El hombre más odiado del paddock
El ruido de los motores atravesaba el aire como una vibración constante que parecía instalarse directamente bajo la piel. Apenas el taxi se detuvo frente al Quai Antoine 1er, Valentina Ruiz entendió que nada de lo que había visto por televisión se acercaba realmente a aquello.
Ni siquiera alcanzó a cerrar la puerta antes de que un grupo de fotógrafos cruzara corriendo frente a ella persiguiendo a algún piloto. Los flashes explotaban en todas direcciones, reflejándose sobre autos negros impecables, relojes absurdamente caros y vestidos de diseñador que parecían demasiado perfectos para existir a plena luz del día. El puerto brillaba detrás de los edificios bajo el sol de Mónaco, cubierto de yates gigantescos donde empresarios, modelos y celebridades reían con copas de champagne en la mano mientras helicópteros sobrevolaban el circuito callejero.
Todo era excesivo. Elegante de una manera casi ofensiva.
Valentina acomodó el bolso sobre su hombro y se apartó un mechón de cabello castaño oscuro que el viento del puerto había desordenado apenas. Llevaba un blazer n***o liviano sobre un vestido simple color marfil y botas oscuras que resonaban suavemente contra el pavimento mientras observaba el edificio de Moreau Racing al otro lado de la calle.
A diferencia de muchas de las mujeres que la rodeaban, vestidas para ser fotografiadas, ella parecía moverse con una elegancia mucho más silenciosa. Refinada. Natural.
Pero aun así llamaba la atención.
Tal vez por la calma con la que caminaba entre el caos o por esos ojos marrón miel demasiado expresivos para alguien que intentaba aparentar control absoluto.
El logo n***o y plateado de Moreau Racing ocupaba varios pisos completos del paddock principal. Después de años saltando entre campañas políticas, empresarios insoportables y trabajos que nunca terminaban de llevarla a ningún lado, aquello representaba algo distinto.
Un cambio real.
El salto más importante de su carrera hasta ahora.
Una oportunidad demasiado grande como para dejarla pasar.
Su teléfono vibró dentro del bolsillo antes de que pudiera seguir pensando.
—¿Ya llegaste? —preguntó Leonor apenas atendió.
—Sí.
—¿Y?
Valentina observó nuevamente el movimiento frenético alrededor suyo. El rugido lejano de los motores rebotaba entre los edificios de Mónaco mientras varias personas cruzaban el hotel hablando en francés, inglés e italiano al mismo tiempo.
—Siento que acabo de entrar en otro planeta.
Leonor soltó una carcajada al otro lado de la línea.
—Por favor, prométeme que no vas a enamorarte de un piloto multimillonario.
Valentina sonrió apenas mientras comenzaba a cruzar la calle.
—Preferiría enamorarme de un tiburón.
—Entonces mantente lejos de Dante Moreau.
Claro.
Dante Moreau.
El nombre aparecía en todas partes desde hacía años. Tres veces campeón mundial. El piloto más rápido de la parrilla. El más odiado por la prensa y probablemente el hombre más imposible de controlar dentro del paddock. Internet estaba lleno de videos suyos abandonando entrevistas, ignorando periodistas o rompiendo cámaras después de alguna pregunta incómoda. La prensa lo describía como arrogante, agresivo, insoportable.
Exactamente el tipo de hombre que ella evitaba.
—No vine a hacer amigos —murmuró antes de cortar.
La seguridad privada rodeaba el edificio del equipo como si custodiaran una embajada. Valentina mostró su acreditación y atravesó los pasillos sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a recorrerle el cuerpo lentamente. Pantallas gigantes transmitían tiempos de práctica en tiempo real; ingenieros discutían estrategias frente a gráficos imposibles de entender; mecánicos vestidos de n***o caminaban de un lado a otro cargando neumáticos y herramientas con una precisión casi militar.
Todo olía a combustible, metal caliente y dinero.
—Señorita Ruiz.
Valentina giró apenas cuando una mujer elegante de cabello oscuro se acercó hacia ella.
—Soy Isabelle Laurent, directora operativa del equipo.
—Un gusto.
Isabelle estrechó su mano con firmeza y comenzó a caminar sin perder tiempo.
—Espero que esté preparada.
Aquello sonó más a advertencia que a bienvenida.
Mientras atravesaban el paddock, Valentina notó cómo la gente se movía alrededor de Isabelle con tensión automática. Nadie caminaba lento ahí. Nadie parecía relajado.
—Su trabajo será simple —continuó Isabelle.
Valentina casi sonrió ante la ironía.
Nada en ese lugar parecía simple.
—Necesitamos controlar la imagen de Dante.
Ahí estaba otra vez ese nombre.
—¿Tan mala es la situación?
Isabelle dejó escapar una risa seca.
—La semana pasada insultó a un periodista italiano en televisión nacional.
—Leí algo sobre eso.
—También destruyó un teléfono frente a las cámaras.
—Encantador.
—Y ayer abandonó una sesión completa de patrocinadores porque, según él, “olían a desesperación”.
Valentina respiró hondo mientras seguían caminando.
Perfecto. Un piloto brillante con complejo de dios.
Isabelle se detuvo frente a una puerta negra ubicada al final del pasillo.
—Mi consejo es sencillo —dijo antes de mirarla directamente— No deje que él la intimide.
Valentina estaba por responder cuando la puerta se abrió de golpe y por un instante el movimiento alrededor pareció desacelerarse.
Dante Moreau salió acompañado por dos ingenieros mientras hablaba en francés con evidente fastidio. Valentina entendió inmediatamente por qué las cámaras lo perseguían incluso cuando no decía una palabra. Era absurdamente atractivo de una forma incómoda, casi hostil. Alto, hombros anchos, el uniforme n***o del equipo abierto hasta el cuello dejando ver parte de los tatuajes que recorrían su brazo. El cabello oscuro ligeramente desordenado. Una cicatriz fina junto a la boca.
Pero no era eso lo que más llamaba la atención.
Eran sus ojos.
Grises. Fríos. Exhaustos.
Los ojos de alguien que llevaba demasiado tiempo sin dormir.
Y aun así, lo más intimidante de él no era su apariencia sino la energía que arrastraba consigo. La gente se apartaba de su camino de manera automática, como si todos supieran exactamente cuándo era mejor no acercarse.
Dante levantó la vista en medio de la conversación y sus ojos se clavaron directamente en ella.
La recorrió lentamente de arriba abajo, sin disimulo alguno.
Cabello oscuro cayendo en ondas suaves sobre los hombros. Rasgos finos. Elegantes. La clase de belleza que no necesitaba exagerar nada para hacerse notar. Incluso ahí, rodeada de modelos, cámaras y lujo absurdo, Valentina transmitía algo distinto.
Calma.
Control.
Y unos ojos peligrosamente expresivos para alguien que claramente intentaba esconder todo lo que pensaba.
Valentina sintió el impulso absurdo de enderezarse.
Isabelle habló primero.
—Dante, ella es Valentina Ruiz. Tu nueva directora de prensa.
Él apenas desvió la mirada hacia Isabelle antes de volver a observar a Valentina.
—¿Otra más? —preguntó con indiferencia— Creí que ya habían entendido que no necesito gente siguiéndome con una libreta para corregir cada cosa que digo.
Valentina sostuvo su mirada sin moverse.
—Qué alivio. Yo tampoco tenía ganas de perseguirte.
Uno de los ingenieros bajó lentamente la tablet que sostenía entre las manos.
Dante la observó con más atención esta vez, como si todavía estuviera decidiendo qué pensar de ella.
—¿Siempre hablas así o es solo porque estás nerviosa?
Ella dejó escapar una sonrisa mínima.
—¿Y tú siempre eres tan arrogante u hoy te estás esforzando especialmente?
El silencio alrededor fue inmediato.
Isabelle cerró los ojos apenas un segundo, resignada.
Dante dio un paso hacia ella y Valentina odiaba admitir lo intimidante que era tenerlo tan cerca. El olor limpio de su perfume se mezclaba con el aroma cálido de ella, vainilla suave y madera, algo elegante que contrastaba violentamente con gasolina y humo caliente.
—No vas a durar mucho acá.
Ella levantó apenas el mentón.
—Eso dijeron en mis últimos trabajos. Todos terminaron necesitándome.
La mirada de Dante descendió hacia la acreditación colgando de su cuello antes de volver a sus ojos.
—Moreau Racing no es una oficina política, princesse de presse.
—Y tú no eres tan importante como para necesitar una niñera internacional.
Uno de los mecánicos soltó una tos nerviosa para disimular una risa.
Por primera vez, Dante sonrió de verdad. Fue algo pequeño, apenas ladeado, peligrosamente arrogante.
—Tienes demasiada confianza para alguien que acaba de llegar.
—Y tú demasiada fama para alguien incapaz de sobrevivir cinco minutos frente a una cámara.
Los ojos grises de Dante se oscurecieron apenas, aunque la sonrisa seguía ahí.
—Veremos cuánto tardas en hartarte de mí.
—Probablemente menos que tú de escucharte hablar a ti mismo.
Durante unos segundos ninguno apartó la mirada.
Lo incómodo no era la hostilidad, era la sensación extraña de que ambos estaban disfrutando demasiado aquella conversación.
Finalmente Dante soltó una risa breve, seca.
—Esto va a ser un desastre.
—Sí —respondió Valentina— pero al menos va a ser entretenido.
Luego él se alejó por el pasillo rodeado de asistentes y mecánicos mientras el aire parecía moverse otra vez a su alrededor.
Isabelle observó a Valentina como si acabara de presenciar un accidente.
—Nunca le habla así a la gente.
Valentina siguió mirando el pasillo por donde Dante había desaparecido.
—Yo tampoco.
Horas después, el circuito explotaba de ruido y adrenalina.
Valentina observaba desde boxes cómo los monoplazas atravesaban las curvas imposibles de Mónaco a velocidades absurdas, rozando los muros por centímetros. Cada vez que los autos pasaban frente al garaje, el suelo vibraba bajo sus pies.
El auto n***o de Dante lideraba cómodamente la práctica.
Número 7.
Los comentaristas gritaban emocionados desde las pantallas mientras él atravesaba el túnel a una velocidad que parecía directamente s*****a.
—Está completamente loco —murmuró ella.
Un mecánico a su lado sonrió con nerviosismo sin apartar la vista de los monitores.
—Así maneja siempre.
La pantalla mostró otra vuelta perfecta.
Primero otra vez.
Valentina buscó automáticamente a Dante dentro del garaje durante la parada técnica. Él permanecía sentado dentro del monoplaza mientras los mecánicos trabajaban alrededor. No hablaba con nadie. No celebraba. No sonreía.
Solo observaba la pista con una intensidad extraña, como si esperara que algo saliera mal en cualquier momento.
Entonces ocurrió.
Un ingeniero se acercó rápidamente al director del equipo y le dijo algo en voz baja. Valentina no alcanzó a escuchar las palabras, pero vio el cambio inmediato en sus rostros.
La tensión.
El miedo.
El director levantó la vista hacia el auto de Dante.
Y por primera vez desde que había llegado, Valentina vio auténtico terror dentro de aquel equipo.
Dante volvió a salir a pista.
Curva uno.
Curva dos.
La salida del túnel.
El motor rugió brutalmente mientras el auto n***o aceleraba entre los muros de Mónaco.
Entonces la radio explotó.
—¡Frenos! ¡Dante, los frenos!
El monoplaza siguió derecho.
Demasiado rápido.
Directo hacia el muro.
Y justo antes del impacto, alguien detrás de Valentina susurró con la voz quebrada:
—Otra vez no...