XXXIX—No cedo, no cedo—dijo Víctor á Milagros, al quedarse solo con ella.—Me llevo á mi hijo. ¿Pero no comprende usted que no podré vivir con tranquilidad dejándole aquí después de lo que ha pasado hoy? —¡Por Dios, hijo!—le respondió con dulzura la pudorosa Ofelia, queriendo someterle por buenas.—Todo ello es una tontería... No volverá á suceder. ¿No ves que es nuestro único consuelo este mocoso?... y si nos le quitas... La emoción le cortaba la palabra. Calló la artista, tratando de disimular su pena, pues harto sabía que como la familia mostrase vivo interés en la posesión de Luisito, esto sólo era motivo suficiente para que el monstruo se obstinase en llevársele. Creyó oportuno dejar el delicado pleito en las manos diplomáticas de doña Pura, que sabía tratar á su yerno combinando la e

