XXXII

3033 Palabras

XXXIIPuntual, como la hora misma, entró Abelarda, á la de la cita, en las Comendadoras. La iglesia, callada y obscura, estaba que ni de encargo para el misterioso objeto de una cita. Quien hubiera visto entrar á la chica de Villaamil, se habría pasmado de notar en ella su mejor ropa, los verdaderos trapitos de cristianar. Se los puso sin que lo advirtiera su madre, que había salido á las cinco. Sentóse en un banco, rezando distraída y febril, y al cuarto de hora entró Víctor, que al pronto no veía gota, y dudaba á qué parte de la iglesia encaminarse. Fué ella á servirle de guía, y le tocó el brazo. Diéronse las manos y se sentaron cerca de la puerta, en un lugar bastante recogido y el más tenebroso de la iglesia, á la entrada de la capilla de los Dolores. Á pesar de su pericia y del despa

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