―Dulce o truco ―decía el pequeño cada vez que una persona abría les abría la puerta de su casa. Extendía sus manos que sostenían un pequeño cuenco en forma de calabaza. Las personas ponían dulces ahí. ―¿quieres un dulce? ―le preguntó el niño quitándose la capucha que completaba el traje, su rostro era redondo como el de su madre, la tes blanca estaba salpicada por algunas pecas y sus ojos eran de un bonito color almendra, más claros que de Sharon.
Serena asintió con la cabeza, el niño hundió la mano en el cuenco y luego la extendió hacia ella, llena de caramelos de diferentes tipos.
Serena pasó el resto de las visitas comiendo dulces. De niña, su madre de vez en cuando le daba un caramelo, o un pequeño chocolate, ya de adulta, en el convento solía comer postre solo los domingos, llevaban una dieta sana, balanceada y aburrida.
Los sabores, algunos desconocidos, venían en diferentes texturas, explotaban contra su lengua y su paladar y le producían un placer inexplicable que la obligaba a querer más y más, se terminó el puñado de dulces y le pidió más al niño, que no tuvo problemas en darle otro puñado.
Sintió que una energía repentina de apoderaba de su cuerpo, quería saltar, bailar y sacudirse, pero sabía que eso sería extraño, mientras Liam y Sharon se quedaban parados de pie frente a las puertas a las que llamaban, Serena caminaba por las veredas cercanas, saludaba a los niños y les pedía dulces, a los que se negaban les aseguraba que Dios los enviaría al infierno por no compartir, algunos cambiaban de inmediato de opinión. Sabía lo persuasivo que podía ser el sermón acerca del infierno. Luego volvía con Sharon y Liam.
―¿Vives por aquí cerca? ―preguntó Sharon y Serena abrió los ojos como platos. Solo asintió con la cabeza, para su conveniencia, tenía la boca llena de golosinas ―¿tienes hijos? ―Serena negó con la cabeza. Sharon sacó un pequeño frasco cuadrado y plano de su bolso, bebió de este y lo extendió hacia Serena, todos esos dulces le habían dado sed, así que cogió el frasco y se empinó. El liquido llegó de golpe a su boca y en un pestañeo estuvo en su garganta quemando todo a su paso, era amargo y desagradable, sintió que se ahogaba y empezó a toser, algunos dulces cayeron al suelo, Sharon reía a carcajadas. Serena no entendía por qué tomaba algo tan desagradable.
―¿Qué es eso? ―preguntó con la voz congestionada en cuanto pudo hablar.
―¿No habías tomado nunca? ―preguntó Sharon frunciendo el ceño con asombro.
―Soy más de vino ―contestó Serena. Obviamente estaba mintiendo, tampoco había tomado vino, pero no quería que Sharon empezara a sospechar que era una monja de verdad, la llevaría de vuelta al convento ―pero ¡esa cosa! ¡guao! Es demasiado para mí ― dijo juguetona y empezó a recoger los dulces que se habían caído.
―Es whisky ―dijo Sharon ―del mejor, es super costoso, lo robo de la oficina de mi jefe cuando él no está ―a Serena se le revolvió el estómago en cuanto escuchó aquello, Sharon era una ladrona.
―No deberías ―dijo un poco avergonzada.
―No debería ¿que? ―preguntó ella y bebió nuevamente del frasco rectangular plateado.
―No deberías robarle, a tu jefe. Te ha dado la confianza para cuidar de sus cosas, no deberías robarle ―Los labios rojos de Sharon esbozaron una sonrisa pesarosa.
―Es un c*****o ―espetó y Serena percibió la rabia contenida ―se merece que le robe, además, no se da cuenta porque es muy rico. Le sobran las cosas ¿entiendes? ¿puedes creer que prefiere botar las cosas que ya no usa que donarlas? Nos trata como mierda y... ―hizo una pausa, sus mejillas se habían puesto rojas y sus ojos marrones tenían un brillo vidrioso como si estuviesen llenos de agua ―bah... olvídalo, es un c*****o, eso es todo.
―¡Si tú lo dices! ―dijo Serena aclarándose la garganta, aún sentía el calor del whisky robado.
Algo en Sharon le recordaba a su madre. Y sus quejas le parecieron válidas, de pronto sentía que odiaba al c*****o de su jefe sin conocerlo. Siguió comiendo dulces mientras iban a la próxima casa.
―Liam, cariño, es hora de dormir ―Sharon veía la pantalla de su móvil ―Aquí vivo le dijo a Serena apuntando a una hermosa casa. A Serena le encantó. Sharon se acercó a la casa y en vez de entrar por la puerta principal, bajó unas escaleras al costado ―vamos, entremos ―dijo abriendo la puerta, el lugar era un sótano, pequeño pero acogedor, era una casa humilde sin duda, pero eso no le quitaba lo perfectamente limpio y ordenado que se veía todo, Serena tuvo la sensación de que la Madre Alba supervisaba la limpieza de ese lugar, tan severa y despiadada como en el convento ―¿podrías? ―Sharon señaló sus zapatos, mientras ella Liam se quitaban los suyos, Serena hizo lo mismo, metió los calcetines dentro de los zapatos negros que se parecían a los que llevaban las niñas como parte de su uniforme del colegio ―Pasa y siéntate ―le dijo a Serena ―Liam, ve a cambiarte y lava tus dientes, comerás los dulce mañana ―El pequeño obedeció sin chistar.
Serena se sentó y sintió que todo a su alrededor daba vueltas, su cuerpo temblaba su cabeza parecía a punto de explotar por un dolor palpitante en las cienes. En un momento sentía frío y en otro le parecía estar quemándose debajo del hábito. Todo se oscureció a su alrededor, lo último que sintió fue su mejilla impactando contra los cojines del sofá.