Ricardo despertó con el sonido de su teléfono, se frotó los ojos antes de coger el móvil de la messilla de noche, al mirar la pantalla rodó las pupilas hacia arriba; Sharon, era Sharon, no entendía cómo una persona podía ser tan molesta e irritante. -¿Qyé quieres? -obvió los saludos -Que aparezca en su propia fiesta, eso estaría genial –al escucharla, Ricardo apartó el teléfono de su oreja para ver la hora; daban las nueve y treinta, la fiesta había empezado a las ocho. Cortó la llamada y volvió a recostarse, echó el teléfono a un lado y miró al techo por unos minutos. Tenía que ir a esa fiesta, la prensa estaría ir y los contratos de varios escritores publicados por él, incluían promoción directamente de su parte en eventos como el aniversario de la editorial. Ya había enfrentado u

