XXXIIINuestro infortunado Villaamil no vivía desde el momento aciago en que supo la colocación de su yerno, y para mayor desdicha el prohombre ministerial no le hacía caso. Inmediatamente después de almorzar, se echaba á la calle, y se pasaba el día de oficina en oficina, contando su malaventura á cuantos encontraba, refiriendo la atroz injusticia, que, entre paréntesis, no le cogía de nuevo; porque él, se lo podían creer, nunca esperó otra cosa. Cierto que, apretado por la fea necesidad, y llegando á sentir como un estorbo en aquel pesimismo que se había impuesto, se lo arrancaba á veces como quien se arranca una máscara, y decía, implorando con toda el alma desnuda: «Amigo Cucúrbitas, me conformo con cualquier cosa. Mi categoría es de Jefe de Administración de tercera; pero si me dan un

