No pierdo tiempo, salgo de la barra de la misma forma que entré y la sigo a través de la pista de baile, hasta una de las mesas. Veo cómo le entrega un vaso a tres chicas, dos de las cuales reconozco: la hija del dueño de la discoteca, una menor de edad que tiene sus privilegios porque sus padres le dan más libertad de la que deberían y su mejor amiga, Nany, la hija del expresidente y si no me equivoco, su madre es una de las princesas.
Reconozco que saber quiénes son sus amigas me frena un poco. No es por nada, no me caen mal y definitivamente no sería la primera vez que comparto con ellas, Nany y Seth tienen su historia, nada serio, pero la hay; sin embargo eso significa que la chica bonita es de familia adinerada. Su vestido ya lo decía, pero no sabía que tenía relación con las grandes ligas y yo no quiero problemas. Su gente y la mía, no pegan, somos demasiado diferentes.
Y a pesar de que sé eso, cuando sus preciosos ojos negros vuelven a posarse en mí, olvido todas mis inseguridades. Es mayor de edad y libre de tomar sus propias decisiones; además, tampoco es que esté buscando una esposa o la madre para Pao, solo quiero pasar bien esta noche y parece que ella también.
—¿Elián? —pregunta Nany, sorprendida.
—¿Se conocen? Me dijiste que no.
Entrecierro mis ojos pues no sé a qué se refiere. Nunca me habló de Nany y es entonces que me doy cuenta de que Nany se apellida Mendoza y que efectivamente, la hija del expresidente tiene un nombre distinto.
—Lo siento, yo la conozco por Nany. —Asiente con la cabeza.
—Ella es nuestra amiga Kiara y…
—Yo también lo conozco —responde la mencionada.
—Oh, claro. Esta es Karen, mi hermana. Reni, él es Elián. —La chica que responde por dos nombres me saluda cohibida con un leve asentimiento de la cabeza.
—¿Y tú? —pregunto al ver que no tiene intención de decir su nombre.
—¿Yo qué? —Sonrío.
—¿Cómo te llamas?
—Oh, cierto, lo siento. Ximena Andrea, aunque con decirme Ximena es suficiente.
Está nerviosa y eso me gusta. Hace tiempo no sentía eso en las mujeres a mi alrededor, tal vez porque nunca me interesé en ellas más allá de una relación laboral, pero saber que soy capaz de ponerla en ese estado, me emociona.
Seth llega minutos después, luego de haberle enviado un mensaje avisándole de mi ubicación. Está demás decir la cara de satisfacción que pone al ver a Nany.
Una vez hechas las presentaciones oportunas y acabadas las bebidas, Seth busca otra ronda y cuando regresa, nos adentramos en la pista abriéndonos espacio entre el tumulto de personas.
Sin que piensen que soy un creído, puedo afirmar que soy un muy buen bailarían y es por eso que me es imposible no notar lo incómoda que se siente Ximena en esta situación. Mira demasiado a sus amigas como intentando imitar sus movimientos, pero son muy toscos y creo que se está ofuscando.
No parece hacer esto muy a menudo, de hecho, parece ser la clásica universitaria a la que sus amigas sacan a la fuerza de la residencia y me causa mucha ternura que lo esté intentando. No logro identificar si está ruborizada porque el juego de luces de la discoteca no me lo permite, pero tiene pinta de ser una persona que se ruboriza con facilidad.
Decido apiadarme de ella y, a expensas de terminar con la palma de su mano dibujada en mi rostro por pasarme de listo, la pego a mi cuerpo. Sus ojos se abren sorprendidos y temerosos; no sabe dónde poner sus extremidades así que las guío tras mi cuello y las mías las llevo a su cintura.
Estamos en medio de la pista sin movernos bajo la atenta mirada de su hermana que me mira como si me quisiera degollar. Ceo que no le gusto, pero ignorándola, me acerco a la chica en mis brazos.
—Bajaré mis manos, ¿crees estar bien con eso? —Su cuerpo se tensa perceptiblemente—. Solo quiero guiarte; si no te gusta, las quitaré de inmediato.
Traga fuerte, pero asiente y con cuidado, bajo mis manos hasta sus nalgas pegándola aún más a mi cuerpo y bajo el sensual ritmo de una canción que no reconozco, bailamos pegados hasta que poco a poco se va desinhibiendo.
Canción tras canción, la chica tímida que descubrí, va desapareciendo dando lugar a una más desenvuelta que hipnotiza con cada movimiento hasta el punto de hacerme olvidar quién soy.
He perdido la cuenta de cuántas cervezas hemos bebido, creo que eso también ha ayudado a su cambio, pero no importa, ella no parece pasada de copas, solo una chica que se divierte a lo grande y me alegra ser yo quien la ayuda.
Sus manos se enredan en mi pelo, recorren mi pecho y acarician mi espalda mientras las mías vuelan por todo su cuerpo sin detenerme en ningún lugar en específico. Nuestras respiraciones aceleradas chocan, nuestros corazones bailan al mismo compás, su nariz roza con la mía y en este punto ya no puedo ocultar lo excitado que estoy.
Cada vez que nuestros ojos se encuentran, los de ella escondidos entre mechones de su cabello, parece que saltan chispas a nuestro alrededor. Su boca provoca a la mía al acercarse tanto, mis labios besan y muerden sus mejillas y quiero besarla… Me muero por besarla, pero debo admitir que la provocación aumenta las ganas y por eso espero a que ella no resista más.
Su lunar se mueve cada vez que sonríe y sin poderme resistir deposito un cálido beso sobre él, sus labios se abren y una suave exclamación sale de ellos haciéndome perder todo mi autocontrol. Acuno su rostro entre mis manos y sin dejar de movernos al compás de la música, le pido permiso con mi mirada y cuando sus ojos se cierran, sé que me lo ha concedido.
Mis labios acarician los suyos con lentitud, saben a cerveza y a menta, una combinación deliciosa que vuela mis sentidos. Nuestras narices estorban, nuestros dientes chocan, pero creo que es hermoso; mi lengua busca la de ella que sale a su encuentro con caricias tímidas, torpes, como si no supiera lo que hace y eso despierta un deseo irrefrenable.
Guío su lengua con la mía, primero suave para que se acostumbre y sepa lo que tiene que hacer, para luego profundizar el beso que se vuelve intenso, ardiente, necesitado enviando un frenesí de sensaciones por todo mi cuerpo que nunca pensé volver a sentir.
No nos movemos, solo nos devoramos y es como si el resto de las personas en la pista desaparecieran. Bajo mi mano acariciando su brazo hasta su cintura y la acerco más a mí queriendo fundir su cuerpo con el mío y ella responde con un dulce gemido que me hace vibrar.
Apoya sus manos en mi pecho y poco a poco se separa de mí. Sus ojos me observan sorprendidos, confundidos, pero brillando de deseo, justo como sé que está los míos.
Sus amigas, incluyendo su hermana, nos observan con la boca abierta de par en par y ella parece cohibida, pero cuando Nany levanta sus pulgares, sonríe y me mira. Es hermosa.
Cogiendo su vaso de la mesa, termina lo que queda de su bebida de un trago.
—¡Necesito ir al baño! —grita para hacerse oír sobre la música.
Asiento con la cabeza, la cojo de la mano y la guío a través de la multitud. No sé si la idea le gusta, pero no voy a dejarla sola; sé la clase de personas que acostumbran a venir a esta discoteca y ya me ha quedado bastante claro que no suele visitar estos lugares muy seguido.
La espero en la puerta por cinco minutos y cuando sale, me sorprende tomando mi mano. Las próximas dos horas transcurren entre bailes, besos y cerveza. Cuando son cerca de las dos de la mañana, comienzo a sentir que algo no anda bien. No estoy mareado, bueno, no tanto teniendo en cuenta el nivel de alcohol que debe haber en mi sangre, pero lo que me alarma es el hecho de que hace un segundo estaba bailando y ahora estoy en la puerta del baño esperando por ella nuevamente.
Estoy un poco desorientado, pero no le doy importancia al asunto pues cuando la vuelvo a ver, sus manos se enredan en mi cuello y me besa.
Ya no tiene miedo, ahora parece una experta. Su lengua provoca la mía con una desfachatez increíble y como tantas veces en la noche, sucumbo a su baile sensual. Sin dejar de besarla, caminamos hasta que su espalda choca contra la pared, presiona su pelvis contra la mía, mientras sus ávidas manos recorren mi pecho. Abre tres botones de mi camisa mientas su boca baja con besos húmedos por todo mi cuello.
Mis manos descienden hacia sus nalgas y por primera vez en la noche, me atrevo a ir debajo de su vestido apretándolas con fuerza, pero sin llegar a hacerle daño. Un gemido de placer se escapa de ella. Vuelvo a tomar su boca, a devorarla con las ganas irrefrenables que tengo y deseoso de sentir un mayor contacto, la alzo por sus muslos y ella enreda sus piernas tras mi espalda.
El calor de su cuerpo contra el mío, me hace delirar, pero ese placer dura poco pues una voz chillona, nos devuelve a la realidad.
—¡Búsquense una habitación! —Una chica, bastante despeinada, nos mira como si tuviese ante sí la imagen más desagradable de su vida y yo caigo en cuenta de la situación tan comprometedora en la que nos encontramos.
Estamos fuera del baño para mujeres a la vista de todos, con Ximena apoyada en la pared y sus piernas alrededor de mi cuerpo, mientras nos devoramos el uno al otro. Solo faltaba meter mi mano ente sus piernas para que esto fuera realmente perturbador.
Sacudo mi cabeza confuso, no sé qué carajos me pasa. ¿Cómo pude perder el control de esa forma?
Ximena se ríe nerviosa, la ayudo a ponerse de pie y acomodar tanto su ropa como su cabello hecho un desastre para luego regresar con nuestros amigos a la pista de baile.
Cerca de las tres de la mañana decidimos comer algo por lo que nos trasladamos al cuarto piso de la discoteca donde hay un pequeño restaurante. Todo está repleto, pero si eres amigo de la hija del dueño, tienes ciertos privilegios.
—Deberíamos hacer esto más a menudo —dice Nany de repente y yo estoy completamente de acuerdo.
Seth cruza su brazo sobre los hombros de la chica y ella solo sonríe. ¿Qué ha pasado entre esos dos o mejor, dónde estaba yo que no lo vi?
—Lástima que nosotras no podamos —comenta Ximena con un suspiro.
Estoy a punto de preguntarle a qué se refiere, cuando un hombre se nos acerca. Lleva la ropa de camarero y una libreta pequeña para anotar.
—¿Qué van a pedir?
Los cinco nos decidimos por el sándwich especial, no sé todo lo que trae, pero las chicas dicen que está delicioso. Antes de marcharse, el hombre centra su mirada en el agarre de mi mano con la de Ximena.
—Hacen una bonita pareja. De hecho, la mejor que he visto esta noche. Si se aman deberían casarse.
—¡Esa es una excelente idea! —exclama Reni golpeando la mesa con fuerza, sobresaltándonos a todos.
—Yo también creo que es buena idea —comento mirando a Ximena que sonríe preciosamente—. Nos amamos, ¿no? Yo creo que te amo.
—Yo también te amo.
—Perfecto. Deberían aprovechar… están en el Dream Park, hay una notaría dispuesta a toda hora para celebrarlo —propone el camarero con entusiasmo.
—Ahora solo nos queda encontrar un día especial.
—¡Estamos en mayo, joven! Los treinta y un día son especiales. ¿Qué les impide hacerlo ahora?
—Nada —responde Ximena.
—Pues, ¿qué esperan?
—¡Vamos a casarnos, digo, a que se casen! —grita Nany y olvidando que estábamos a punto de merendar, salimos del edificio, eufóricos, mientras planeamos todo lo que podemos hacer.
Media hora después, llegamos a la Notaría y me sorprendo al ver que no tenemos que esperar; este lugar siempre está repleto de locos enamorados como nosotros.
Hablamos con la Notaria que nos indica que no hay ningún inconveniente en celebrar el matrimonio. Seth será uno de mis testigos por ser mi mejor amigo, Reni, no puede porque es la hermana de Ximena; Kiara es menor de edad y Nany se niega por alguna razón que no nos quiere decir, pero que tengo la sensación de que Ximena sí conoce. Así que en su lugar, una trabajadora de la notaría, se brinda para ser la otra testigo: Paola Pérez.
A Seth y a mí nos llevan a un cuarto diferente de las chicas para arreglarnos. Al parecer Ximena ha escogido la temática de las hadas y por tanto a mí me toca ser un elfo. Me ponen unas orejas plásticas, grandes y puntiagudas y para rematar, me obligan a quitarme los zapatos y ponerme solamente un traje verde oscuro con un cinturón carmelita, una capa gris y en la espalda un arco. No me veo tan mal.
Mi amigo se viste parecido y luego somos enviados al salón principal donde me dan a escoger varios anillos. Me decido por uno plástico, con el aro verde y una flor blanca en el centro. Es el más bonito y el más barato.
Esperamos por las mujeres una larga media hora, pero por suerte, la atención es buena y además de un licor de menta, nos brindan varios aperitivos. Cuando Ximena entra casi me atoro con la rosquilla que acababa de ingerir. Parece un hada real. Lleva su mismo vestido, pero al igual que yo, viene descalza. A su espalda, unas alas rosa pálido y enormes le dan un aire mágico y sobre su cabeza una tiara de flores blancas, el pelo suelto y mucho brillo en su rostro.
Camina hacia mí con una sonrisa, cojo su mano y nos acercamos a la Notario sonriendo. Tomamos asiento y la mujer ante nosotros abre el libro de matrimonios y comienza a leer. Cuando llega a los derechos y deberes de los cónyuges me alivio, es bueno saber que ya no me tocarán todas las tareas de la casa sino que Ximena tendrá que ayudar. La ley lo dice.
—¿Persisten en la idea de contraer matrimonio? ¿Se quieren casar? —pregunta la Notaria cuyo nombre creo que es Alba, o al menos así la llamaron hace un rato.
Asiento emocionado. Ha sido una boda muy bonita, pequeña, pero bonita.
—El anillo, por favor. —Respondiendo a la petición de la mujer, saco el anillo de mi bolsillo y se lo pongo.
Sin esperar la orden de la notaria, beso a mi esposa y ella me lo devuelve con el mismo fervor.
—¿Feliz? —le pregunto.
—Sí. ¿Podemos ir a hacer bebés ahora? —Las risas no se hacen esperar a su comentario y ella baja la cabeza, avergonzada.
—Aún no. Hay que festejar primero, pero sin duda, de hoy no pasa.
—Primero tienen que firmar el libro.
Una vez firmado, somos trasladados a un salón de fiesta donde, a parte del pastel, hay muchos dulces que no tardamos en asaltar. Tenemos hambre.
Decido no beber más pues no quiero quedarme dormido en nuestra noche de bodas, así que me decido por beber refresco de… no sé de qué es, pero está delicioso.
La música comienza a sonar y las chicas bailan descontroladas en el centro de la pista. En algún momento, Nany comienza a bailar alrededor de una columna mientras invita a sus amigas. Ximena es la primera en aceptar la invitación.
Mueve sus caderas contra el poste, se sujeta a él, lanza su cabeza hacia atrás de modo que el pelo casi le arrastre al piso. De forma sexy se quita las alas y no sé si piensa que la columna es un tuvo para bailar erótico, pero comienza a trepar por ella. Como es lógico, no ha subido ni cincuenta centímetros cuando cae al piso golpeando su trasero.
Todos paran de bailar ante su grito de dolor, pero se levanta con rapidez y sigue como si nada. Desde mi lugar, le chiflo y le grito lo hermosa que es.
En algún momento y sinceramente no sé cómo, me encuentro en el centro de la sala, solo, meneando mis caderas bajo la atenta mirada de mis amigos mientras desabrocho los botones de mi camisa. Creo que estoy haciendo un estriptis.
¿En qué momento me quité mi traje de elfo?
Las chicas gritan entusiasmada cuando la pieza resbala por mis hombros y mis tatuajes quedan a la vista. Pongo mis manos en la cintura justo encima de mi cinturón, pero no recuerdo qué sucede después. Solo sé que de repente estamos al frente de la notaría, parados encima del techo de uno de los autos estacionados, tirándonos una selfie.
—¡Te amo! —grito de repente.
Ximena se ríe y con cuidado la ayudo a bajar. Una vez sus pies están en tierra firme, grita:
—¡Vamos a hacer bebés!
Y aceptando su pedido, la cargo en mis brazos y salgo corriendo por la acera con ella gritando como loca. No sé si es suerte o desgracia, pero a partir de ahí, la noche se torna realmente borrosa.
~☆~
—Madre santa, Elián. ¿Qué demonios hiciste? —pregunta Seth cuando apago el televisor.
Pao me mira curiosa, esperando una explicación que no sé cómo darle, porque ni yo mismo entiendo cómo sucedió todo eso. ¿De verdad me he casado?
—¿Lo recuerdas? —le pregunto.
—Algo, está borroso, pero sin duda recuerdo más que hace un rato.
—Creo que me he jodido.
—¿Tú crees?
El timbre de la puerta suena, sobresaltándome, y aturdido por lo que acabo de descubrir, la abro.
Tres hombres me observan curiosos y si no fuera por lo mal que me siento, les hubiese cerrado la puerta en la cara al ver que visten los uniformes de la guardia real.
—¿Elián Díaz Carvajal? —pregunta uno de ellos y yo asiento con la cabeza—. Necesito que venga con nosotros.
Creo que estoy muerto.