XXXVIIINotaban aquellos días doña Pura y su hermana algo desusado en las maneras, en el lenguaje y en la conducta del buen Villaamil, que si en actos de relativa importancia se mostraba excesivamente perezoso y apático, en otros de ningún valor y significación desplegaba brutales energías. Tratóse de la boda de Abelarda, de señalar fecha y de fijar ciertos puntos á tan gran suceso pertinentes, y el hombre no dijo esta boca es mía. Ni la bonita herencia de su futuro yerno (pues ya se había llevado Dios al tío notario) le arrancó una sola de aquellas hipérboles de entusiasmo que de la boca de doña Pura salían á borbotones. En cambio, á cualquier tontería daba Villaamil la importancia de suceso transcendente, y por si su mujer cerró la puerta con algún ruido (resultado de lo tirantes que tení

