3. La conspiración

4681 Palabras
⚘Capítulo dedicado a Liliana Scarpa⚘ Ximena: Santa jodida mierda... ¡Me he casado! He contraído matrimonio y no con el bombón del príncipe de Malinche, mi prometido desde hace casi diecinueve años, sino con un hombre sexy, característica sumamente importante, mucho mayor que yo, con tatuajes, estando borrachos y después de fugarme del palacio. ¿Me quedó algún error? Ah, sí, perdí mi virginidad. Me van a matar, mis padres me van a matar. ¡ESTOY MUERTA! Mi teléfono suena en algún lado de la habitación, pero no lo veo así que sigo el sonido hasta encontrarlo debajo de la cama. Estiro mi mano todo lo que puedo y, a tientas, lo cojo. Es Betania. ¡Ay, Dios! ¡Ay Dios! Ya se enteraron de que me fugué y sabiendo que es por gusto demorar lo inevitable, contesto: —¿Se puede saber dónde estás? —El grito para nada normal de mi hermana, hace que tenga que separar el móvil de mi oreja y a pesar de saber que ya he sido pillada porque si no, no me estuviese llamando, le respondo. —En mi cuarto... durmiendo. —No me culpen, tengo un miedo del demonio. —Ya... y esa que aparece en todos los canales de televisión, en todos los periódicos de país y en internet contrayendo matrimonio, no eres tú. Las piernas se me aflojan por la impresión y caigo al piso mientras las lágrimas se acumulan en mis ojos. ¿Todos lo saben? —Creo que me voy a tirar del balcón. —Ximena Andrea Martínez Coral, como hagas algo estúpido, bueno, más estúpido, juro que bajo al infierno y te regreso por las greñas. Un sollozo se escapa de mi interior y las lágrimas no demoran en salir. ¿Qué pesadilla es esta? —Ay, Bet, ¿qué...? —Me sorbo la nariz—. ¿Qué he hecho? Mi hermana mantiene silencio confirmando así, mi teoría de que estoy jodida. —Yo no quería... yo solo... —Lo sé, cariño, lo sé. —En una... en una escala del uno al diez... ¿Qué tan enojados están? —¿Realmente quieres saber? —Creo que no. —Escucha, Ximena. El hotel en el que estás está rodeado de reporteros. —Oh, Dios, lo que me faltaba—. Ya enviamos un equipo para sacarte de ahí, así que espera en la habitación y no le abras a nadie, ¿de acuerdo? —¿Y Reni? —Dios, Ximena, ¿cómo pudiste llevarla contigo? —pregunta. Está enojada, pero su tono no es fuerte y por eso es mi hermana mayor favorita. Es muy dulce—. Gracias a Dios, Reni no sale en ninguna foto, así que saldrá después de ti, cuando ya todo esté más tranquilo. Suspiro aliviada al saber que Reni está bien, eso es lo importante. Cuando termino de hablar con mi hermana me acuesto en la cama a esperar mi rescate y un dolor de cabeza horrible, me ataca. Creo que a esto se le llama resaca y tal vez por el susto que me di cuando me levanté, no la noté antes, porque no hay forma que el taladro en mi cerebro haya empezado a trabajar ahora. Tal y como dijo Betania, un equipo de la guardia real llega al hotel y tras una maniobra de película, logran sacarme de ese infierno. El camino a casa transcurre en silencio mientras yo rezo para que el dolor de cabeza desaparezca porque lo que me está esperando en el palacio, promete ser un tormento. Bajo del coche con cuidado de no caer y me dirijo a mi habitación. Necesito un baño antes de enfrentarme a mis verdugos. No llevo cinco minutos en la tina, cuando tocan mi puerta. Supongo que se trata de mi doncella María de los Ángeles, por lo que cuando salgo con una toalla alrededor del cuerpo y otra enrollada en la cabeza, me sorprendo al ver una chica delgada, de pelo n***o súper largo y ojos carmelitas. Jamás la había visto. —La están esperando, alteza. Suspiro profundo. ¿Dónde está mi doncella? Sobre mi cama hay un vestido azul oscuro, aburrido como el infierno que me llega a las rodillas. Justo lo que suelo llevar y que siempre me ha parecido hermoso, pero que luego de ver el guardarropa de Kiara, me sabe horrendo. Sin emitir palabra alguna, me visto y dejo que la chica me peine. No quiero hablar y a pesar de que me muero por saber qué hace ella aquí, decido no preguntar; aunque creo saber la respuesta. María me ayudó a fugarme del palacio, no se quedará sin castigo y eso me duele porque ella no tiene la culpa de mis locuras. Bajo las escaleras con toda la elegancia que me han inculcado a lo largo de los años y antes de entrar al Salón del Trono para enfrentar a mi familia, respiro hondo. —La cuarta princesa de la nación, Ximena Andrea, ha llegado —anuncia el hombre en la puerta y sé que no lo puedo retrasar más. Con más confianza de la que en realidad siento, la mirada en alto, el cuerpo erguido y las manos finamente sujetas delante de mi vientre, atravieso el umbral. El salón es gigante. En el fondo, un cuadro enorme de la familia real de cuando yo tenía trece años, se alza imponente. Encima de un pequeño escenario, está el trono desde donde el rey y la reina me observan fijamente y su rictus serio y enojado, me aterra. A medida que avanzo, cruzo mirada con Bet que me observa preocupada y me dedica una sonrisa para infundirme ánimos. Luego está Alejandra que mantiene la misma expresión de mis padres, supongo que saber que su hija ha sido la cabecilla en todo este plan, no le ha gustado y por último, Mónica. A esta no la entiendo, es la más fría de todas mis hermanas, no creo haberla visto nunca preocupada por nadie que no sea ella y sus tres hijos. Su mirada es aburrida, como si esto no le pudiera importar menos. También está mi institutriz, bueno, mía y de mis hermanas menores, Florencia Franchioni. Es una buena mujer, pero imagino que le han llamado la atención por no sabernos educar. Ridículo. A su lado hay otra mujer y si mi memoria no me falla, creo que es la Notaria que nos casó. ¿Alba era su nombre? Bueno, esa no es la pregunta importante, sino, ¿qué hace aquí? Respiro profundo Me detengo cerca de mis padres, a una distancia de par de metros y hago una reverencia. —Padre, madre. —Pretendía que mi voz sonara fuerte, pero supongo que no puedo esconder los nervios que han invadido mi cuerpo desde que desperté. El silencio en la estancia es desquiciante. Mi madre luce decepcionada y mi padre apenas consigue mantener el enojo a raya. Espero por varios minutos sintiéndome observada, juzgada por los presentes y como sé lo están esperando, me armo de valor. —Lo siento —murmuro. Siempre nos han enseñado que debemos reconocer nuestros errores y asumir la responsabilidad por ellos. —¿Exactamente qué sientes? —pregunta mi padre entre dientes. Ufff, la lista es larga. No quiero hacerlo, me muero de vergüenza ante mis recuerdos y tenerlo que admitir delante de todos, no es para nada agradable. —Fugarme del palacio. —¿Y? —Arrastrar a mi hermana conmigo. —¿Y? —Vuelve a preguntar al ver mi reticencia a continuar. —Ir a una discoteca y beber alcohol... —¿Y? —Madre de Dios, sálveme. —Enrollarme con un hombre que no conozco. —No tenemos todo el día, Ximena Andrea —advierte mi padre y odio que me llame así. —Casarme con él. —¿Y qué consecuencias puede traer eso? —Trago duro mientras mi corazón late a mil por horas. —La ruptura de mi compromiso con el príncipe de Malinche y nuestras relaciones con la nación hermana. —Perfecto, continúa. No, por favor, eso no... No me hagas decirlo. —Pa... padre –murmuro. —Ximena... —Cierro los ojos y respiro hondo. —A... a... acostarme con él... —murmuro bajito con la esperanza de que no me escuche mientras presiono mis manos para evitar los temblores que me sacuden. —¿Te acostaste con él? —pregunta aunque suena más una afirmación y yo bajo la cabeza, avergonzada—. ¿Se puede saber en qué estabas pensando? —Su grito hace que me encoja en mi lugar. Es la primera vez que alza la voz conmigo y sé que lo merezco, pero duele de igual forma. —Yo... yo solo... —¿Tú solo qué? —Y a pesar de que pegunta, no me permite contestar—. ¿Eres consciente de que tu foto sale en todo los periódicos del país? ¿En la televisión? ¿En internet? ¡No hay forma de contradecir esto, Ximena! »No puedo creer que hayas hecho algo como esto. Te hemos dado todo; has tenido cada capricho que has querido, te hemos dado una familia feliz y... —Libertad. —Me atrevo a decir aunque es apenas un susurro. —¿Qué has dicho? Trago duro y me obligo a hablar. Sé que todo lo que diga serán meras excusas, pero ya que estoy jodida, quiero que sepan qué sucede conmigo y mis hermanas. —Nos lo han dado todo, pero no se han dado cuenta de que lo único que queremos, no podemos tenerlo... —Esto es difícil, pero me exijo sostenerles la mirada—. Estamos encerradas en este lugar, vemos nuestra vida pasar ante nuestros ojos sin poder hacer nada. »Desde antes de nacer tenemos nuestro camino planeado, un marido, una lucha entre hermanas para obtener la corona y con el paso de los años solo vemos cómo las cosas se ponen peor, porque cuando cumplimos los diecinueve, nuestro compromiso se hace real y a los veinte nos casamos. »Así ha sucedido con cada una de mis hermanas y no me gusta la vida que llevan... da miedo saber que me convertiré en una versión más joven de ellas y sé que no tengo remedio, que es lo mejor para nuestra nación y que nacer en esta familia tiene responsabilidades, pero… —Trago saliva. »Yo no quería nada... nada de lo que pasó, solo... —Hago una pausa pues en este punto de mi discurso, las lágrimas pugnan por salir y me siento tan mal y tan vulnerable que no las puedo evitar— Yo solo quería conocer al menos una vez qué se siente ser una chica normal. En quince días mi mundo cambiará, conoceré a mi prometido y empezarán los preparativos para la boda y me da miedo pasar por eso sin haber conocido qué se siente vivir. »Las cosas se salieron de control y lo siento, por eso haré lo que sea necesario para arreglar el desastre. Decido callar el resto de mis reproches. Mis padres tienen en sus manos la opción de cambiar todo, ya es demasiado tarde para mí, pero no para mis hermanas menores. Ellos podrían romper muchas de las costumbres que conoce esta nación y que desde mi punto de vista, ya están obsoletas, pero no lo hacen y eso me da rabia. Por eso, si algún día me convierto en la reina, muchas cosas cambiarán. —¿Y cómo piensas arreglarlo? —Mantengo silencio porque no tengo ni la menor idea—. Esto no tiene arreglo. El rey de Malinche llamó a primera hora, están en camino para exigir explicaciones y está de más decir que el compromiso llegó a su fin. »New Mant y el resto del mundo sabe que la cuarta princesa contrajo matrimonio a escondidas. Solo podemos hacer algo para aminorar el impacto y no manchar tanto tu imagen. La estrategia está en proceso. Por algún motivo, eso no me gusta. —¿Qué significa? —Tú y ese hombre anunciarán oficialmente su matrimonio. —¿Qué? —Te casaste con él, Ximena, te acostaste con él. ¿Qué pensabas que iba a pasar? ¿Un divorcio? —Asiento con la cabeza porque eso era justo lo que pensaba—. No podemos admitir que todo este escándalo es producto de tu inconsciencia e inmadurez. »El joven Elián llegó a palacio hace unos meses como apoyo a la fiesta de fin de año que se celebró en el jardín. Era uno de los camareros y la princesa, en su inocencia y afán por conocer personas más allá de las que habitan en el palacio, se mezcló entre los trabajadores durante los preparativos. »Llevaba la ropa de su doncella por lo que era imposible reconocerla, más, si tenemos en cuenta que pocos conocen su rostro y es una chica muy astuta. Así se conocieron y entre ellos hubo atracción instantánea. Él nunca supo quién era ella y pensando que se trataba de una doncella, continuó asistiendo a palacio a encontrarse a escondidas. »Poco a poco fue creciendo entre ellos un sentimiento puro y como la princesa sabía que no había forma de que su familia aceptara esa relación, decidió escapar y casarse. Mi boca se abre sorprendida. Tiene que estar bromeando, no puede pretender que mantenga un matrimonio con un hombre que no conozco, bueno, a Skyle tampoco lo conozco, no obstante, he vivido desde siempre con la idea de que me casaría con él, pero, ¿Elián? Es sexy y todo, pero... me muro de vergüenza si lo vuelvo a ver. —Tiene que haber otra forma... ¿Mamá? —Espero pacientemente a que la reina termine su escrutinio minucioso en mí con la esperanza de que haga entrar en razón a mi padre. —¿Tienes idea de quién es ese chico? —Niego con la cabeza, me parece que la respuesta es más que obvia—. Me refiero a si hablaron algo de su vida durante la noche. —Vuelvo a negar. Nosotros fuimos más originales y pasamos directamente a los "te amo". Dios santo, qué vergüenza tan grande. —Elián Díaz Carvajal, veinticinco años, trabajador de una discoteca, dejó la carrera de Medicina en segundo año y desde entonces solo ha trabajado a medio tiempo hasta que empezó en Infinite Night. Vive con su hermano en uno de los barrios más pobres del país y es padre soltero de una niña de seis años. Mis ojos se abren desorbitados ante esa última declaración. ¡Madre mía! ¿Tiene una hija? ¿Dios, acaso tienes algo en mi contra? ¿Y cómo es que saben tanto en tan poco tiempo? —No pudiste haber escogido uno un poco más... no lo sé... ¿aplicado? Es más, con que no tuviera una hija, estaba mejor. No hay forma de arreglar este desastre y solo para que lo sepas, tu camino a la corona termina hoy. »El pueblo no aceptará una reina que ha escogido sus intereses personales por encima de los de la nación. Para ellos, no eres de fiar y no lo digo yo, han pasado solo tres horas de que la noticia salió a la luz y ya el pueblo se ha pronunciado al respecto. Revisa la página web de la familia real para que entiendas las consecuencias de tus acciones. Era de esperar algo como esto y no sé si la noticia me alivia o me entristece. Nunca he querido ser la reina, ni siquiera quiero ser una princesa, pero si no entro a esa lucha, ¿qué va a hacer de mi vida? Desde que nací me he preparado para ese momento, ¿qué voy a hacer ahora? —Él no va a querer. —Intento agarrarme a esa última esperanza. —Ese hombre tiene tanta responsabilidad como tú en esta situación, aceptará... Yo me encargaré de ello. —La voz ruda de mi padre y el convencimiento en sus palabras me dicen que es mejor dejar el tema. Estoy condenada y no puedo hacer nada al respecto. El silencio se hace en la sala, no queda nada que decir o al menos eso creo yo, pero aún no me han dado permiso para marcharme así que permanezco en mi lugar. Un movimiento a mi derecha llama mi atención. Alba, una mujer mayor de alrededor cincuenta años, de pelo n***o y sonrisa amable, levanta su mano. —Con su permiso, alteza. ¿Puedo saber qué hago aquí? —Solo queríamos que viera cómo ha arruinado la vida de la princesa —contesta mi padre y yo quiero protestar porque no es cierto. La pobre mujer no hizo nada, pero antes de que logre decir algo, ella interviene. —Con todo el respeto que usted se merece, alteza, yo no he hecho más que mi trabajo. No conocía a la princesa, no tenía cómo saber quién era porque como usted bien lo ha dicho, nadie fuera de este palacio la conoce. Para mí solo eran dos chicos, como tantos que pasan por ahí, que querían contraer matrimonio. Yo solo cumplía con mis funciones establecidas en la ley... Ley que ustedes aprobaron. —Debió fijarse en que estaban demasiado tomados, eso es importante. —Respecto a eso, me gustaría señalar algo que creo que no han notado. Si me lo permite, claro. Mi padre observa a la mujer que, con paciencia, le sostiene la mirada. No parece tenerle miedo, me cae bien esta señora. —Adelante. —¿Sabe cuántas personas casamos durante el mes de mayo cada año? Cientos. Llevo diez años trabajando en la Notaría Especial y no podría decirle cuántas personas han pasado por ahí sin revisar las estadísticas, pero sí puedo decirle algo: la princesa no iba bebida, al menos no lo suficiente. ¿Me quiere hundir más de lo que ya estoy? Retiro lo dicho, ya no me cae bien, la odio. —¿A qué se refiere? —Eran cinco jóvenes: los novios, —Mi padre la mira mal ante la palabra, pero ella no se detiene—, otro joven y dos chicas. Ninguno de ellos iba lo suficiente borracho como para impedir la ceremonia, no como otros que he visto con anterioridad. —La mujer da un paso al frente y me mira—. Princesa, ¿en algún momento pensó en lo que podía pasar si contraía matrimonio con ese chico? Niego con la cabeza. —No, en realidad, tenía total seguridad de que lo que hacía estaba bien... que nos amábamos —susurro la última parte. —Desde mi punto de vista y mi experiencia para que hayan hecho todo eso sin tener en cuenta las consecuencias y que ninguno haya pensado que estaba mal, debían estar realmente borrachos, al punto de la inconsciencia diría yo. »Tal vez sería posible que uno de ellos, luego de ingerir suficiente alcohol haya perdido toda la razón, pero es técnicamente imposible que todos hayan bebido la misma cantidad y dado que no todos tienen la misma madurez pues estamos hablando de tres niñas prácticamente, pero dos de ellos tienen veinticinco y veintiséis años, creo que por mucho alcohol, a alguno de los dos hombres se les tenía que haber ocurrido que lo que hacían no era correctas. No sé si me estoy explicando. —No mucho, vaya al grano, por favor. —Creo que estaban drogados. —¿Qué? —chillamos todos a la misma vez, incluso mis hermanas que hasta ahora habían permanecido en silencio. —Yo no tomé drogas, solo cerveza —me defiendo. —Lo que me lleva a pensar que fueron drogados. Tal vez estoy pensando demasiado, pero desde que vi las noticias le he estado dando vueltas al asunto, incluso ahora mientras ustedes conversaban. ¿Cómo llegaron a la idea de que querían casarse? —Un camarero, un hombre de poco más de 30 años... él nos vio y nos dijo que hacíamos una buena pareja, que deberíamos casarnos. —¿Y qué sucedió después? —Intento recordar ese momento... —Todos estuvimos de acuerdo en que era una buena idea y nos marchamos olvidando que estábamos en un restaurante para merendar. —La idea fue impuesta, no se les ocurrió a ustedes, tengo la sensación de que fueron drogados. —Esa es una acusación grave, señorita Mateus. —Lo sé, pero piénselo. La princesa decide fugarse, ¿cómo alguien puede salir de aquí sin ser vista? —Tuvimos cuidado —nos defiendo. Sudamos mucho mientras nos fugábamos, no nos pueden quitar el mérito. —Dudo mucho que hayan podido salir de aquí si alguien no se los hubiese permitido y voy a suponer que no tenías ningún guardia de tu lado —Niego con la cabeza—. Conozco la discoteca Infinite Night, es bastante famosa, fundamentalmente porque sus trabajadores son jóvenes entre diecinueve y veinticinco años y de repente un hombre llega y les da la increíble idea de casarse… ¿Coincidencia? No lo creo. »Otra cosa, alrededor de las doce de la madrugada, dos señores estuvieron en la Notaría. Reservaron todo el lugar alegando que y cito: “personas importantes se casarán en el transcurso de la madrugada”. Yo no soy nadie para decir que no y en honor a la verdad, una noche tranquila en mayo es algo que no se ve a menudo por lo que tomé la noticia gustosa. —¿Y esas personas importantes eran ellos? —Bueno, ella es la princesa, eso a mí me suena muy importante. —Pero nadie me conoce. —Les recuerdo. Esto es una locura. —Yo no sé, es solamente una idea porque no se puede negar que hay cosas raras en todo este asunto. —Padre —interviene Betania—. Tal vez la señorita Mateus tenga razón. —Observo a mi hermana incrédula—. Karen no salió en ninguna foto… todos salieron menos ella; Nany, su amiga y el otro chico, el tal Seth, pero Reni no salió en ninguna. Quien sea que tiró la foto, sabía lo que hacía y dejó a Reni fuera. ¿Por qué? No lo sé. —¿Tal vez es una conspiración contra la familia real? —interviene Florencia—. O sea… ¿Qué acontecimiento importante se acerca? —Hace una pausa breve antes de continuar—: El cumpleaños de la princesa y con ello se cerraba el compromiso y se fortalecían los lazos con Malinche, pero ahora que la princesa se ha casado, ese compromiso ha quedado obsoleto, su prestigio ante la sociedad se ha destruido y su lucha por la corona termia aquí. Además, a no ser que se les ocurra algo para mantener los acuerdos entre las dos naciones, New Mant se verá seriamente afectado con todo esto. —Bueno, enemigos es lo que nos sobra, padre. —Interviene Mónica—. Tal vez ellas tengan razón y todo esto haya sido preparado y si eso es así, hay un traidor en el palacio y debemos descubrir de quién se trata antes de que las cosas empeoren. —Creo que deberíamos hacerle un análisis toxicológico a Ximena y al resto de los muchachos para asegurarnos de que toda esta hipótesis tiene una buena base. —Esta vez es Alejandra, nuestra hermana mayor, la que habla. —Ximena —llama mi padre—. No creas que porque exista esta posibilidad te has salvado de tu castigo, nada de esto hubiese pasado si no te hubieses escapado… —Padre. —Le interrumpe Betania— ¿No cree que es suficiente castigo tener que abandonar la lucha por la corona, mantener el compromiso con ese chico y hacer de madrastra? —Amo a esta mujer, siempre defendiéndome—. Además, ya has despedido a su doncella. —¿Qué? —pregunto escandalizada. Tiene que estar bromeando, o sea, cuando no vi a María de los Ángeles en mi habitación sabía que algo había pasado, pero, ¿despedirla?—. No pueden estar hablando en serio. —Hemos despedido a la señorita Pirela, no po… —¿Por qué? —Lo interrumpo a sabiendas de que lo odia—. Ella no hizo nada malo. —Las ayudó a escapar. —Estaba cumpliendo mis órdenes, no podía negarse —miento, María de los Ángeles más que mi doncella, es mi amiga. —Creo que solo estaba cumpliendo los caprichos de su amiga. —Insiste mi padre. —¡Mamá! No es justo. Aparte de Reni y Nany, María es mi única amiga, la única que no pertenece a mi familia. La conozco hace más de cinco años. —Debiste pensar en las consecuencias de tus actos. —Mis lágrimas pugnan por salir y, por segunda vez en la mañana, no las detengo. Esto me duele, no creo que haya peor castigo para mí que este. —Ella no tiene a nadie, necesitaba este trabajo. —Estará bien. A partir de este momento, tu doncella será Jheidy Gutierrez. Ahora puedes marcharte. Estoy dispuesta a seguir discutiendo cuando mi institutriz, Florencia, se me acerca. —Tranquila, déjalo estar, yo me encargaré de que consiga un trabajo —murmura mientras me conduce por el largo pasillo hasta la salida. La gran puerta se abre y salgo respirando hondo, este día ha sido una mierda de principio a fin. Solo quiero caer en mi cama, dormir y de ser posible, no volver a despertar. No he dado tres pasos fuera cuando me detengo estupefacta. ¿Qué hace él aquí? El hombre con el que me casé, con un pulóver gris que deja al descubierto los tatuajes de sus brazos, su maraña rubia desgreñada y unas ojeras del demonio rodeando sus bonitos ojos verdes, me observa asustado y, a pesar de su porte despreocupado y de su ropa gastada, se ve increíblemente sexy. ¿Cómo hacen las protagonistas de los libros para darse una bofetada mental? Necesito aprender, sin duda ahora me vendría bien una que me vire la cara al revés para no pensar tonterías. El hombre me escudriña completamente y no me gusta la sensación de sentirme analizada. Lleva sus manos a su rostro, restriega sus ojos y luego jala su cabello. —Dios mío, eres una cría. —¿Qué has dicho? —pregunto horrorizada poniendo mis manos en mi cintura. ¿Pero qué se cree este idiota? —¿Cómo pude haberte confundido anoche con una mujer de veintitantos años? ¡Pero si tienes cara de niña! —Y tú de delincuente y no me ves quejándome. La que no sabe cómo se pudo enredar con alguien como tú, soy yo. —¿Ah, sí? ¿A qué te refieres con alguien como yo? —Tatuado, viejo, delincuente, insoportable, de mal gusto —digo esto último refiriéndome a su ropa—. Y mal besador. —Bueno, eso es una gran mentira, pero no tiene por qué saberlo. —¿Mal besador? —pregunta sonriendo incrédulo—. Bueno, no creo que pensaras eso anoche teniendo en cuenta que solo querías hacer bebés. Siento como la sangre se acumula en mis mejillas de la vergüenza y a mi lado Florencia ríe por lo bajo hasta que le dedico mi mirada de muerte. Se recompone rápido, pero el idiota de mi esposo, ríe triunfal. —Fuiste tú quien dijo que me amaba primero. —Tú eras la que bailaba al tubo contra la columna solo para seducirme y lejos de ser sexy parecías una papa estrellada. —¿Seducirte? ¿A ti? No me hagas reír. ¿Debo recordarte que fuiste tú el que me quería follar contra la pared del baño? —¡Ximena! —grita mi madre tras de mí. Ay, Dios, ¿acaso pueden empeorar más las cosas? Mi corazón late acelerado y a pesar de que sé que no debo hacerlo pues ya estoy de problemas hasta el cuello, salgo corriendo por el pasillo ignorando su llamado. Se enojará, pero ahora mismo no resisto un regaño más. Es turno de ese idiota insoportable de pagar por sus errores.
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