Desde que lo ví, no pude dejar de pensar en él, solo un vistazo lejano de su anatomía fue suficiente para poner mi mundo patas arriba, para hacerme cuestionar incluso mi lealtad trabajada durante años hacia mi amiga.
Estuve media semana con la cabeza dando vueltas,llena de pensamientos erráticos, intentado buscar una explicación a aquel sentimiento tan raro que me había invadido: era nuevo, único, intenso y peligroso. Tan jodido que solo podía sacarlo de mi como cuando un sacerdote expulsa demonios de un alma en pena, debía exorcisar mi corazón de la misma forma, porque de nada valía; un amor unilateral no podía ser el motivo para una discordia con una amiga tan importante como Nadia, era algo que no podía ni quería permitirme, fué difícil aunque parezca estúpido, ni yo lo entendía, solo lo había mirado una vez desde la distancia, ni siquiera lo conocía pero me estaba costando desligarme de un sentimiento que albergaba en el pecho como una premonición
Por suerte para el jueves ya había tomado una decisión que para mí era sabia en ese entonces: ¡No ví nada, no sentí nada! Seguiría con mi vida, eliminando su imágen de mi mente, él no podría perturbar mi tranquilidad por más tiempo, al fin y al cabo ni siquiera lo había visto a los ojos.
Divagaba como ya era costumbre en esos días: muy en mi mundo interior, pensando en cualquier bobería que es imposible recordar para evitar volver a su imágen, mientras comía algo y de fondo a lo lejos escuchaba hablar a mis amigas; hasta que Cristina me gritó.
—¡Oye!¿Por dónde andas?— me dijo agarrándome por los hombros.
—¿Qué? Ah... nada, pensando en que ponerme el sábado.
—Por eso te pasan las cosas. Estaba diciéndote algo súper importante.
—¡Dime, dime!—le rogué riéndome.
—Tienes un admirador — comentó dándome un empujóncito por el hombro.
—¿Qué?—Pregunté desconcertada. —ojala fuera él—susurré.
—¿Qué? —me preguntaron a coro.
—Nada. ¿Quién es ese tal admirador? — pregunté finjiendo estar interesada y Cristina me respondió.
—Se llama Eric, tiene diecisiete años y es bastante guapo, es amigo de mi hermano. Mari, creo que sería buena idea si te das la oportunidad de conocerlo, tu le gustas mucho y puede que funcione bien y así te olvidas de Tony que ni al caso.
—No sé, tendría que ver—.De forma rápida cambié el tema de conversación para algo muy importante e inminente, un tema que tenía que discutir con ellas desde hacía días pero que con tanto pensamiento sobre el chico había pasado por alto.
—Pronto será mi fiesta de quince años, hay que prepararnos para bailar —dije emocionada.
— Si, ¿Cuándo empezamos? — Preguntó Nadia, muy dispuesta, porque todo lo que tenga que ver con fiesta lleva su apellido.
—¿Al final fiesta? Tú papá es duro, casi no aparece en tu vida y ahora impone sus deseos a pesar de que tú querías una moto; no un cumpleaños— añadió Lidia —pero cuenta conmigo para esto.
Estuvimos hablando sobre los planes y la coreografía por un buen rato, sería de hip hop y este sábado buscaríamos al coreógrafo y a los bailarines acompañantes, armamos un plan bastante rápido entre risas e ideas locas que descartábamos o aceptábamos con cambios.
El viernes las clases terminaron al medio día y nos fuimos a matar el tiempo de la tarde a casa de Cristina. Teníamos planeado ver alguna película pero cuando llegamos su hermano estaba teniendo una fiesta con sus amigos y nosotras sin ponerle peros al asunto nos unimos. Eran unos siete muchachos incluído Pedro el hermano de Cristina, conocía solo a dos más pero no tardé en sociabilizar con ellos. Tras una hora de estar allí, Pedro me llamó a la cocina.
—Marina, ven aquí, hay alguien que te quiere conocer.
Era Eric, lucía atractivo, no voy a mentir, aunque no muy alto, solo lo suficiente para sobrepasar mi cabeza, delgado, de pelo castaño y lindos ojos, me gustó lo suficiente como para quedarme a hablar.
—Hola, soy Eric. — enseguida noté que estaba nervioso.
—Soy Marina. —le devolví el saludo.
—Si, lo sé, me gustas desde hace tiempo, de hecho le pedí a Pedro que arreglara un encuentro y así fue como surgió esta fiesta, me dijo que seguro vendrías.
Me quedé helada, el chico había montado una fiesta para conocerme. Y me sorprendió bastante su ternura y lo sincero que era, no le dió vueltas al asunto para decirme lo que sentía, me pareció una persona decidida y segura de lo que quería y eso son rasgos que admiraba en los demás ya que yo carecía de ellos. Pasé toda la tarde hablando con él y la química era indiscutible entre nosotros. Fue muy divertido y olvidé por un tiempo aquel prohibido sentimiento que me torturó casi una semana.
Como habíamos quedado; el sábado en la tarde fuimos a ver al coreógrafo y agendamos los días de prácticas, compartimos detalles del proyecto y escogimos la música. Tres horas después íbamos de camino a la parada del bus para regresar a nuestro pueblo cuando alguien me llamó a lo lejos.
—¡Marina! —giré y era —¡Eric! —gritaron todas, mientras me lanzaban miraditas pícaras.
—¡Que lindo verte por aquí! ¿Pero, qué hacen por mi barrio?
—¿En serio vives aquí? —pregunté impactada por la coincidencia. —Vine por los ensayos de mi baile de quince años, todos los sábados tendré que venir.
—¿Lucas, te va a ayudar?
—Si. ¿Cómo lo sabes?
—Lo supuse. Entonces, todos los sábados te veré. ¡Me siento en un sueño!
—Adios— lo interrumpí y me despedí de forma abrupta porque el autobús había llegado. Me senté al fondo y vi al chico aún mirándome desde la distancia un poco confundido por mi adiós repentino.
Corriendo llegué a mi casa y pedí permiso para quedarme a dormir con Cristina, esa noche habría pijamada, nos encontraríamos a las cinco de la tarde para cocinar. Después de comida nos arreglaríamos y para la discoteca.