XXXUna tarde, ya cerca de anochecido, al volver á su casa, vió á Monserrat abierto, y allá se entró. La iglesia estaba muy obscura. Casi á tientas pudo llegar á un banco de los de la nave central y se hincó juntó á él, mirando hacia el altar, alumbrado por una sola luz. Pisadas de algún devoto que entraba ó salía y silabeo tenue de rezos eran los únicos rumores que turbaban el silencio, en cuyo seno profundo arrojó el cesante su plegaria melancólica, mezcla absurda de piedad y burocracia... «Porque por más que revuelvo en mi conciencia no encuentro ningún pecado gordo que me haga merecer este cruel castigo... Yo he procurado siempre el bien del Estado, y he atendido á defender en todo caso la Administración contra sus defraudadores. Jamás hice ni consentí un chanchullo, jamás, Señor, jamás

