Eran las seis en punto de la mañana y Ricardo Marroquín se encontraba en el hospital acompañado de su hermano Gustavo. Aquellas dos horas que tuvo que esperar fueron las más largas de su vida. Comenzaba a alterarse cuando vio al mismo doctor que le había hablado con él el día anterior que se acercaba. Ricardo se se puso de pie y unos segundos después, Gustavo hizo lo mismo. ―Buenos días, señores ―dijo el médico, miró a Gustavo y luego a Ricardo. Su rostro surcado por arrugas tenía un gesto más animado que el día anterior, incluso podía ver que sus ojos centellaban detrás del cristal de los lentes. Ricardo supuso que eso era bueno, pero eso no evitó que una sensación entre frío y calor le recorriera el cuerpo desde la coronilla hasta la planta de los pies ―Le tengo excelentes noticias ―aqu

