JACK
—¿Por qué te tardaste? ¡Mierda! —su reclamo me hace arquear una ceja, esbozando una sonrisa cargada de ironía. ¿Quién se cree? ¿Acaso no sabe que el tiempo es relativo en este asqueroso mundo?
—¿Cuál es el maldito lío? —replico, clavando mis ojos verdes en él, desafiantes como siempre. Observo con satisfacción cómo baja la mirada, exactamente como lo esperaba. Los rumores vuelan rápido. Todo el mundo sabe quién soy y lo que represento. Por algo me llaman "el asesino perfecto".
Mi reputación no es gratuita. Con mis 1.90 de estatura y un cuerpo trabajado como una máquina de guerra, domino en el combate cuerpo a cuerpo. Mi puntería es letal, mis movimientos calculados al milímetro. Cada víctima que cae bajo mi mano es un recordatorio de por qué soy el terror de muchos. Mi rostro, frío e implacable, es lo último que ven antes de morir. Y, por extraño que parezca, eso me llena de un oscuro orgullo.
—No tienes ni idea de lo que te estás jugando —murmura él, ahora más calmado, como si intentara apelar a mi sentido común. Su tono sugiere que me está advirtiendo, pero lo único que consigue es aburrirme.
—Tienes que cuidar a la esposa del señor Black las 24 horas, sin fallas.
Una vena palpita en mi frente. Toda mi preparación, mis habilidades, mi historial impecable... ¿Para esto? ¿Para jugar a ser niñero de una ricachona? Aunque sea la mujer del gran Dominic Black, no puedo evitar sentir que esto es un desperdicio.
—No me lo recuerdes —mascullo, lanzándole una mirada cargada de desprecio antes de continuar mi camino hacia la mansión. Putos ricos y sus extravagancias. Jamás he entendido el afán de querer que cada parte de sus mansiones sea más ostentosa que la anterior.
Subo una escalera interminable, cada paso resonando en el mármol pulido como un eco de mi frustración. Al llegar a la oficina de Dominic, entro sin anunciarme.
—Señor Black—saludo con la mínima cortesía, intentando mantener la compostura.
—¡Jack Carter! ¡Hasta que te dignaste a aparecer! —su mirada es como una daga afilada, y su tono deja claro que está al límite de su paciencia. —Tienes suerte de ser mi mano derecha. De no ser por eso, ya te habría disparado en la cabeza.
—El vuelo se retrasó un poco —respondo con indiferencia, manteniendo mis ojos fijos en los suyos. La tensión en el aire es palpable.
Dominic se pasa una mano por su n***o cabello, intentando calmarse. Se nota que está tensionado y no deseo seguir por ese camino.
—Te traje aquí porque no confío en nadie más para ayudarme con esto—dice finalmente, con una mezcla de seriedad y rabia contenida. —No volveré a confiarle a mi esposa a estos ineptos.
Antes de que pueda responder, uno de sus hombres irrumpe en la oficina. Está pálido, sudando, y tartamudea al hablar:
—¡Señor! ¡La señora no sale del baño! Intenté tumbar la puerta, pero no pude.
La reacción de Dominic es instantánea. Lo agarra por la camisa, levantándolo como si fuera un muñeco.
—¡¿Dónde carajos estabas?! —grita, su voz resonando como un trueno.
—Tuve que ir al baño... —masculla el hombre, temblando como una hoja.
No necesito quedarme para ver cómo termina esta escena. Me doy la vuelta y salgo de la oficina. El disparo llega un segundo después, seco y definitivo.
Dominic me alcanza mientras continúo en el pasillo y ambos caminamos hasta la habitación de su esposa. Su rostro denota angustia y aunque trate de entender por qué es tan malo que esa mujer se quede sola, no logro encontrar nada relevante. Cuando llegamos al lugar, el caos es evidente: muebles rotos, la cama ensangrentada, y un silencio perturbador llenando el aire.
—¡Tumba esa puta puerta, Jack! —ordena, su voz cargada de un pánico que rara vez muestra.
No pierdo el tiempo. Con un solo golpe, la puerta cede. La escena que encuentro me deja sin palabras. En la bañera, una mujer yace inmóvil, su piel pálida como la cera, rodeada de un charco de sangre.
—¡Maldición! —mascullo, entrando de inmediato. Esquivo los vidrios rotos mientras me acerco a ella. Tomo su pulso: débil, pero aún está viva.
—¡¿Que carajos hiciste, Isabella?!—escucho a Dominic detrás de mí, su rabia desbordándose en maldiciones.
No hay tiempo para dudas. Utilizo las toallas del baño para improvisar torniquetes, apretando los nudos con fuerza. La levanto en mis brazos, sintiendo cómo su sangre empapa mi ropa.
—¡Sigue con vida, señor! —le informo mientras lo miro de reojo. Su rostro refleja una mezcla de alivio y rabia contenida.
—Llévala a la clínica. Si la dejas morir, Jack, te juro que te mato.
Cargo a la mujer hasta la camioneta en la que llegué, asegurándome de cubrir su cuerpo con una sábana antes de arrancar. Conduzco como un loco, ignorando las señales de tráfico y las miradas de los transeúntes.
—¡MIERDA! ¡Justamente yo tenía que ser tu maldito niñero! —gruño, golpeando el volante. Miro su rostro en el retrovisor, pálido y sereno, como si estuviera dormida.
Lo tiene todo¿Por qué querría alguien asi morirse? Esa pregunta se clava en mi mente mientras acelero, rogando en silencio que aguante un poco más.
Llegamos en tiempo récord. Los enfermeros ya están esperando con una camilla. Deposito su cuerpo en ella, observando cómo se la llevan rápidamente.
En el baño de la clínica, lavo mis manos manchadas de sangre, viendo cómo los tatuajes de serpiente en mis antebrazos vuelven a aparecer. Mi reflejo en el espejo me devuelve una mirada fría, cargada de frustración.
—El gran Jack Carter, reducido a un maldito niñero —mascullo, cerrando los ojos por un momento.
Después de un largo rato, el médico me informa que la mujer sobrevivirá. Entro en su habitación y la veo conectada a diversos aparatos, su respiración estabilizándose poco a poco.
Me dejo caer en un sofá cerca de su cama, sintiendo el peso de la amenaza de Dominic en mi cabeza.
"Por favor, déjame morir"
Sus palabras pronunciadas con un hilo de voz antes de sacarla del baño resuenan en mi mente una y otra vez. No logro entenderlo del todo.
¿Por qué la esposa de Dominic Black desea tanto estar muerta?