Cuando llegó a casa de la tía Julie, sintió que el corazón se le desgarraba. La puerta estaba semiabierta. Seguro esos tipos la habían forzado, y solo Dios sabía lo que habían hecho con la anciana. La buscó por toda la casa y no la encontró. En su cuarto los cajones estaban vacíos y había polvo en los muebles como si desde meses atrás no hubiera habido nadie en esa casa. Corrió hacía su habitación, las cosas de su hijo estaban regadas por el suelo, solo faltaban unas mamilas, pañales y un par de ropita. Según el panorama, parecía que habían salido aprisa, justo después que ella. Tomó un pequeño zapatito con su mano. Se sentó en la cama y se soltó a llorar. Hacía tanto que no derramaba una lágrima, que creía que se le habían secado, pero no, ahí estaba llorando como una magdalena, y todo

