CAPÍTULO II

2517 Palabras
¿Sentía miedo? Sí, volver a mi casa y no saber que escena aguardaba por mí. En algunas oportunidades me era difícil concentrarme en clases, había una niña de cabellos rizados y unos ojos de ensueño, ella no era parte de mi grupo de amigos pero cuanto deseaba que lo fuera. Tenía una linda sonrisa y al verla olvidaba el infierno que vivía en mi casa. Su nombre era Blanca James y le hacia honor a su color de piel. Ella...con timidez lograba acercarse a mi, Blanca era una niña muy observadora, sabía cuando esos números en la pizarra eran en mi mente caricaturas, mi rostro me delataba dejando un signo de interrogación y miles de dudas en mi cabeza. Fue especial, intentaba explicarme la lección del día pero yo...yo me perdía en su sonrisa, tengo sólo 10 años y comienzo a sentir algo tan diferente dentro de mí. Llegó el momento del receso, una duración de 15 minutos así que yo opté por disfrutarlo al máximo, mis amigos llevaban un balón a la escuela y juntos jugábamos. Yo siempre fui de esos niños que cuidaba su apariencia y con esto me refiero a que evitaba estar con mi ropa sucia o lucir desaliñado. Ellos se burlaban de mi pero honestamente no me causaba molestias. Suena la campana como señal de que esos minutos habían llegado a su fin. La última clase del día, dentro de poco regresaría a mi realidad. Solía tener una manía, tronar los dedos de mis manos, mi cuello, muchos decían que me podría ocasionar alguna lesión u enfermedad en los huesos pero la verdad es que nunca le tomé atención a los comentarios. El día de clases terminó, salí de la escuela, me despedí de mis compañeros, Blanca a lo lejos se quedó con su mirada fija en mí, yo me puse nervioso y bajé mi rostro. Seguí mi camino a casa, a unos cuantos pasos sonreía, revivía mi tiempo de diversión y a medida que me acercaba a mi lugar destino, era como si hubiera pasado un interruptor en todo mi cuerpo. Entonces comencé a sentir nervios, frente a la puerta de mi casa y sin querer girar la manilla para entrar. Escuché a alguien sollozar y fue allí cuando decidí enfrentar mi día a día. Mi madre sentada en el sofá, llorando, pensé por un instante que se encontraba sola pero escuché la voz de mi hermano, así que preferí encerrarme en mi habitación, me culpo por no haberme quedado a su lado, no sé qué le estaría haciendo, alguna amenaza tal vez. Encendí la televisión y pretendía ver mis caricaturas pero ciertamente la angustia que sentía no me lo permitía. Una hora después mi madre toca a mi puerta para almorzar, cuando lo hacía era porque ninguno de mis hermanos estaba alrededor. Sentado y listo para comer, mi madre me comentó que mis hermanos eran traviesos pero esas lágrimas en sus ojos me demostraron que no sólo era eso. Ella ocultaba algo y no sé si lo mantenía en secreto para protegerme. Al terminar de comer, me levanté y me acerqué para abrazarla. Ella me sonreía y esas líneas de expresión en su rostro denota su preocupación, sus horas de desvelo, sus miedos. Sequé sus lágrimas y le dije cuanto la amaba, me pidió que volviera a mi dormitorio, no entendía el porqué. No me atreví a preguntar, como niño obediente hice lo que pidió. Me dispuse hacer mis tareas, los números finalmente se me daban bien. Horas más tarde escuché unos platos, unos pasos, como si alguien estuviese caminando a velocidad, intenté observar por la hendija de la puerta cuando un fuerte sonido me dejó paralizado en el suelo. Mi padre había llegado a casa, era temprano y eso sólo significaría una cosa..."que estaría dispuesto a hacerles daño hasta que cayera la noche"... ¡Más horas para él! era lo que solía decir. Sus palabras fueron contundentes, "en su ausencia se hacia lo que él pedía". Era horrible escuchar el llanto de mi madre mientras mi progenitor la golpeaba, según el muy nefasto estaba prohibido servirle un plato de comida a mis hermanos, ellos debían permanecer encerrados en una habitación al cual yo le llamé "el cuarto de las torturas" y esto porque al oír a mis hermanas gritar, pedir que no las metieran allí, me di cuenta de cuan escalofriante era estar dentro de esas 4 paredes. Todo esto sucedió por no acatar las normas que mi progenitor impuso. Aquellos platos, esos pasos fueron de mi madre, quien se dirigía hacia el cuarto de las torturas para dejarle a ellos algo de comer. Cuando mi padre regresaba de su trabajo él quería asegurarse de que mis hermanos no se habían llevado un bocado a la boca ¿Y cómo lo hacía?. Él le pedía a mi madre preparar la comida para todos, les abría la puerta y les invitaba a sentarse, si éstos rechazaban lo que estaba en la mesa, era indicativo de que habían incumplido su regla...como consecuencia, darles una golpiza a cada uno e incluyendo a mi madre. Esta discusión se había convertido en la música que conseguía perturbar mis oídos, yo cerraba los ojos e intentaba imaginar a Blanca, la niña de cabellos rizados. Aunque no entendía lo que había comenzado a sentir, sé que pensar en ella lograba calmar mis miedos. A mi edad esta situación era difícil de procesar, mi madre quería resguardar mi vida pero quién corría el peligro en un inicio no era precisamente yo. Mis hermanas y ella estaban expuestas a dos seres despreciables que en cualquier momento y sin mediar palabras podrían ocasionar un daño irreversible. No recuerdo haber cenado esa noche, posiblemente me haya quedado dormido. Si me lo preguntan...los abrazos de mi madre me hacían sentir por momentos seguro y en otros suficientemente temeroso. Ella era un punto clave, mi hermano no debía ver ese gesto de amor, era causante de su ira y mi madre o sabía como lidiar con eso. Eran las 3.00am y de nuevo un grito espanta mi sueño, me cubro de pies a cabeza, una de mis hermanas discutía fuertemente, empecé a temblar, mi hermano exclamaba ¡Maldición! ¡Son unas perras! Escuché golpes y pensé que se los había dado a la pared. No sé cómo lo hice pero me levanté y cerré la puerta de mi habitación con seguro. Después de unos minutos dejé de escuchar algún ruido, intenté dormir pero me fue imposible, así que me dispuse a jugar un video juegos hasta que finalmente el sueño me venció. Otro día más de escuela, recuerdo que era un viernes cuando al salir de mi habitación encontré a mi madre intentando cubrir un hoyo en la pared, imaginé lo que había sucedido. El olor a pan tostado la hizo volver a la cocina, ella lucía perturbada, el café empezaba a hervir y en su distracción se quema con una de las ollas en la que se disponía a hacer una sopa, me acerqué para abrazarla y entonces me di cuenta de que en su pómulo derecho un moretón se dejaba ver, con lágrimas en sus ojos me pide que por favor me retire, que se hacia tarde y debía estar en clases. Tomé mis cosas, salí de casa, ¿Qué ocurrió realmente? ¿Quién golpeó a quién? Eran preguntas que me hacía mientras iba de camino a la escuela. Mi pequeño grupo de amigos me esperaba en la entrada del salón, nos saludamos, tomamos asiento. Me dispuse a escuchar la clase, el profesor de psicología William Graham explicaba sobre "el control de tu genio", se me hizo interesante el hecho de que para poder sobrellevar tu carácter, debes admitir que lo tienes, entendí que mi hermano y mi padre no se atrevían a reconocerlo. Entonces cuando vienen esos ataques de mal genio ellos se ciegan y pueden cometer un grave error. Sentí la necesidad de investigar más a fondo pero ¿Quién podría ayudarme? Hablarle de esto a mi madre sería absurdo, ella simplemente iba a ignorar lo que le diría, ya sea por no creer en mis palabras o por seguir aparentando vivir en una tranquilidad que jamás existió. Por lo general no llevaba desayuno a la escuela pero mi madre lograba guardar alguna fruta en mi bolso junto a los cuadernos, no sé en qué momento ni cuándo lo hacía. Al levantarme del pupitre Blanca se acercó para darme una nota. Ella salió del aula y yo me dispuse a leer, me había invitado a compartir nuestras comidas. Enseguida me dirigí al baño para arreglar mi cabello, me gustaba lucir simpático. Nos encontramos en un área muy poco concurrida, tomamos asiento y ninguno de los dos hablaba. Un niño de mi edad pero que debido a su estatura parecía tener 15 años caminaba hacia mí y comenzó a discutir, él estaba enamorado de ella, nunca había tenido problemas en la escuela pero éste me tentaba. Me empujó y yo caí al suelo, no sabía como dar un golpe, no tenía idea de cómo defenderme. Los gritos de la niña de cabellos rizados hicieron que me levantara, el niño la había bofeteado, sentí como si se tratara de mi madre siendo sometida por mi progenitor. Eso me había causado enojo, tal vez porque lo vi con mis propios ojos. Lo golpeé en su nariz y la sangre empezó a salir, me dijo que algún día me mataría, lo juró. Él se retiró con uno de sus amigos mientras yo secaba las lágrimas de Blanca. Era la primera vez que actuaba de este modo, ¿Sería realmente capaz de defender a mi madre y hermanas de aquellos dos? Lo dudo. La fuerza de estos no es fácil de medir, uno podía atacarme con una botella y el otro con una navaja, ambos bajo el efecto del alcohol, llenos de frustraciones, inseguridades, que algún día me darán la respuesta que necesito saber. Volvimos al salón de clases, lo ocurrido con aquel niño me hizo perder los nervios y acercarme más a Blanca, la veía tan frágil, indefensa, quería cuidarla de todo. Mis compañeros hacían bromas, hablaban entre ellos, decían que seríamos novios y yo para ese entonces no sabía lo que eso significaba. Ella aún lloraba, la maestra sintió curiosidad y preguntó el porqué de sus lágrimas. Uno de mis amigos intervino para explicarle lo sucedido, esta pensó que sería conveniente hablarlo con nuestros padres, por lo cual yo me negué, de manera respetuosa lo expresé. Mi padre no debía saberlo, sea para bien o para mal su reacción terminaría siendo dañina. En esa ocasión tuve suerte, nuestros representantes no fueron citados. Le prometí a Blanca que estaría a su lado dentro del aula y en cualquier área de la escuela, ella sonrió y me estrechó su mano con la mía, nos hicimos amigos y eso me hizo sentir feliz. Y otra vez ese sonido de las agujas del reloj de pared, tronar mis dedos y cuello, parecía ser parte de mi rutina, no lo sé pero me hacia sentir relajado antes de volver a casa. Si pudiera describir lo que pasaba por mi mente en ese cambio abrupto de emociones sería volverte loco en segundos, comencé a cuestionarme...¿Tendré doble personalidad o qué es lo que me ocurre? Nadie podría entenderme. Finalmente llegué a casa, la puerta se encontraba abierta, entré enseguida y vi a mi madre tendida en el piso de la sala, me acerqué e intenté despertarla, mis hermanos estaban encerrad, los escuchaba gritar, me puse nervioso, no sabía si quitarle el seguro a su puerta y dejarlos salir o quedarme junto a mi progenitora. Tomé su mano para sentir las pulsaciones, respiraba y eso era suficiente para saber que estaba con vida. Inmediatamente fui por alcohol, agarré un poco de algodón, lo humedecí y lo pasé cerca de su nariz. A los segundos ella abre sus ojos, la abracé y con ese temor en sus ojos me preguntó si mis hermanos seguían dentro del cuarto, le respondí que así era. Me pidió ayuda para levantarse, se sentó en el sofá y me quedé un rato con ella. Quería hablarle sobre mi día en la escuela pero al encontrarla en ese estado me contuve... "en otra oportunidad" me decía a mi mismo. Regresé a mi habitación y me di un baño, mientras esperaba la hora del almuerzo hacía mis deberes de la escuela, al abrir uno de mis cuadernos encontré la nota que me había entregado Blanca, tenía su aroma, era una extraña pero agradable sensación. Me hacía sentir en paz, me hacía imaginarla, su sonrisa, sus hermosos cabellos, alegraba mis horas y en medio de la tormenta resultó ser mi calma. Las matemáticas era mi asignatura favorita y luego de que aquella niña me explicara una lección, sentí el interés por aprender aún más, tal vez no sabía como luchar contra un bravucón pero sí que podría sobresalir como un alumno con buenas calificaciones. Terminé con mis tareas, tomé unos juguetes y decidí salir al patio de mi casa para jugar, esto nadie lo sabe pero seguía siendo un niño quien de vez en cuando se rehusaba a crecer. ¡No juegues con arena! Escuchaba a mi madre mientras usaba un poco de agua y hacía un fango. Me atreví a ensuciar mi ropa, mis piernas, mi mano y eso estaba bien. Muchos niños a mi edad hacían otras cosas que en definitiva eran malas. Intentaba olvidarme de todo, pretendía ser el conductor de esos vehículos, un derrape, simular un choque, entrar en un pantano, darme a la fuga, competencia y siempre fui yo...el único en el patio jugando en su pequeña burbuja. Mi tiempo era limitado, mi madre sonaba un juego de llaves como señal de que debía darme un baño, almorzar y volver a mi habitación. Antes de entrar le pregunté sobre mis hermanos, ella sólo me decía que debía seguir las reglas de mi padre, insistí en saber por cuántas horas debía ser ese castigo...mi madre optó por quedarse callada. No es bueno que mi hermano se quede encerrado junto a mis hermanas, realmente no quería que lo estuvieran, sé cuan peligroso era él y que yo también podría estar en riesgo de salir lastimado. Podría decir que las torturas de mi progenitor hacía ellos le generaban un sinfín de traumas y a mí de sólo escucharlo hablar. Hice lo que debía y volví a mi habitación. Eran las 6.00pm y ese temor de nuevo invadía mi cuerpo, mi padre llegaría en cualquier momento. Salí para decirle a mi madre, que esa noche no quería cenar, ella al parecer no escuchó mi pedido pero honestamente yo no tenía intenciones de ver a mi padre, por lo que me di la vuelta y regresé a mi dormitorio. ¿Dónde están tus hijos? Era su manera de preguntar por nosotros. Tirar la puerta, lanzar las sillas, era su mejor demostración de afecto. Mi madre le suplicaba que se detuviera pero para él era excitante verla así, nerviosa, angustiada, temerosa y bajo su total dominio.
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