que había robado de la despensa—. Alguien que está más loco que el mundo real. Siempre sabes cómo sacarme de la realidad. Solo pude responder con un gruñido. —Como quieras. El silencio de la habitación se siente cálido, suspendido en esa falsa paz que precede al caos. Hasta que un golpe rompe todo. Un sonido seco, brutal. Luego otro. Y otro. Un estrépito. Gritos. Cosas cayendo. El aire se vuelve espeso. Un grito agudo resuena e inmediatamente lo reconozco. Le pertenece a mi madre. Danja se queda inmóvil. Sus ojos se abren de par en par, el miedo se instala en ellos como un huésped que ya conoce el camino. Tiembla, y aprieta contra su pecho a la horrenda muñeca de porcelana que ahora parece más viva que nunca. —¡Stefan, por favor! ¡Basta! —la voz de mamá se quiebra, rota de súplica. Me levanto de un salto y corro hacia mi hermana. Ella no me quita la vista de encima, y me duele verla temblar así. Odio ese temblor. Odio la forma en que el miedo le apaga la sonrisa, esa que juro proteger, aunque me parta en mil hacerlo. Y odio aun más como eso es culpa de mis padres. —¡Cállate! —la atronadora voz de mi padre hace Danja se sobresalte— Dios en su sagrada palabra dice: que la mujer debe servir y ser obediente a su esposo. ¡tú estás deshonrando mi casa y la Ley de Dios! ¡No eres mi ayuda, eres un obstáculo para la piedad! Siento cómo la rabia me quema por dentro. La Biblia, sus sermones, sus mandamientos... todo usado como arma. Lo escucho hablar de pureza con las manos manchadas de sangre, hablar de Dios con los labios que blasfeman cada vez que golpea. Muchas veces me he ganado muchos golpes por cuestionar esa fe tan ciega que tiene en la religión, y por decirle que no creo que a su Dios le guste sus negocios. Ser el hijo del jefe de una de las mafias serbias más despiadadas del país no es un privilegio. Es una condena. Mi padre rige con mano dura, pero siempre tiene a Dios en la boca. Se escuda bajo una religión que dudo que acepte que tenga las manos manchadas de sangre. —Tengo miedo —susurra Danja con la voz quebrada. Me apresuro a tomarla de la mano. Sus dedos están helados. La horrible muñeca queda olvidada en el suelo. La hago ponerse de pie y comienzo arrástrala fuera de la manta, no me dirijo hacia la puerta, sino al viejo y oscuro armario. —Vamos —le digo, arrastrándola con suavidad fuera de la manta—. Rápido, cascabel. Cada vez que nuestros padres tienen una discusión hago que se meta en ese viejo armario. Ese es nuestro refugio. Nuestro país de las maravillas torcido. Cada vez que los gritos bajan del cielo al infierno, la escondo ahí dentro. —¿Crees que suba por nosotros? —su voz suena llena de miedo. Otra de las razones por las que odio a mi padre. Se supone que los padres deben ser el lugar seguro de sus hijos. No un monstruo bajo la cama. Pero al parecer mi padre ha decidido deliberadamente ignorar esa parte de sus "sagradas escrituras" —Nunca dejaría que llegara a ti —le prometo. Abro el armario. El olor a detergente barato y a rosas viejas me golpea. La empujo adentro con cuidado. Luego, me apresuro a buscar en los bolsillos de mi pantalón. Escarbo con rapidez, hasta que saco unos viejos auriculares de diadema que normalmente uso para escuchar las grabaciones de los coros que mi padre me obliga a memorizar. Se los coloco a mi hermana, asegurándome de que cubran bien sus pequeños oídos. —Escucha esto —le digo, forzando una sonrisa que no me sale—. No salgas. Por nada del mundo. No importa lo que escuches, ¿entendido? Quédate aquí hasta que venga por ti. Ella asiente entre sollozos. —¿Voy a ir al País de las Maravillas? —pregunta, su voz quebrada, pequeña. —El conejo blanco te estará esperando —respondo, y quiero creerlo. Sus ojos, que siempre brillan con vida, ahora parecen hechos de vidrio. Las lágrimas los empañan. Las pequeñas manos le tiemblan. Su piel está más pálida de lo normal. Sus dedos juegan en un acto instintivo con los bordes de su vestido. Pongo en marcha la pequeña grabadora que guarda las canciones que a ella le gustan. Mi padre no sabe que me escabullo cada noche en su estudio para descargarle música a escondidas. Si lo supiera, probablemente rompería el aparato y me haría rezar hasta sangrar las rodillas. La melodía comienza a sonar bajito, un hilo dulce que apenas puede escucharse entre los latidos del miedo. Danja me mira con la cara arrugada, los ojos llenos de lágrimas que se aferran a no caer. —¿Vas a volver, verdad? —pregunta con voz temblorosa. Asiento y me inclino para besarle la frente. Siento su piel fría, el temblor que me parte en dos. —Solo voy a hacer que pare —le prometo—. Luego vendré a reunirme contigo y seguiremos la fiesta del té. Ella intenta sonreír, y aunque su sonrisa es pequeña, tiene la fuerza de un juramento. —¿Me traes chocolates? —Todo el que quieras, cascabel. Sus labios se curvan apenas, y por un instante vuelvo a verla como siempre: luz pura, ajena al infierno que nos rodea. —Nos vemos luego, sombrerero —susurra. Cierro la puerta sobre ella. La dejo en ese rincón que se ha convertido en su refugio, el único lugar que puedo prometerle como seguro, aunque yo mismo sepa que la seguridad es una mentira en esta casa. Salgo de la habitación, con pequeños pasos hacia la sala. Mis pies tocan el frio mármol. Mientras más me acerco, los gritos crecen, se mezclan con el sonido seco de los golpes, con el llanto de mamá que suplica, que ruega, que ya no tiene voz. El aire huele a vino, a incienso, a ira. Esa combinación que solo existe cuando mi padre "predica". Mi pecho arde, y no sé si es miedo o rabia lo que me aprieta el corazón. Lo único que sé es que no quiero oírla llorar más. No quiero verla arrodillada, pidiendo perdón por algo que no hizo. Necesito que deje de lastimar a mi madre. Necesito que tenga su atención solo en mí, no en ella. No me gusta que lastime a las mujeres que se supone que debe cuidar. Así que camino hacia el infierno que siempre empieza en la sala, donde Dios es solo una excusa y la fe se usa como un látigo. Cada paso que doy es una promesa: una más de las que hago sin saber que algún día tendré que cumplirlas con sangre. No soy un héroe, soy solo un niño. Pero si debo ser el sacrificio para que Danja siga creyendo que el mundo es solo un poco ruidoso, lo seré.
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