Gustavo detuvo el auto ante la luz roja del semáforo, sujetó el volante con ambas manos cuando recordó al maldito Zacary Lincoln, tenía que quitárselo de encima. Lo que el chico exigía no era la gran cosa. Mirella Santori era toda dulzura, aun así, Gustavo no dudaría un segundo en cortarla en pedacitos para salvar su trabajo, su reputación y su familia. Pero no dejaba de preguntarse qué seguiría después; si valdría la pena ¿Lincoln le daría las pruebas o seguiría chantajeándolo pidiéndole cada cosa que se le ocurriera? Tenía que intentarlo, solo tenía que pensar en la forma adecuada de sacar a Mirella de la casa Ricardo, era el momento perfecto porque su hermano se iría de viaje. -¡Gustavo!- la voz de marcia lo sacó de sus pensamientos y por unos segundos sintió pánico de que estos, de

