LA VIUDA NEGRA A la edad de diez años, descubrí que mi cabeza no funcionaba como la del resto de los niños del orfanato de Varsovia. No fue una revelación poética; fue un chasquido, un clic metálico en mi cerebro. Sucedió cuando uno de los ayudantes intentó ponerme las manos encima mientras yo hacía mis deberes en la cocina. En un segundo, la vista se me tiñó de un rojo vibrante y mis instintos se encendieron como una mecha corta. No dudé. Tomé el cuchillo de untar mantequilla —el único que tenía a mano— y se lo hundí en el ojo con la fuerza de una vida de rechazos. Se suponía que debía sentir culpa. Quizás el terror paralizante que enseñan en los libros. Pero lo único que experimenté fue un placer eléctrico al ver cómo su globo ocular cedía ante la presión, cómo los ríos de líquido rojo

