El momento se detuvo y se convirtió en la pintura de un gran artista. Hank y Mina observaban los demacrados y nublados ojos de Marco Coe. Jamás imaginaron que se encontrarían con aquel hombre. La oportunidad se había presentado en bandeja de plata y el detective no la desaprovecharía. Se acercó a Marco y le tendió la mano, pero este lanzó las cosas que cargaba y salió corriendo. Don Rosendo, el tendero, permaneció con los ojos abiertos tras ser testigo de tan extraño comportamiento. Hank y Mina salieron disparados, no iban a permitir que su única oportunidad de dialogar con quien seguramente sabía mucho más que ellos sobre la niña desaparecida se les escapara de las manos. Seguían sus pasos, eran más rápidos, pues seguramente aquél humano había perdido su fuerza junto con su hija. Lo alcan

