El suelo era frío y áspero. Su mano se deslizó sintiéndolo y cuando todo su cuerpo se fue despertando, el dolor apareció, intenso como la luz del sol. Pero no había sol en ese recinto, solo la débil iluminación de una antorcha. Mil dagas se le clavaron en cada músculo. Abrió los ojos, aún sin reconocerse siquiera a sí mismo. No había nada más, solo dolor. Poco a poco fue recuperando los recuerdos en orden cronológico. Cuando llegó a los últimos que su memoria guardaba se sobresaltó y se sentó con un aullido; en la espalda llevaba un gran hematoma pintado. Sintió el corte que atravesaba sus labios, el de la sien y el de sus piernas. Estaba adolorido, pero seguía vivo. Movió su cabeza de izquierda a derecha y una pequeña silueta apareció lejos de él. Enfocó su mirada y vio el rostro de la ni

