El mundo se desmoronó en un grito apocalíptico con meteoros golpeando la puerta. Marco no pudo moverse y Karina abrió, ignorante ante lo que acababa de pasar. Doña Chuya empezó a vociferar, histérica, palabras sin sentido mientras agitaba la cabeza como guajolote, de un lado a otro, escupiendo el terror de sus venas, no puede ser, hijita, Karina, ¡KARINA!, lo siento mucho, tú, tú… pero para la mujer fue suficiente ver el rostro desencajado de la anciana para enterarse de lo que había sucedido. Salió corriendo de su casa, con el corazón en pausa mientras las carcajadas de su niña, su niña del alma que esperaba estuviera bien, resonaban en su cabeza. Se movió tan rápido como una chita y llegó a una explanada frente a la Iglesia donde el desasosiego y el pánico dictaban. No vio a Sofía y lanz

