Y así fue las buenas noches por parte de mi hermano. Estuve llorando, las cenizas de la nota de Blanca estaban esparcidas sobre mi almohada, como un tonto intentaba reconstruirlas y como un bebé veía como se deshacían en mis manos.
Salió de mi habitación, cerró con fuerza la puerta, yo me cubrí de nuevo de pies a cabeza. Tenía hambre, no sabía de mi madre, no escuché a mis hermanas, esa noche todo estuvo en calma, posiblemente mi progenitor había decidido dejar su agresividad por un par de horas...era lo que necesitaba pero para siempre.
Sólo me quedó mi canica favorita, la debía guardar muy bien, no sea que aquella bestia me la arrebatara luego de mis manos y yo terminaría perdiendo esa calma que me transmitía, era un objeto, eso lo sabía pero significaba mucho para mí.
Dormí durante toda la noche, era la primera vez que lo hacía desde que descubrí en qué mundo me había traído a vivir mi madre. Desperté a las 6.00am, me levanté, me di un baño, me vestí, tomé mis cosas y salí de mi dormitorio. Un silencio ensordecedor, no es buen augurio, me dirigí hacia la cocina y allí estaba mi mamá, preparando el desayuno, estaba sola, así que decidí acercarme para darle un abrazo, la extrañaba. Ella con efusividad llama a mi nombre, me sentí pequeño, acaricié su rostro lleno de esas líneas de expresión que me hacían recordar cuan difícil era su vida. Mi madre me tomó de las manos y me pidió que fuese feliz, que olvidara el daño emocional y físico que nos hacían mi hermano y progenitor a todos nosotros, honestamente esas palabras me eran un tanto fastidiosas a mi oído. Cuando me despedí de ella con un beso, sentí su rechazo, no entendí porqué lo hizo, era bajo de estatura e hice lo que pude para observarla toda, insistía en que debía partir...ese moretón en su cuello era la respuesta que ella ocultaba de mí. No quise cuestionar su actitud, la besé y salí de la casa.
Iba caminando hacia la escuela preguntándome ¿En dónde estarían esos dos imbéciles? ¿Porqué mi mamá tendría ese moretón en su cuello?¿La amarraron?¿La intentaron ahorcar? Era algo que jamás podría saber si ella no se atrevía a confesarlo. Eso sólo causaba ira dentro de mí, me rehusaba a este sentimiento pero no tenía opciones, vivía bajo las sombras de la mismísima bestia y eso no parecía cambiar.
Llegué a la escuela, mis amigos y yo teníamos un saludo bastante particular, muchos reían al vernos pero nosotros nos sentíamos dueños del mundo. El instituto se convirtió en nuestro castillo, Victor en el dragón y por supuesto Blanca sería la princesa encerrada en la torre más alta del castillo.
Entramos al salón de clases, ella guardó un asiento para mí, estrechamos nuestras manos, sólo eso. Su sonrisa era como si me diera un beso en la mejilla, sentí la necesidad de hablarle sobre la nota que me había entregado días atrás pero eso expondría mi vida ante ella, no era conveniente para ese entonces, así que callé.
Las artes plásticas no era lo mío pero al observar a Blanca tan concentrada en sus dibujos, comencé a sentir admiración, me daba vergüenza admitir que se debía a ella y no al tan afamado Pablo Piccaso.
Cuánto atesoro esas horas dentro de la escuela, me sentía dentro de una fortaleza, nadie me haría daño, excepto Víctor pero con él era otro asunto que debía resolver.
Salimos al receso, Blanca me pidió tomarla de la mano, yo me sonroje, no es algo que le propondría a una amiga, eso me había confundido, no sé si serían las neuronas a mi edad, solían decir que nos harían enloquecer y desear a alguien...pero la verdad es que mi único anhelo era que mi progenitor y mi hermano se fueran de la casa.
Sin embargo no pude rechazarla, sabía que todos nos verían pero me hice un caparazón, después de todo sentía que era el protector de mi amiga. Nadie se acerca, nadie comenta y lo mejor es que yo también era custodiado por mis mejores amigos.
Llegamos a nuestra área en donde se respiraba una extensa calma, Blanca me comentaba sobre su vida, sus gustos, sus películas favoritas y yo intentaba recordar todo por cuánto me hablaba. Metí la mano en el bolsillo de mi blue jeans y saqué la canica, le dije cómo me la había ganado y porqué me gustaba tanto. Ella sólo sonreía y yo simplemente le seguía. Era un juego de niños y lo disfrutábamos al máximo.
La invité a jugar a la pelota con mis amigos, ella se reía, decía que eso sólo podían hacerlo los chicos, le insistí "Un juego no tiene porqué encasillar a las personas". Entonces Blanca se quitó su chaqueta de jeans y la amarró en su cintura, tomó mi gorra para ponérsela ella, sabía que sería divertido. Blanca estaba dispuesta a dar la mejor partida de nuestras vidas.
El soccer era un juego en donde muy probablemente caerías al piso y además estarías presto a ensuciar tu ropa pero yo me aseguré de Blanca se mantuviera limpia. Fue gracioso, perdí la cuenta de cuantos golpes me di, estaba hecho un desastre, ¿Desaliñado yo? Jamás pero esa niña de cabellos rizados merecía la pena.
Terminamos de jugar, Blanca estaba sudada, le ofrecí un pañuelo, definitivamente no sé a quién salí tan caballero pero no me molestó en lo absoluto. Ella aceptó y secó todo su rostro, su cuello, sus brazos...y en mi mente me repetía "No será necesario pedir otra nota, este pañuelo será mi amuleto".
Regresamos al salón de clases, me sentía feliz, mi mejor amiga se atrevió a jugar con nosotros, Blanca era una chica muy delicada y que hiciera eso significaba un mundo para mí.
Había perdido la noción del tiempo, cuando me lo pasaba bien, las horas se iban corriendo, de nuevo esas agujas del reloj, no quería pedir al maestro Christopher permiso para ir al baño, era necesario tronar mis dedos, mi cuello, era vergonzoso para mí pero era mi manera de drenar mi angustia.
Aproveché el momento en que Blanca se disponía hablar con una de las compañeras, el bullicio de todos me ayudaba a que el sonido de mis huesos pasara desapercibido.
¿Te vas a tu casa, Jean? Me preguntó Blanca con esa mágica sonrisa. Le respondí que no tenía otro lugar en dónde dormir, tal vez no era lo que debía decir. Ella hizo un gesto como si mis palabras no hubiesen sido de su agrado. ¡Metí la pata! Me repetía en mi mente.
Nos estrechamos las manos y cada quien se dirigió a su casa. En el camino metía mi mano en el bolsillo de mi blue jeans para sacar el pañuelo con el que se había sacado el sudor Blanca, no sé si era una actitud enfermiza de mi parte pero no podría negar que su aroma a pétalos de rosas me hacía viajar a las estrellas.
Llegué a mi casa, giré la manilla y entré, no sé a qué se debía tal celebración pero me encontré a mi progenitor y a mi hermano bebiendo alcohol en la sala, mi madre les estaba sirviendo algo de comer, me llamó para darle un beso y yo me negué. Ella intentó disimular cierta incomodidad pero su mirada siempre la delató. La saludé a una distancia prudente, mi mamá ignoró mi señal de alarma, esos dos no iban a quedarse de brazos cruzados al presenciar su muestra de amor.
Se acercó a mí...detesto no haber olvidado esto...mi padre la tomó de sus cabellos, la sentó sobre sus piernas y le exigió no levantarse hasta tanto él así lo pidiera. Mi hermano se burlaba de ella, sentí que mi sangre comenzaba a hervir, no sé hasta qué punto pude haber llegado para ese entonces si mi madre no me hubiese dicho que conservara la calma.
Escuché a mis hermanas gritar dentro del cuarto de las torturas, no sé cuántas horas podían pasar allí dentro sin comer, sin beber agua. Corrí hacia mi habitación, le metí seguro a la puerta y ansiaba con desespero que mi hermano no lograra entrar de nuevo. Saqué la canica y el pañuelo de mi bolsillo, recordé que tenía un pequeño cofre debajo de mi cama, así que lo guardé allí bajo llave.
Me di un baño, me vestí y me acosté, me sentí un poco mareado, sé que la razón era porque no comía lo suficiente...esto por el miedo de toparme con la bestia y su reflejo (mi hermano). Estaba temblando, no podía dormir, me levanté y abrí el cofre para oler el aroma de Blanca, aunque no era precisamente un bocado que me llevaría a la boca, para ese entonces calmaba mi ansiedad.
Lo guardé nuevamente, me acosté y me quedé dormido. No sé qué hora era pero mi madre llamaba a mi puerta, me levanté y me bajé al piso para ver por la hendija, asegurarme de que ella era quién se encontraba sola frente a mi puerta era importante para mí. Me invitó a cenar, tenía dudas, sentía miedo, me pedía creer en ella. Entonces abrí, me tomó de la mano para ir juntos al comedor, nos sentamos. Aquellos dos se habían ido al patio de la casa, ella había preparado un arroz con pollo, mi platillo favorito, se llevaba un bocado a la boca mientras las lágrimas salían de sus ojos. Le dije que no quería verla sufrir, que comería todo y si lo prefería regresaría enseguida a mi habitación. Logré que se calmara, degustábamos la comida, ¡Todos aquí son unos cabrones! Escuchaba exclamar a mi hermano, sabía que en cualquier momento podría aproximarse al comedor. Comí lo más rápido que pude, los golpes a la mesa del patio en donde ellos estaban tomando me causó nervios, me levanté y salí corriendo a mi dormitorio, antes de llegar a la puerta sentí fatiga, náuseas y mi estómago reaccionó. ¡Esto no está bien!¡Esto no está bien! Me decía mientras intentaba limpiar el piso de la sala. Los pasos de mi progenitor eran lo suficientemente ruidosos como para sentirme al acecho.