Las compuertas se abrieron y nos besamos frenéticamente, gritando en la boca del otro. Apretamos nuestros coños con tanta fuerza que pensé que nuestras caderas se romperían por la presión. Podía sentir nuestro semen caliente empapando nuestras bragas y mezclándose entre nosotros. Nos mecimos y nos movimos con desenfreno, desesperados por sentir cada sensación de placer crepitar dentro de nosotros.
Ambos caímos hacia atrás, jadeando con dificultad, con las piernas aún entrelazadas y las bragas pegadas. Me acaricié los pechos con suavidad, desviándome de la increíble euforia s****l. Podía sentir a Karli temblar aún. Me encantaba verla correrse, ya que siempre parecía estar sufriendo un ataque de puro placer. Mis propios orgasmos, aunque igual de potentes, no eran tan espectaculares visualmente.
—¡Mierda—, dijo sin aliento, todavía boca arriba. —Esa sí que estuvo buena. Coger con las bragas siempre nos daba orgasmos increíbles, ¿verdad?
Asentí. —Lo he probado con otras chicas y es genial, pero nunca tan bueno como contigo.
—Mmm, me alegra saberlo—, ronroneó mientras se agachaba y acariciaba nuestras bragas empapadas. —Dios, me encanta...
Nos quedamos así unos minutos más antes de levantarnos y limpiarnos. Karli no había traído bragas de repuesto, así que tomó prestadas unas mías, no sin antes insistir en que las usara unos minutos para estar con ella durante el almuerzo.
Me estaba poniendo unas bragas limpias cuando la vi mirando por la ventana de mi habitación hacia el jardín. Algo parecía llamar su atención.
—¿Qué miras?—, pregunté mientras me ponía una camisa, pensando que ya era hora de vestirme.
Tenía una mirada pensativa. —¿Tu padrastro está bien?—, preguntó. Ladeé la cabeza, confundido, antes de ir a ver con mis propios ojos de qué hablaba. Efectivamente, mi padrastro estaba sentado en una silla en el patio trasero, con un libro en el regazo. Pero tenía los dedos apretados sobre los ojos, como si estuviera sumido en sus pensamientos.
—Supongo que sí—, dije con incertidumbre, sin saber aún a qué se refería. Karli era bastante sensible a las demás personas y a su estado. —O sea, parece que está pensando en algo. ¿Qué tiene de malo?
—No es lo que hace, sino cómo lo hace—, respondió. —O, mejor dicho, se trata de cómo intenta disimularlo.
—Bueno, incluso para ti eso fue bastante raro—, señalé. —¿Podrías ser un poco más directo?
—Tu mamá murió hace poco más de un año, ¿verdad?—, dijo. Asentí, pues Karli sabía tan bien como yo que había pasado un año y pico desde que mi mamá murió. Estaba devastada y ella había sido mi mejor amiga durante ese terrible momento, siempre a mi lado, consolándome.
—Ya casi lo has superado—, dijo en voz baja, sin dejar de observarlo. —No... no creo que tu padrastro lo haya hecho.
Lo pensé un momento y luego me encogí de hombros. —¿Cómo se supone que debería estar? ¿Feliz y animado?
—No, solo creo que está ocultando lo herido que está, Evie—, aclaró. Era evidente que estaba preocupada, porque nunca usaba mi nombre ni siquiera un diminutivo a menos que hablara en serio. —Creo que está tan herido y agonizante como el día que ocurrió. Hay algo en sus ojos, algo detrás de ellos. Ese hombre está tan perdido y solo...
Me tapé la boca con la mano y me escocieron los ojos al sentir las lágrimas. Había llorado muchísimo por mi pérdida, por mi madre, pero creo que últimamente no había considerado cómo se sentía realmente mi padrastro. Es decir, sí, obviamente la extrañaba, pero ¿de verdad estaba tan perdido sin su amor en su vida?
—Da un buen espectáculo—, continuó. —Es el mismo chico servicial y alegre de siempre, al menos en apariencia. Pero creo que es un espectáculo, un escudo. Se protege, ocultando el dolor a todos.
—¿Incluso yo?—pregunté horrorizada ante la idea.
—Sobre todo a ti—, dijo en voz baja, girándose para mirarme y tomándome la mano. —Eres lo único que le queda en este mundo y siente que su agonía es debilidad. No puede ser así delante de ti. No soy vidente, Eve, pero apuesto a que si me miras con atención, verás que tengo razón. No quiero serlo, pero me preocupa tu padre.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?— pregunté.
—Unos meses—, admitió Karli. —Pero no quería decir nada hasta estar segura de que tenía razón.
—Pero... si lo hubiera sabido hace unos meses, quizá podría haber hecho algo para ayudarlo—, murmuré, sin enfadarme con ella, pero con la necesidad de expresarlo. —Yo he tenido a todos mis amigos apoyándome y él no ha tenido a casi nadie así. ¿Y si hubiera podido hacer algo antes?
—¿Qué habrías hecho tú?— preguntó suavemente.
—Yo... no sé...— admití, mirando por la ventana a mi padre.
***
—¡Hola, señor Sturm!—, gritó Karli al pasar junto a mi padrastro, de la mano. Apartó los dedos de sus ojos, nos miró un instante y luego sonrió amablemente.
—Hola, chicas —dijo alegremente, como era habitual en él—. Karli, ¿te quedas a comer?
—Oh, no puedo, señor, pero gracias por la oferta—, dijo Karli, devolviéndole la sonrisa. —Almorzar con mi mamá, lo mejor de mi semana, no.
—Vaya, Karli, tu mamá es una señora muy amable —respondió mi padrastro, levantándose y sonriéndonos—. Solo que... es un poco juguetona de vez en cuando.
Karli levantó una ceja. —De vez en cuando.
—Bueno, vale, solo cuando esté despierta—, dijo mi padre, haciéndonos reír a ambos. —No es que tenga intención de averiguarlo personalmente, claro está.
—Me gustas demasiado como para que mi mamá te acose, señor—, dijo Karli antes de acercarse a él y darle un fuerte abrazo. Para mi padrastro, no se sintió incómodo con esta inesperada muestra de cariño de una niña de menos de la mitad de su edad. La abrazó un momento y luego la soltó. Karli me besó en la mejilla y me dijo adiós con la mano mientras cruzaba la puerta que daba a nuestro patio trasero y a una callejuela.
—Es una chica simpática, tu amiga Karli—, dijo mi padre con naturalidad mientras volvía a sentarse en su silla de jardín. —Siempre lo ha sido.
—Pues claro que la conoces de toda la vida, papi—, dije entre risas mientras me arrodillaba junto a su silla y le daba un sorbo a la lata de refresco que estaba en la mesita. Fruncí el ceño al sentir el sabor a azúcar. —No deberías beber esta porquería, papi, te hace daño.
—Uno no me hará daño— dijo con sensatez. —No es que me beba cinco o seis al día, ¿sabes?
—Lo sé—, dije en voz baja. —Pero no estás en la misma forma que antes, apenas has hecho ejercicio. Tu metabolismo no te lo perdonará para siempre a tu edad.