Capítulo 1
⚠️⚠️ Advertencia: todos los personajes de esta historia son mayores de 18 años, no es su padre es su padrastro, en algún punto deja de referise a el como padrastro y le dice papá ⚠️⚠️
—Hola, cariño, ¿qué haces?—, preguntó Karli mientras entraba tranquilamente en mi habitación. Le sonreí desde la cama y dejé el libro. Se arrodilló y me dio un beso en la mejilla, algo que uno esperaría de chicas que han sido mejores amigas durante mucho tiempo.
—Namuch, solo la estúpida tarea de cálculo—, respondí. —Odio esta mierda.
—Uf, tú y yo —coincidió mientras se dejaba caer en la cama a mi lado, mirando al techo—. ¡Totalmente mal! Pasar el verano haciendo cursos extra para obtener créditos.
—Entonces, ¿tú y Jer ya no se divierten?—, pregunté, sonriéndole.
—No, resultó ser el idiota que me advertiste—, suspiró. —O sea, tenía la polla bien, pero se estaba volviendo un poco dramático. ¿Quién tiene tiempo para esas tonterías? No valió la pena aguantar el polvo.
Me reí de su incomodidad. No teníamos clases en línea los martes, así que preferí ponerme al día con mis estudios en mi habitación, en lugar de ir al otro lado de la ciudad. Fruncí el ceño al ver su atuendo. —¿Qué pasa con la nostalgia?
Se incorporó a medias y sonrió, agitando una mano como si nunca la hubiera visto. Era nuestro antiguo uniforme de gala del instituto, con chaqueta azul y falda plisada a cuadros. «Solo quería ver si seguía siendo sexy, así que me lo puse».
Me reí. —Eres una zorra. Y sí, te ves súper sexy con él puesto.
—¿No crees que mis pechos son demasiado grandes para eso?—, preguntó, señalando su busto, cuya parte superior sobresalía de la ajustada camisa blanca. Era evidente que ya no podía abrochar el blazer.
—Solo es una mejora si lo son—, dije para tranquilizarla. —¿Recuerdas lo holgado que estaba el uniforme cuando nos lo probamos por primera vez?
—Sí—, murmuró Karli con tono sombrío. —Me costó una eternidad conseguir que un chico me cogiera porque no se veía mi cuerpo debajo de toda la tela.
—Nunca me detuviste—, dije suavemente, mirándola con picardía.
—Bueno, siempre fuiste mi polvo favorito durante toda la prepa...—, ronroneó mientras se arrodillaba frente a mí, con los ojos llenos de deseo. Me miró de arriba abajo; llevaba una camiseta larga a modo de camisón, con bragas debajo. Me agarró el bajo de la camiseta y me levanté un poco el trasero, permitiéndole que me subiera la camiseta hasta las caderas.
—¿Tienes algún impulso que necesite atención?—, susurré, sintiendo de repente la oleada de calor que acompañaba a la excitación. Las matemáticas podían esperar. Follar con Karli ahora tenía prioridad.
—¿Qué puedo decir? Sacas la zorra lesbiana que llevo dentro—, respondió, acercándose de rodillas. —Ni siquiera tenía pensado follarte cuando pasé por aquí, pero verte despatarrada sin pudor en la cama me ha puesto cachonda.
—Bueno, ¿quién soy yo para trivializar tus necesidades? —gemí mientras se inclinaba y me besaba, con las manos a ambos lados de mi torso. Estaba recostada sobre unas almohadas, así que estábamos cara a cara mientras ella se arrodillaba. Labios entreabiertos y lenguas entrelazadas en un saludo íntimo y familiar. El calor que me rozaba la piel me hizo sentir profundamente lo mojada que estaba. Sentía sus pechos chocar contra los míos mientras la blusa blanca de su colegio no los contenía.
—Dios, me encantan tus tetas —susurré durante el beso, mientras las ahuecaba suavemente a través de la tela de su camiseta y sujetador—. ¡Están tan grandes!
—Igual que el tuyo—, murmuró, acercándose más a mí. —¿Recuerdas haber entrado a escondidas en la sala de revelado del ala de artes y haberlos frotado?
Me estremecí al recordarlo, apretando sus pechos con más fuerza. —Mierda, sí, pero... ¿tienes tiempo para follar? ¿No tienes tu comida semanal con tu mamá en una hora?
—Haremos un polvo rápido—, dijo, rompiendo el beso al tiempo que se agachaba para levantarse la falda. —Me dará algo en qué pensar mientras ella parlotea sobre el trabajo y el chico nuevo y guapo que le llamó la atención en la oficina.
Amaba a Karli con locura, pero era bastante obvio de dónde había sacado esa actitud desenfadada con respecto al sexo: su madre era, o al menos lo sería si se cuidaba, una puma, siempre al acecho desde su último divorcio. El problema era que no hacía ejercicio ni cuidaba su figura, así que probablemente solo le quedaba fantasear.
No fue así con Karli. Su hija estaba buenísima y me puso muy mojada. —¿Y qué queremos hacer entonces?
—Ha pasado tiempo, pero...— murmuró. Se arrodilló cerca de mí y me acercó las caderas. Apretó sus bragas contra las mías y empezó a mecerse. Ya teníamos una pequeña mancha húmeda en las bragas y seguía creciendo.
—Mmm...—, gemí cuando se inclinó y me besó de nuevo, tomando su rostro entre mis manos. Retorcimos nuestras vulvas cubiertas por las bragas, sintiendo nuestros labios húmedos rozarse a través de la tela pegajosa. Lo habíamos hecho incontables veces, algo rápido y fácil, sin apenas rastro de nuestra mala conducta. Lo habíamos hecho en la escuela más veces de las que podía recordar, metiéndolas en aulas vacías, vestuarios o simplemente en el armario del conserje, levantándonos las faldas y retorciéndonos las vulvas hasta corrernos.
—Joder, te sientes tan bien—, susurró Karli durante el beso. —Dame tus tetas...— Me subió aún más el camisón para exponer mis pechos, mientras yo le desabrochaba el sujetador y le quitaba la camisa, liberando sus tetas por completo. Con un escalofrío y un jadeo, nos apretamos con fuerza, nuestros pezones sobresalían y se rozaban.
Moví mis caderas en círculos contra las suyas, observando cómo la tela húmeda de nuestras bragas se pegaba. Podía sentir sus labios vaginales rozando los míos a través de la ropa interior, la sensación me llenaba de escalofríos mientras follábamos.
Metió la mano bajo mi trasero y me acercó más hasta que estuve en su regazo mientras ella se arrodillaba. Le rodeé la cintura con una pierna, manteniendo mi coño pegado al suyo mientras nos retorcíamos. Nuestras bocas se encontraron con avidez y nuestras lenguas se hundieron mientras nos besábamos. Mis manos recorrieron su espalda y bajaron hasta sus nalgas mientras ella acariciaba las mías con creciente fervor. Se sentía tan bien volver a follar con Karli; parecía una eternidad, aunque solo habían pasado dos semanas, como mucho. Nunca estábamos demasiado ocupadas para follar.
Echó la cabeza hacia atrás y jadeó mientras se frotaba y se retorcía el uno contra el otro, sin intentar prolongar nada. Solo queríamos corrernos juntos, lo más rápido y fuerte posible. Un sudor caliente se acumulaba en nuestros cuerpos y empezamos a temblar, sintiendo la exquisita acumulación.
—Joder...—, gruñó con los dientes apretados mientras apretaba su coño con más fuerza contra el mío. —¡Me voy a correr como un tomate!
—¡Yo también!—, jadeé, sintiendo lo que sentía. Mi cuerpo ardía y tendría que esforzarme para no gritar al correrme. —¡Córrete conmigo, Karli!