ARISHA Siento algo cálido y húmedo deslizándose por mi intimidad, un rastro de fuego que me recorre por dentro y me obliga a arquear la espalda con violencia, arrancándome un gemido que muere contra mis labios. Mis dedos se hunden en las sábanas, aferrándose al lino como si fuera lo único capaz de mantenerme anclada a la tierra mientras todo lo demás se desmorona. Su boca no tiene piedad. Es un depredador profanando mi santuario: succiona, muerde, devora ese pequeño núcleo de nervios que ahora palpita, hinchado y desesperado por una atención que es, en sí misma, un sacrilegio. Una oleada de calor abrasador me recorre la espina dorsal y reduce a cenizas cada mandamiento que juré obedecer. Cuando el espasmo me obliga a intentar escapar, un brazo macizo y pesado se clava en mi cintura, inm

