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Las hermanas y el sexy abogado

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Descripción

Francisca Miller ha estado marcada por el infortunio desde su nacimiento. Enfrentando la pobreza y el dolor, pierde a sus dos padres en circunstancias devastadoras. Como si eso no fuera suficiente, su madre les deja una deuda millonaria que, de no ser saldada, podría arrebatarles el único sustento que las mantiene a flote: su amada pastelería.

Francisca no está sola en esta lucha. La acompañan sus dos hermanas: Carolina, dulce y amable, y Samantha, una joven de gran belleza que sueña con ser modelo, pero que es la más audaz de las tres.

El destino las lleva a cruzarse con Wade Smith, un abogado talentoso, apuesto y millonario, que a su corta edad ya lo ha conquistado todo. Desde el primer momento en que Wade y Francisca se miran, la química es innegable.

La pasión se desborda, y Francisca se entrega a Wade, sin sospechar que él tiene un secreto devastador: en solo una semana, Wade se casará, y será Francisca quien prepare el pastel de su boda.

¿Podrá Francisca olvidar a Wade y esa noche de pasión que compartieron? ¿O quedará atrapada entre el amor y el deber, enfrentándose a una decisión que podría cambiar su vida para siempre?

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AMOR A PRIMERA VISTA
NARRA FRANCISCA “Estamos todos reunidos en un momento inolvidable. Un momento triste para muchos al despedir a un alma tan noble como la de quien en vida fue Lorens Miller, una mujer que dio hasta su último aliento por sacar adelante a sus hijas. Hoy no le decimos adiós, sino un hasta luego.” Esas fueron las palabras del sacerdote que estaba a cargo del funeral de mi madre. En el funeral estaban presentes la mayoría de sus amistades, tíos, primos, y por supuesto, mis dos hermanas menores: Carolina y Samantha. Dos chicas que, aunque comparten la misma sangre, son como el agua y el aceite. Carolina es dulce, amable y se caracteriza por su bondad y nobleza. Samantha, en cambio, es todo lo contrario: prepotente, egoísta, y aunque es mi hermana, siempre ha valorado más lo material que cualquier otra cosa. Mi padre murió en un accidente automovilístico el mes pasado, y ahora mi madre nos deja con una mano adelante y otra atrás, es decir, en la miseria y con deudas. Sentía una enorme presión sobre mis hombros al ser la mayor. Se suponía que ahora debía asumir la carga del hogar y todo lo que ello implicaba. Las riendas que sostenían el ataúd de mi madre fueron bajando poco a poco hasta tocar el fondo del hueco. Me acerqué a la orilla y lancé el último ramo de rosas amarillas. A ella siempre le gustaron las amarillas. Era inevitable contener el llanto, pero no podía desmoronarme frente a mis hermanas, que estaban hechas un mar de lágrimas. —Te amo, mamá—fue lo único que susurré para mis propios oídos. Me levanté de la grama, y unas pequeñas gotas cayeron en mi rostro, pues el clima amenazaba con llover. —¡Ya todos pueden largarse!—gritó Samantha con un odio que podía destruir a cualquiera—. ¡Bola de hipócritas! Vienen aquí solo para recopilar chismes, pero cuando mi madre estuvo enferma, nadie quiso visitarla. Carolina, sorprendida por el arrebato de Samantha, corrió a detenerla. —Samantha…—Carolina tomó los brazos agitados de Samantha. Todas las personas estaban asombradas, pero lo que decía Samantha era cierto. Durante el proceso de enfermedad de mi madre, no recibimos ni un centavo para los gastos médicos y tuvimos que trabajar el doble en nuestra pequeña panadería. —No, déjame. A estas personas hay que decirles la verdad aunque se molesten—Samantha forcejeaba—. Seguro que muchos de ustedes están alegres de que haya pasado esto, pero no se preocupen, que la vida da vueltas y un día nosotras nos estaremos burlando de ustedes. Samantha estaba tan herida y tan rota que no sabía lo que decía. Como hermana mayor, tenía que poner orden, así que levanté mi voz con autoridad, que quizás se escuchó en todo el cementerio: —¡BASTA!—Samantha giró su cabeza en mi dirección, al igual que todos—. Ya cierra la boca—me dirigí a ella—. Les pido disculpas a todos por este incidente y les agradezco por el gesto de acompañarnos en este momento tan triste.—Samantha me observaba como si me hubiera salido una segunda cabeza. —No puedo creer que estés a favor de ellos—sollozó—. Parece que se te olvida cómo trataban a mamá—negué con la cabeza—. Mejor me largo de todo este circo. Samantha, tan terca, salió corriendo. —¡Ven acá!—intenté detenerla, pero en lugar de eso me mostró el dedo medio. Todos se fueron retirando poco a poco, quedando sola con Carolina. —No te preocupes, ya sabemos cómo es su temperamento—Carolina frotó mi hombro—. Tampoco quiero que sientas la presión de tener todo sobre tus hombros. Yo también pondré de mi parte en este nuevo comienzo—sus palabras me reconfortaron. Nos dimos un abrazo, ahora solo nos tenemos a nosotras tres. El vacío comenzó a sentirse, y con él, un sentimiento de nostalgia también. —Es hora de irnos—me dijo. Asentí—. Parece que viene una fuerte tormenta y no quiero enfermarme.—tenía toda la razón. Uno de los problemas de Carolina es que es asmática desde pequeña, tanto así que su capacidad pulmonar no es la mejor. Caminamos hacia la salida, pero a lo lejos se veía otro funeral. Parece que no éramos las únicas despidiendo a nuestros seres queridos. La gran diferencia es que ese era un funeral lujoso, con enormes ofrendas florales y personas de alta clase. Todos estaban vestidos elegantemente; aquello irradiaba clase de primer mundo. Mis ojos se posaron en alguien, mejor dicho, mi cuerpo se tensó al verlo: De alta estatura, vestido con un esmoquin n***o como la noche. En su mano sostenía una flor roja carmesí que inhalaba. Su musculatura sobresalía aun vestido de esa forma. Se le notaban los bíceps tonificados y aquel cabello dorado, ligeramente alborotado. No sé por qué carajos estoy sintiendo esto después de haber enterrado a mi madre y en un lugar como un cementerio. El destino no puede ser más cruel, porque en el momento en que lo estoy viendo, él también se gira y me mira con esos hermosos ojos azules como el mar, aquella mirada de cazador que atemorizaba y podía excitar a cualquiera. Penetró mi alma y lo más profundo de mi zona íntima. ¿Qué puedo hacer? Soy una mujer de carne y hueso, pero aquel hombre seguramente no era de este planeta. —Francisca—escuché una voz a lo lejos, pero no quería bajar la mirada. No quería demostrarle temor aunque me estuviera empapando los pantalones—. ¡FRANCISCA!—Carolina pasó su mano frente a mis ojos, haciendo que el hombre apartara su mirada. —Ya te escuché, Carolina—giré mi cabeza hacia ella—. ¿Nos vamos?—asintió. —¿Qué estabas mirando?—me preguntó con tono curioso. —Nada—le respondí, tratando de pasar desapercibida—. Solo observaba cómo los millonarios entierran a los suyos. Con lujos y todo, pero al final no nos llevamos nada y terminamos en el mismo hueco. —Mmmm… lo que dices es cierto, pero me parece que hay algo más.—Carolina no es tonta, así que dirigió su mirada al grupo, pero no encontró nada. ¡Afortunadamente! Me tomó de la mano y nos dirigimos a nuestro coche: un Mini Cooper en mal estado, pero que nos lleva a donde queremos. No lo hemos reparado porque todo lo que ganábamos se iba en los medicamentos de mamá, pero quizás ahora sí podamos. —¿A quién carajos se le ocurre aparcar los coches así?—protestó Carolina. Vi que estábamos atrapadas entre dos coches, pero no cualquier coches. Delante había un Lamborghini Urus color n***o mate y detrás un Rolls-Royce. —Bueno, sí, pero no podemos hacer nada más que esperar a que vengan sus dueños. ¿Te imaginas si dañamos aunque sea la pintura de esos coches? Tendríamos que trabajar una eternidad. Soltó un suspiro y nos sentamos en la acera de la calle. MINUTOS DESPUÉS Un grupo de personas salía del funeral que había visto. Todos elegantes y perfumados. Hasta que el sonido de unos pasos delante de nosotras llamó nuestra atención. Era una rubia con curvas perfectas que se disponía a subir al Lamborghini. —Señorita, disculpe—dijo Carolina, pero aquella chica ni siquiera la dejó hablar cuando sacó un billete de veinte dólares de su cartera. —¡No tengo más, no molestes!—se lo lanzó. No soy de enojarme o desquitarme con las demás personas, pero esto colmó mi paciencia. —Escucha, no necesitamos tu dinero y tampoco somos pordioseras. Solo necesitamos que quites tu estúpido coche para que podamos salir, ¿ok?—me puse frente a ella, demostrándole que no le tenía miedo. Ella me observó bajando sus lentes y luego miró nuestro coche. —En serio…—lo siguió observando hasta que se rió—. ¿A esa mierda le llamas coche?—bufó—. No me hagas reír, no tienes idea con quién te estás metiendo, muerta de hambre. Con solo un chasquido de mis dedos podría destruirte a ti y a esa… bolsa de lata que llamas coche. —¿Qué está pasando aquí?—escuché aquella voz. Tan profunda que bien podría trabajar de locutor erótico. ¡Era él! El mismo hombre que vi con la flor. Mis piernas temblaban por voluntad propia. De lejos era hermoso, y de cerca no tenía comparación. —No es nada, mi amor,—la rubia se le colgó del hombro—. Son estas basuras que dicen que tu coche les está estorbando para salir. El chico no dijo nada, se quedó sumergido en mis ojos, como yo lo estaba en los suyos. Hasta que reaccionó y le dijo a su presumida prometida: —¿Cuántas veces tengo que decirte que no trates así a las personas?—la reprendió—. Lo siento muchísimo, señorita—se me acercó extendiendo su mano—. Mi nombre es Wade Smith.—Al sentir su mano, una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo. —¡Esto es el colmo!—refunfuñó la chica—. Te podrían contagiar alguna enfermedad solo con estrechar su mano. —¡Entra al maldito coche ya!—le ordenó, y ella obedeció.—De verdad, lamento mucho que hayan pasado por esto—sacó una tarjeta y me la entregó—. Es mi tarjeta de contacto, soy abogado y si necesitan alguna ayuda legal, no duden en llamarme. No les cobraré nada, considérenlo como una compensación por haberles hecho perder tiempo esperando.—Asentí sin poder abrir mis labios. ¡Estoy aturdida en todos mis sentidos! —Qué hombre—suspiró Carolina—. Es perfecto. Cuando el coche rugió al alejarse, pude mover los labios. —Sí, pero es mío, yo lo vi primero—le di un codazo, sacándole una sonrisa.

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